Hasta siempre, Pocho...
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Hasta siempre, Pocho...

Por Eduardo Ledesma
eledesma@ellitoral.com
@eoledesma

“Hay un tiempo para aprender, un tiempo para ignorar y otro para saber; un tiempo para comprender y otro para recordar”.

“Contravida”
Augusto Roa Bastos


Será que nunca vamos a poder torcer esta curva? ¿Por qué siempre se tienen que ir primero los mejores? ¿Por qué nos dejan los buenos?
Todavía sin poder asumir como cierto lo que me contó Juan, y luego me confirmó Fernando, puse los ojos perdidos en la lejanía de los recuerdos. Lloré un rato en silencio, pero con lágrimas en grito, hasta que junté fuerzas para buscar unas cajas viejas llenas de fotos que resisten el paso del tiempo como testigos ciertos del transcurrir bamboleante de la vida. 
Sabía que en esas cajas había una prueba de tu generosidad que, por supuesto, nunca hizo falta. Tu prodigalidad y bonhomía deben ser, querido Pocho, el bien más esparcido que dejaste entre nosotros, colegas y amigos, en las dos orillas del Paraná. 
Pasaron más de 20 años, Pocho. Vos ya eras un Barreto auténtico y yo apenas un aprendiz que daba pasos tanteantes, tratando de descubrir el mundo del periodismo por los callejones del periodismo deportivo.
Recuerdo tus correcciones y esto otro: que hasta me escribiste aquellas primeras crónicas de hóckey, deporte esquivo para mí, o como el deporte todo, a decir verdad. 
Recuerdo además cuando me contabas los secretos de la jerga automovilística y, mucho más, cuando con Julio Schoemburg y vos íbamos a esas grandes avenidas resistencianas, la avenida Avalos o Lavalle, a despacharnos unos asados callejeros, baratos y ricos, después de aquellas veladas de boxeo en el Club Don Bosco. 
A veces era asado de tira, flaco y duro. A veces era falda pródiga en gordura. Entonces había que regar la cena con la abundancia del vino, para celebrar, sí, pero sobre todo para ayudar a licuar esos lípidos insanos pero sabrosos. ¿Te acordás, Pocho? 
No hacíamos bien, tal vez, pero sí lo que podíamos. Pues “no vivimos otra vida que la que nos mata”. Era esa la revelación del maestro Cristaldo, el gurú paraguayo que inventó Roa Bastos. 
La última vez que nos vimos no llegué a sospechar que el calor y la muerte se movían en el mismo viento que exhalaban tus palabras. No fue hace mucho. Sí antes del aislamiento. En el club tomamos un café y conversamos un rato. La charla nos llevó para el lado de los pañuelos, de los colores de los pañuelos. Para el lado de los hijos, y las decisiones de los hijos. En esa andabas, Pocho... 
Hoy, sin entender qué pasó, no sé qué duele más: si ya no verte en las mañanas en la puerta del Club de Regatas con tu sonrisa tallada; tus ojos achinados por la pereza que resultaban de las pocas horas de sueño; si los mates en la cabina que hacía las veces de tu oficina, en una de las esquinas altas de la cancha de básquet; o el chiste a los gritos, desde la vereda. O el comentario jocoso que era también, como tu ilustre apellido, distintivo vivo de tu personalidad.
No puedo creer que te hayas ido sin decir nada, Pocho. 
Me pregunto si será verdad, ante la falta de explicaciones, que la vida son deudas que no se pagan. Que la vida son largas cosas que no se cumplen, como la promesa del asado que nunca más comimos. Del abrazo que nunca más nos daremos.
La pandemia, para colmo. Elegiste estas fechas de aislamiento para marchar. Para evitarnos, quiero creer, la molestia de una despedida. ¡Cuánto dolor, Pocho! Por los tuyos: por tus padres y tus hijos, Valentina y José, por tu esposa Silvia y tu hermano Fernando. A ellos tal vez sólo convenga decir, como Cristaldo, que “no hay día que valga si no es el venidero”.
Nos veremos pronto, querido Pocho. Por ahora te lloramos. Y como las memorias del sufrimiento humano no tienen dueño, dejanos echar lágrimas e hinchar los ojos por la nostalgia de tu partida. Pero también, Pocholo, dejanos en tu nombre celebrar la amistad a perpetuidad.
La muerte nunca falta cuando llega la hora, Pocho, pero no podrá llevarse nuestros recuerdos. 
Abrazo, hermano.
Hasta siempre.

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Hasta siempre, Pocho...

Por Eduardo Ledesma
eledesma@ellitoral.com
@eoledesma

“Hay un tiempo para aprender, un tiempo para ignorar y otro para saber; un tiempo para comprender y otro para recordar”.

“Contravida”
Augusto Roa Bastos


Será que nunca vamos a poder torcer esta curva? ¿Por qué siempre se tienen que ir primero los mejores? ¿Por qué nos dejan los buenos?
Todavía sin poder asumir como cierto lo que me contó Juan, y luego me confirmó Fernando, puse los ojos perdidos en la lejanía de los recuerdos. Lloré un rato en silencio, pero con lágrimas en grito, hasta que junté fuerzas para buscar unas cajas viejas llenas de fotos que resisten el paso del tiempo como testigos ciertos del transcurrir bamboleante de la vida. 
Sabía que en esas cajas había una prueba de tu generosidad que, por supuesto, nunca hizo falta. Tu prodigalidad y bonhomía deben ser, querido Pocho, el bien más esparcido que dejaste entre nosotros, colegas y amigos, en las dos orillas del Paraná. 
Pasaron más de 20 años, Pocho. Vos ya eras un Barreto auténtico y yo apenas un aprendiz que daba pasos tanteantes, tratando de descubrir el mundo del periodismo por los callejones del periodismo deportivo.
Recuerdo tus correcciones y esto otro: que hasta me escribiste aquellas primeras crónicas de hóckey, deporte esquivo para mí, o como el deporte todo, a decir verdad. 
Recuerdo además cuando me contabas los secretos de la jerga automovilística y, mucho más, cuando con Julio Schoemburg y vos íbamos a esas grandes avenidas resistencianas, la avenida Avalos o Lavalle, a despacharnos unos asados callejeros, baratos y ricos, después de aquellas veladas de boxeo en el Club Don Bosco. 
A veces era asado de tira, flaco y duro. A veces era falda pródiga en gordura. Entonces había que regar la cena con la abundancia del vino, para celebrar, sí, pero sobre todo para ayudar a licuar esos lípidos insanos pero sabrosos. ¿Te acordás, Pocho? 
No hacíamos bien, tal vez, pero sí lo que podíamos. Pues “no vivimos otra vida que la que nos mata”. Era esa la revelación del maestro Cristaldo, el gurú paraguayo que inventó Roa Bastos. 
La última vez que nos vimos no llegué a sospechar que el calor y la muerte se movían en el mismo viento que exhalaban tus palabras. No fue hace mucho. Sí antes del aislamiento. En el club tomamos un café y conversamos un rato. La charla nos llevó para el lado de los pañuelos, de los colores de los pañuelos. Para el lado de los hijos, y las decisiones de los hijos. En esa andabas, Pocho... 
Hoy, sin entender qué pasó, no sé qué duele más: si ya no verte en las mañanas en la puerta del Club de Regatas con tu sonrisa tallada; tus ojos achinados por la pereza que resultaban de las pocas horas de sueño; si los mates en la cabina que hacía las veces de tu oficina, en una de las esquinas altas de la cancha de básquet; o el chiste a los gritos, desde la vereda. O el comentario jocoso que era también, como tu ilustre apellido, distintivo vivo de tu personalidad.
No puedo creer que te hayas ido sin decir nada, Pocho. 
Me pregunto si será verdad, ante la falta de explicaciones, que la vida son deudas que no se pagan. Que la vida son largas cosas que no se cumplen, como la promesa del asado que nunca más comimos. Del abrazo que nunca más nos daremos.
La pandemia, para colmo. Elegiste estas fechas de aislamiento para marchar. Para evitarnos, quiero creer, la molestia de una despedida. ¡Cuánto dolor, Pocho! Por los tuyos: por tus padres y tus hijos, Valentina y José, por tu esposa Silvia y tu hermano Fernando. A ellos tal vez sólo convenga decir, como Cristaldo, que “no hay día que valga si no es el venidero”.
Nos veremos pronto, querido Pocho. Por ahora te lloramos. Y como las memorias del sufrimiento humano no tienen dueño, dejanos echar lágrimas e hinchar los ojos por la nostalgia de tu partida. Pero también, Pocholo, dejanos en tu nombre celebrar la amistad a perpetuidad.
La muerte nunca falta cuando llega la hora, Pocho, pero no podrá llevarse nuestros recuerdos. 
Abrazo, hermano.
Hasta siempre.