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Los aprendizajes que deja el coronavirus

Esta pandemia no hace más que confirmar lo que ya sabíamos: el único camino posible es el de la construcción colectiva.

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Por Magdalena Fernández Lemos (*)
Publicado en Clarín.

Me enteré de la suspensión de clases a raíz del coronavirus cuando estaba terminando de redactar una nota a propósito del comienzo de un nuevo ciclo lectivo. Hablaba de las realidades invisibilizadas, las que se esconden detrás de todas aquellos lugares comunes que pasan al frente cada marzo: la ilusión que despierta la compra de útiles y el reencuentro con los compañeros, el cambio de ritmo después de las vacaciones, los padres orgullosos que acompañan a sus hijos cuando empiezan la primaria y algunos adolescentes rebeldes que celebran su último primer día.
Hablaba de eso que está ahí pero no siempre vemos, de un sistema violento, arbitrario, angustiante. Martín no va a volver a la escuela porque tiene que trabajar. Sofía tiene que cuidar a sus hermanos. Cristian se internó para recuperarse de su adicción. La verdad duele como una patada en la panza y nos pone la piel de gallina.
En esa nota buscaba llamar la atención sobre un sistema escolar que reproduce desigualdades y perpetúa injusticias, sobre una escuela que es víctima y victimaria de un sistema inequitativo. Frente al avance de una pandemia global esta realidad local se vuelve mucho más urgente, la necesidad de respuestas más imperativa. Sabemos que la educación a distancia es compleja, que todavía queda un largo camino por recorrer para compatibilizar pedagogía y tecnología, para lograr que se potencien una a otra y generen aprendizajes significativos.
También sabemos que para más del 40% de nuestros estudiantes esa no es siquiera una opción posible, los problemas de conectividad son demasiado severos y la brecha digital no hace más que potenciar las disparidades preexistentes: ya hace años que la escuela dejó de asociarse, para muchos, con un espacio cuya función primordial es la formación académica. La escuela es el comedor y sin escuela no hay desayuno ni almuerzo. Es el espacio de socialización y conexión entre pares y también el abrazo del docente comprometido. En un país en el que uno de cada dos niños y niñas vive en situación de pobreza, la escuela es protagonista. Es comida, techo, suelo y abrigo.
La lección más importante del coronavirus es clara: o nos salvamos todos o no se salva nadie. Y aunque la palabra más usada para describir el presente pareciera ser incertidumbre, en verdad esta pandemia no hace más que confirmar lo que ya sabíamos: el único camino posible es el de la construcción colectiva. En tiempos de aislamiento, la comunidad dice presente. Cuidarnos es principalmente cuidar a otros. La mayor parte de las personas que se entregan voluntariamente a un régimen de cuarentena, aquellos que se quedan en casa y alientan a sus amigos y conocidos a hacer lo mismo por redes sociales no corren un verdadero riesgo. Lo hacen por esos otros a los que la ciencia ubica dentro del rótulo “factor de riesgo”. Lo hacen por conciencia cívica, por empatía, por solidaridad. Lo hacen, también, porque hay un Estado que así se los requiere.
En Argentina, cada 10 minutos un estudiante repite o abandona su curso, y las tasas de abandono escolar son 10 veces más altas en los sectores socioeconómicos bajos. Las estadísticas educativas tienen su propio “factor de riesgo” y aquí también la única forma de revertir los números alarmantes es mediante un proceso de introspección y acción colectiva. El único camino posible es el de la escucha activa, el del compromiso con el que tenemos al lado. La coyuntura no hace más que exacerbar los pliegues de un sistema profundamente injusto, de un status quo en el que lo inadmisible hace tiempo se ha vuelto la norma. Y todos somos responsables. Esta pandemia nos enseña lo que ya sabíamos: que todos podemos ser, también, agentes de cambio.

*Magdalena Fernández Lemos es Directora Ejecutiva de Enseñá Por Argentina.

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Los aprendizajes que deja el coronavirus

Esta pandemia no hace más que confirmar lo que ya sabíamos: el único camino posible es el de la construcción colectiva.

Por Magdalena Fernández Lemos (*)
Publicado en Clarín.

Me enteré de la suspensión de clases a raíz del coronavirus cuando estaba terminando de redactar una nota a propósito del comienzo de un nuevo ciclo lectivo. Hablaba de las realidades invisibilizadas, las que se esconden detrás de todas aquellos lugares comunes que pasan al frente cada marzo: la ilusión que despierta la compra de útiles y el reencuentro con los compañeros, el cambio de ritmo después de las vacaciones, los padres orgullosos que acompañan a sus hijos cuando empiezan la primaria y algunos adolescentes rebeldes que celebran su último primer día.
Hablaba de eso que está ahí pero no siempre vemos, de un sistema violento, arbitrario, angustiante. Martín no va a volver a la escuela porque tiene que trabajar. Sofía tiene que cuidar a sus hermanos. Cristian se internó para recuperarse de su adicción. La verdad duele como una patada en la panza y nos pone la piel de gallina.
En esa nota buscaba llamar la atención sobre un sistema escolar que reproduce desigualdades y perpetúa injusticias, sobre una escuela que es víctima y victimaria de un sistema inequitativo. Frente al avance de una pandemia global esta realidad local se vuelve mucho más urgente, la necesidad de respuestas más imperativa. Sabemos que la educación a distancia es compleja, que todavía queda un largo camino por recorrer para compatibilizar pedagogía y tecnología, para lograr que se potencien una a otra y generen aprendizajes significativos.
También sabemos que para más del 40% de nuestros estudiantes esa no es siquiera una opción posible, los problemas de conectividad son demasiado severos y la brecha digital no hace más que potenciar las disparidades preexistentes: ya hace años que la escuela dejó de asociarse, para muchos, con un espacio cuya función primordial es la formación académica. La escuela es el comedor y sin escuela no hay desayuno ni almuerzo. Es el espacio de socialización y conexión entre pares y también el abrazo del docente comprometido. En un país en el que uno de cada dos niños y niñas vive en situación de pobreza, la escuela es protagonista. Es comida, techo, suelo y abrigo.
La lección más importante del coronavirus es clara: o nos salvamos todos o no se salva nadie. Y aunque la palabra más usada para describir el presente pareciera ser incertidumbre, en verdad esta pandemia no hace más que confirmar lo que ya sabíamos: el único camino posible es el de la construcción colectiva. En tiempos de aislamiento, la comunidad dice presente. Cuidarnos es principalmente cuidar a otros. La mayor parte de las personas que se entregan voluntariamente a un régimen de cuarentena, aquellos que se quedan en casa y alientan a sus amigos y conocidos a hacer lo mismo por redes sociales no corren un verdadero riesgo. Lo hacen por esos otros a los que la ciencia ubica dentro del rótulo “factor de riesgo”. Lo hacen por conciencia cívica, por empatía, por solidaridad. Lo hacen, también, porque hay un Estado que así se los requiere.
En Argentina, cada 10 minutos un estudiante repite o abandona su curso, y las tasas de abandono escolar son 10 veces más altas en los sectores socioeconómicos bajos. Las estadísticas educativas tienen su propio “factor de riesgo” y aquí también la única forma de revertir los números alarmantes es mediante un proceso de introspección y acción colectiva. El único camino posible es el de la escucha activa, el del compromiso con el que tenemos al lado. La coyuntura no hace más que exacerbar los pliegues de un sistema profundamente injusto, de un status quo en el que lo inadmisible hace tiempo se ha vuelto la norma. Y todos somos responsables. Esta pandemia nos enseña lo que ya sabíamos: que todos podemos ser, también, agentes de cambio.

*Magdalena Fernández Lemos es Directora Ejecutiva de Enseñá Por Argentina.