Un sistema previsional que precisa reformas
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CORRIENTES:

Un sistema previsional que precisa reformas

El país viene arrastrando este problema hace décadas. Frente a la inacción premeditada y a los groseros errores que agravaron el cuadro, todo ha colapsado. Sólo sobrevive sobre la base de eternos subsidios y mentiras absolutas.
 

Por Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
@amedinamendez

La magnitud de la tragedia es mayúscula. Aquella vieja controversia del siglo pasado se ha convertido en una avalancha que no detiene su deterioro y que complica seriamente cualquier escenario económico de corto plazo.
Es sistema de pensiones ha sido diseñado en una época en la que todo parecía bastante más lineal. La matemática y la demografía hicieron lo suyo asociándose para resolver un difícil dilema de aquella coyuntura.
La idea de que las generaciones actuales financien el retiro de las anteriores parecía sencilla y una alternativa casi mágica para un desafío gigantesco. Varias personas en el presente aceptan deducciones para que un individuo mayor reciba su compensación y pueda dejar de trabajar ahora mismo.
Se trata de una inmoralidad a todas luces, pero la ingeniería social de aquella era encontró este mecanismo y se enamoró del mismo para siempre. Que los hijos les paguen su pensión a sus padres es una propuesta descabellada y retorcida, sin embargo, no sólo prosperó, sino que se afianzó.
Esa perversidad funciona como los cuestionados sistemas piramidales en los que si el ciclo se interrumpe el método quiebra. Se está en presencia de un fraude institucionalizado que cuenta con una aceptación cívica fenomenal.
Lo terrible es que todo se viene dificultando cada vez más a partir de diferentes circunstancias que se acumulan secuencialmente. Los presupuestos estatales asignados a este tipo de partidas aumentan geométricamente y la dimensión del asunto no para de crecer.
Los avances de la ciencia, especialmente en el campo de la medicina, incrementaron las expectativas de vida incluyendo su calidad, pero esa bendición casi divina empeoró el panorama financiero de un sistema previsional virtualmente quebrado que se destruye progresivamente.
Los demagogos de la política doméstica agregaron combustible al fuego, creando regímenes especiales por rubros, beneficiarios que jamás aportaron y cientos de desmadres que fueron el certificado de defunción definitivo.
La mentira actual ha tomado una escala tan potente que nadie se anima a intentar detener este alud. Ningún dirigente se atreve a explicitar lo que está sucediendo y mucho menos a hacer lo que es imprescindible hacer.
Así las cosas, los parches se han venido presentando uno a uno, posponiendo hasta el infinito el abordaje integral de este enigma. El debate profundo jamás llega, fundamentalmente por la cobardía y la hipocresía de una clase política que se ha especializado en esto de hacerse la distraída.
La bomba es demasiado evidente y está delante de todos, pero una negación inexplicable le viene ganando la pulseada a la racionalidad. Por razones éticas y pragmáticas se debe encarar una reforma profunda. Ya no hay margen para insólitas postergaciones y múltiples excusas.
Las medidas que se han tomado en este gobierno y en el anterior, retocando el esquema de jubilaciones, han sido remiendos deliberados, llevados a cabo por políticos que, muy a conciencia, engañaron nuevamente a la sociedad y ocultaron con alevosía la peligrosidad de sus maniobras.
Habrá que decir que la ciudadanía se viene dejando timar y a estas alturas no todos, pero sí muchos, entienden claramente que se trata de una dinámica que agoniza lentamente pero que no tiene salida positiva posible.
Es vital dar esta discusión cuanto antes porque desactivar este desatino requiere de enorme valentía, pero también de la inteligencia suficiente para recorrer una transición repleta de escollos que no será nada popular.
Aumentar la edad jubilatoria, reducir el monto de las jubilaciones, eliminar los esquemas privilegiados, sobre todo los que implican que ciertas personas reciban algo cuando jamás aportaron nada, son solo un aspecto de los tantos que necesitan ser encarados ahora mismo.
Todo el esfuerzo resultará insuficiente si no se modifica de raíz el futuro del régimen. Es la oportunidad de construir desde cero y que cada ciudadano sea el artífice de su futuro sin depender de los vaivenes políticos y mucho menos de la voracidad de una dirigencia que siempre saquea las cajas.
El mayor de los pecados contemporáneos en este tema tan específico es haber faltado a la verdad. El ocultamiento de la realidad por parte de la política no tiene perdón ni justificación que permita ser piadoso con sus interlocutores de ayer y de hoy.
Nadie puede tirar la primera piedra en este asunto. Repartir culpas es fácil, pero eso no se ajustaría a la historia. Mirar al costado no ayuda demasiado. Es tiempo de parar la pelota y tomar el toro por las astas. Eso requiere de enorme honestidad y una determinación a prueba de todo.
Detenerse en el análisis pormenorizado de lo que se ha hecho ahora, sin mirar el contexto puede llevar a conclusiones muy cínicas y, por lo tanto, incompletas. El problema es feroz y precisa de una seriedad que no se asoma por ningún rincón.
Si la política no tiene el valor de hacerlo, como ya lo ha demostrado, pues tendrá que la sociedad civil instalar el debate y convocar a quienes se resisten a ir al hueso para buscar las verdaderas soluciones de fondo.

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Un sistema previsional que precisa reformas

El país viene arrastrando este problema hace décadas. Frente a la inacción premeditada y a los groseros errores que agravaron el cuadro, todo ha colapsado. Sólo sobrevive sobre la base de eternos subsidios y mentiras absolutas.
 

Por Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
@amedinamendez

La magnitud de la tragedia es mayúscula. Aquella vieja controversia del siglo pasado se ha convertido en una avalancha que no detiene su deterioro y que complica seriamente cualquier escenario económico de corto plazo.
Es sistema de pensiones ha sido diseñado en una época en la que todo parecía bastante más lineal. La matemática y la demografía hicieron lo suyo asociándose para resolver un difícil dilema de aquella coyuntura.
La idea de que las generaciones actuales financien el retiro de las anteriores parecía sencilla y una alternativa casi mágica para un desafío gigantesco. Varias personas en el presente aceptan deducciones para que un individuo mayor reciba su compensación y pueda dejar de trabajar ahora mismo.
Se trata de una inmoralidad a todas luces, pero la ingeniería social de aquella era encontró este mecanismo y se enamoró del mismo para siempre. Que los hijos les paguen su pensión a sus padres es una propuesta descabellada y retorcida, sin embargo, no sólo prosperó, sino que se afianzó.
Esa perversidad funciona como los cuestionados sistemas piramidales en los que si el ciclo se interrumpe el método quiebra. Se está en presencia de un fraude institucionalizado que cuenta con una aceptación cívica fenomenal.
Lo terrible es que todo se viene dificultando cada vez más a partir de diferentes circunstancias que se acumulan secuencialmente. Los presupuestos estatales asignados a este tipo de partidas aumentan geométricamente y la dimensión del asunto no para de crecer.
Los avances de la ciencia, especialmente en el campo de la medicina, incrementaron las expectativas de vida incluyendo su calidad, pero esa bendición casi divina empeoró el panorama financiero de un sistema previsional virtualmente quebrado que se destruye progresivamente.
Los demagogos de la política doméstica agregaron combustible al fuego, creando regímenes especiales por rubros, beneficiarios que jamás aportaron y cientos de desmadres que fueron el certificado de defunción definitivo.
La mentira actual ha tomado una escala tan potente que nadie se anima a intentar detener este alud. Ningún dirigente se atreve a explicitar lo que está sucediendo y mucho menos a hacer lo que es imprescindible hacer.
Así las cosas, los parches se han venido presentando uno a uno, posponiendo hasta el infinito el abordaje integral de este enigma. El debate profundo jamás llega, fundamentalmente por la cobardía y la hipocresía de una clase política que se ha especializado en esto de hacerse la distraída.
La bomba es demasiado evidente y está delante de todos, pero una negación inexplicable le viene ganando la pulseada a la racionalidad. Por razones éticas y pragmáticas se debe encarar una reforma profunda. Ya no hay margen para insólitas postergaciones y múltiples excusas.
Las medidas que se han tomado en este gobierno y en el anterior, retocando el esquema de jubilaciones, han sido remiendos deliberados, llevados a cabo por políticos que, muy a conciencia, engañaron nuevamente a la sociedad y ocultaron con alevosía la peligrosidad de sus maniobras.
Habrá que decir que la ciudadanía se viene dejando timar y a estas alturas no todos, pero sí muchos, entienden claramente que se trata de una dinámica que agoniza lentamente pero que no tiene salida positiva posible.
Es vital dar esta discusión cuanto antes porque desactivar este desatino requiere de enorme valentía, pero también de la inteligencia suficiente para recorrer una transición repleta de escollos que no será nada popular.
Aumentar la edad jubilatoria, reducir el monto de las jubilaciones, eliminar los esquemas privilegiados, sobre todo los que implican que ciertas personas reciban algo cuando jamás aportaron nada, son solo un aspecto de los tantos que necesitan ser encarados ahora mismo.
Todo el esfuerzo resultará insuficiente si no se modifica de raíz el futuro del régimen. Es la oportunidad de construir desde cero y que cada ciudadano sea el artífice de su futuro sin depender de los vaivenes políticos y mucho menos de la voracidad de una dirigencia que siempre saquea las cajas.
El mayor de los pecados contemporáneos en este tema tan específico es haber faltado a la verdad. El ocultamiento de la realidad por parte de la política no tiene perdón ni justificación que permita ser piadoso con sus interlocutores de ayer y de hoy.
Nadie puede tirar la primera piedra en este asunto. Repartir culpas es fácil, pero eso no se ajustaría a la historia. Mirar al costado no ayuda demasiado. Es tiempo de parar la pelota y tomar el toro por las astas. Eso requiere de enorme honestidad y una determinación a prueba de todo.
Detenerse en el análisis pormenorizado de lo que se ha hecho ahora, sin mirar el contexto puede llevar a conclusiones muy cínicas y, por lo tanto, incompletas. El problema es feroz y precisa de una seriedad que no se asoma por ningún rincón.
Si la política no tiene el valor de hacerlo, como ya lo ha demostrado, pues tendrá que la sociedad civil instalar el debate y convocar a quienes se resisten a ir al hueso para buscar las verdaderas soluciones de fondo.