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Borges, el anarquista

“Soy anarquista. Siempre he creído fervorosamente en el anarquismo. Y en esto sigo las ideas de mi padre. Es decir, estoy en contra de los gobiernos, más aún cuando son dictaduras, y de los estados”.

Por Enrique Esteban Arduino
Director Fundación Club de la Libertad, Corrientes, Argentina
Especial para El Litoral

En su Carta de Dios, el notable físico Albert Einstein expone su descreimiento en la palabra de Dios y el contenido de la Biblia. Pero también Einstein, a menudo, usa la palabra Dios como en la frase ‘Dios no juega a los dados con el universo’”. Para el común de los mortales, en ese aspecto, era una contradicción caminante.
Como de Einstein, nadie duda de la capacidad intelectual de Jorge Luis Borges; sin embargo, si nos referimos a su pensamiento político y filosófico, ha dado mucho que hablar debido a sus aparentes contradicciones. No escribió mucho sobre  política, no por ello esto impidió que esta invadiera su vida privada.
Su acérrima defensa del individuo y su libre albedrío lo llevan a rechazar, incluso, el concepto de sociedad. Pese a ello, era escéptico con respecto al libre albedrío como tal: no es un determinista, pero considera que el hombre, en su accionar, está determinado por una relación causa-efecto aunque está fuera de sus posibilidades entender cuál es esa causa entre las infinitas existentes.
Considera que “la muchedumbre es una entidad ficticia, lo que realmente existe es cada individuo”. Sociedad, pueblo, nación, justicia social son sólo ideas. Como tales, no pueden ser consideradas sujetos de existencia real. Las entiende como “meras comodidades intelectuales”, convenciones o “abstracciones aprovechadas por los políticos”. 
Su libre albedrío y extremo individualismo hacen que lo aceche una preocupación ética, individualista, “...creo que si cada uno de nosotros pensara en ser un hombre ético, y tratara de serlo, ya habríamos hecho mucho; ya que al fin de todo, la suma de las conductas depende de cada individuo”.
Posición consecuente con su acérrimo rechazo al Estado, del cual descree profundamente: “...para mí, el Estado es el enemigo común ahora; yo querría -eso lo he dicho muchas veces- un mínimo de Estado y un máximo de individuo”. De su vivencia suiza en su adolescencia, destaca: “Había un estado muy eficiente, pero precisamente porque era un estado invisible”. 
Así, cree que “el más urgente de los problemas de nuestra época es la gradual intromisión del Estado en los actos del individuo”. Bien es conocida su posición al respecto: “Creo que con el tiempo mereceremos que no haya gobiernos”.
En su “Utopía de un hombre que está cansado”, Eudoro Acevedo pregunta: “¿Qué sucedió con los gobiernos? Según la tradición fueron cayendo gradualmente en desuso. Llamaban a elecciones, declaraban guerras, imponían tarifas, confiscaban fortunas, ordenaban arrestos y pretendían imponer la censura y nadie en el planeta los acataba. La prensa dejó de publicar sus colaboraciones y sus efigies. Los políticos tuvieron que buscar oficios honestos; algunos fueron buenos cómicos o buenos curanderos. La realidad, sin duda, habrá sido más completa que este resumen”.
Su descreimiento del Estado está acompañado por una escasa consideración hacia la política, los políticos y hasta la democracia y la representación ciudadana. Tiene una visión crítica de la política y de los políticos, no cree en soluciones estatistas para los problemas del hombre.
De los políticos opina: “En primer lugar no son hombres éticos; son hombres que han contraído el hábito de mentir, el hábito de sobornar, el hábito de sonreír todo el tiempo, el hábito de quedar bien con todo el mundo, el hábito de la popularidad...”. “Creo que ningún político puede ser una persona totalmente sincera. Un político está buscando siempre electores y dice lo que esperan que diga”.
La democracia no escapa a su descrédito: “Me sé del todo indigno de opinar en materia política, pero tal vez me sea perdonado añadir que descreo de la democracia, ese curioso abuso de la estadística”.
Como su padre, admira las ideas de Spencer, particularmente la obra “El hombre contra el Estado”, que más que de anarquismo trata de liberalismo clásico, una crítica a los liberales o Whigs británicos. Spencer considera al liberalismo como la defensa del individuo frente a la coerción del Estado. Considera medidas liberales todas aquellas que disminuyen la cooperación compulsiva entre los hombres, incrementando la posibilidad de la acción voluntaria. Ambos, Spencer y Borges, interpretan que todo incremento y fortalecimiento del Estado a costas del individuo es un retroceso para la humanidad.  
 Borges va más allá: política y deporte, “esos grandes espectáculos de la modernidad”, son frivolidades salvo que la política es una “frivolidad peligrosa”.  Estima que “la idea de mandar y ser obedecido corresponde más a la mente de un niño que a la de un hombre.”  
Borges enseña que debemos esperar muy poco de la política y, entre menos se acerque esta a nosotros, mejor.
Pese a su aparente negatividad, transmite su esperanza: “En Latinoamérica, es posible que el progreso se logre no cuando lleguen buenos gobiernos, sino cuando los individuos se independicen del gobierno en la mayor medida posible”. En tal sentido, su pensamiento guarda afinidad con el de Nicolás Gómez Dávila, para quien “la política sabia es el arte de vigorizar la sociedad y debilitar el Estado”.
Por su desconfianza al crecimiento del Estado o frente a su mera presencia si era muy notable, se describe a sí mismo como un “inofensivo anarquista”, seguramente influenciado por el anarquismo filosófico spenceriano: “Soy anarquista. Siempre he creído fervorosamente en el anarquismo. Y en esto sigo las ideas de mi padre. Es decir, estoy en contra de los gobiernos, más aún cuando son dictaduras, y de los estados”.
Según Martín Krause, esa definición de “anarquista pacífico” era presentada para diferenciarse del anarquismo violento de fines del siglo XIX y principios del XX. En la actualidad su posición sería clasificada como de “libertario”, ya que el ideal de su admirado Spencer ha sido recreado en este siglo por Popper, Hayek, Nozick o Mises. El diccionario define la anarquía como “falta de todo gobierno en un estado”, o “desorden, confusión, por ausencia o flaqueza de la autoridad pública”. Teniendo en cuenta esto, Borges no sería estrictamente “anarquista” si lo interpretamos como la falta completa de normas y orden, sino un “libertario”.
Sus palabras hacen interpretar la posición de Borges: se halla más cerca de la acracia -doctrina política que pretende la desaparición del Estado y de sus organismos e instituciones representativas, defendiendo la libertad del individuo por encima de cualquier autoridad- que de la anarquía. No implica la ausencia de leyes o de gobierno, impone al individuo el más exigente gobierno, el autogobierno, fijar normas y leyes por sí mismo y respetarlas.
Concluyendo e interpretando su filosofía, Borges defiende la libertad del individuo a no ser gobernado ni condicionado por terceros, simple, pero principalmente hacerse cargo de sus propias decisiones y sus consecuencias, de ser el artífice de su propio designio.

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Borges, el anarquista

“Soy anarquista. Siempre he creído fervorosamente en el anarquismo. Y en esto sigo las ideas de mi padre. Es decir, estoy en contra de los gobiernos, más aún cuando son dictaduras, y de los estados”.

Por Enrique Esteban Arduino
Director Fundación Club de la Libertad, Corrientes, Argentina
Especial para El Litoral

En su Carta de Dios, el notable físico Albert Einstein expone su descreimiento en la palabra de Dios y el contenido de la Biblia. Pero también Einstein, a menudo, usa la palabra Dios como en la frase ‘Dios no juega a los dados con el universo’”. Para el común de los mortales, en ese aspecto, era una contradicción caminante.
Como de Einstein, nadie duda de la capacidad intelectual de Jorge Luis Borges; sin embargo, si nos referimos a su pensamiento político y filosófico, ha dado mucho que hablar debido a sus aparentes contradicciones. No escribió mucho sobre  política, no por ello esto impidió que esta invadiera su vida privada.
Su acérrima defensa del individuo y su libre albedrío lo llevan a rechazar, incluso, el concepto de sociedad. Pese a ello, era escéptico con respecto al libre albedrío como tal: no es un determinista, pero considera que el hombre, en su accionar, está determinado por una relación causa-efecto aunque está fuera de sus posibilidades entender cuál es esa causa entre las infinitas existentes.
Considera que “la muchedumbre es una entidad ficticia, lo que realmente existe es cada individuo”. Sociedad, pueblo, nación, justicia social son sólo ideas. Como tales, no pueden ser consideradas sujetos de existencia real. Las entiende como “meras comodidades intelectuales”, convenciones o “abstracciones aprovechadas por los políticos”. 
Su libre albedrío y extremo individualismo hacen que lo aceche una preocupación ética, individualista, “...creo que si cada uno de nosotros pensara en ser un hombre ético, y tratara de serlo, ya habríamos hecho mucho; ya que al fin de todo, la suma de las conductas depende de cada individuo”.
Posición consecuente con su acérrimo rechazo al Estado, del cual descree profundamente: “...para mí, el Estado es el enemigo común ahora; yo querría -eso lo he dicho muchas veces- un mínimo de Estado y un máximo de individuo”. De su vivencia suiza en su adolescencia, destaca: “Había un estado muy eficiente, pero precisamente porque era un estado invisible”. 
Así, cree que “el más urgente de los problemas de nuestra época es la gradual intromisión del Estado en los actos del individuo”. Bien es conocida su posición al respecto: “Creo que con el tiempo mereceremos que no haya gobiernos”.
En su “Utopía de un hombre que está cansado”, Eudoro Acevedo pregunta: “¿Qué sucedió con los gobiernos? Según la tradición fueron cayendo gradualmente en desuso. Llamaban a elecciones, declaraban guerras, imponían tarifas, confiscaban fortunas, ordenaban arrestos y pretendían imponer la censura y nadie en el planeta los acataba. La prensa dejó de publicar sus colaboraciones y sus efigies. Los políticos tuvieron que buscar oficios honestos; algunos fueron buenos cómicos o buenos curanderos. La realidad, sin duda, habrá sido más completa que este resumen”.
Su descreimiento del Estado está acompañado por una escasa consideración hacia la política, los políticos y hasta la democracia y la representación ciudadana. Tiene una visión crítica de la política y de los políticos, no cree en soluciones estatistas para los problemas del hombre.
De los políticos opina: “En primer lugar no son hombres éticos; son hombres que han contraído el hábito de mentir, el hábito de sobornar, el hábito de sonreír todo el tiempo, el hábito de quedar bien con todo el mundo, el hábito de la popularidad...”. “Creo que ningún político puede ser una persona totalmente sincera. Un político está buscando siempre electores y dice lo que esperan que diga”.
La democracia no escapa a su descrédito: “Me sé del todo indigno de opinar en materia política, pero tal vez me sea perdonado añadir que descreo de la democracia, ese curioso abuso de la estadística”.
Como su padre, admira las ideas de Spencer, particularmente la obra “El hombre contra el Estado”, que más que de anarquismo trata de liberalismo clásico, una crítica a los liberales o Whigs británicos. Spencer considera al liberalismo como la defensa del individuo frente a la coerción del Estado. Considera medidas liberales todas aquellas que disminuyen la cooperación compulsiva entre los hombres, incrementando la posibilidad de la acción voluntaria. Ambos, Spencer y Borges, interpretan que todo incremento y fortalecimiento del Estado a costas del individuo es un retroceso para la humanidad.  
 Borges va más allá: política y deporte, “esos grandes espectáculos de la modernidad”, son frivolidades salvo que la política es una “frivolidad peligrosa”.  Estima que “la idea de mandar y ser obedecido corresponde más a la mente de un niño que a la de un hombre.”  
Borges enseña que debemos esperar muy poco de la política y, entre menos se acerque esta a nosotros, mejor.
Pese a su aparente negatividad, transmite su esperanza: “En Latinoamérica, es posible que el progreso se logre no cuando lleguen buenos gobiernos, sino cuando los individuos se independicen del gobierno en la mayor medida posible”. En tal sentido, su pensamiento guarda afinidad con el de Nicolás Gómez Dávila, para quien “la política sabia es el arte de vigorizar la sociedad y debilitar el Estado”.
Por su desconfianza al crecimiento del Estado o frente a su mera presencia si era muy notable, se describe a sí mismo como un “inofensivo anarquista”, seguramente influenciado por el anarquismo filosófico spenceriano: “Soy anarquista. Siempre he creído fervorosamente en el anarquismo. Y en esto sigo las ideas de mi padre. Es decir, estoy en contra de los gobiernos, más aún cuando son dictaduras, y de los estados”.
Según Martín Krause, esa definición de “anarquista pacífico” era presentada para diferenciarse del anarquismo violento de fines del siglo XIX y principios del XX. En la actualidad su posición sería clasificada como de “libertario”, ya que el ideal de su admirado Spencer ha sido recreado en este siglo por Popper, Hayek, Nozick o Mises. El diccionario define la anarquía como “falta de todo gobierno en un estado”, o “desorden, confusión, por ausencia o flaqueza de la autoridad pública”. Teniendo en cuenta esto, Borges no sería estrictamente “anarquista” si lo interpretamos como la falta completa de normas y orden, sino un “libertario”.
Sus palabras hacen interpretar la posición de Borges: se halla más cerca de la acracia -doctrina política que pretende la desaparición del Estado y de sus organismos e instituciones representativas, defendiendo la libertad del individuo por encima de cualquier autoridad- que de la anarquía. No implica la ausencia de leyes o de gobierno, impone al individuo el más exigente gobierno, el autogobierno, fijar normas y leyes por sí mismo y respetarlas.
Concluyendo e interpretando su filosofía, Borges defiende la libertad del individuo a no ser gobernado ni condicionado por terceros, simple, pero principalmente hacerse cargo de sus propias decisiones y sus consecuencias, de ser el artífice de su propio designio.