Los modelos del Presidente
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Miércoles 15de Julio de 2020CORRIENTESPronóstico Extendidoclima_nublado

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CORRIENTES:

Los modelos del Presidente

Durante la campaña electoral, Alberto Fernández se declaró “liberal de izquierda” y fundador del “liberalismo progresista peronista”. Afirmó que no quería parecerse a Cuba, sino a Finlandia y a Noruega, donde se educa a los chicos, se dan certezas a los adultos y seguridad a los más viejos. “Esto no lo hacen en Cuba; lo hacen en Noruega, lo hacen en Finlandia”. Esos países son el sueño de todo progresista: una tercera posición que concilie valores igualitarios con prosperidad capitalista.
Desarrollo inclusivo, paridad de género, excelencia educativa, cobertura de salud, cuidado de la maternidad, defensa del ambiente, pobreza ínfima, poca criminalidad y ninguna corrupción. En las tablas de desarrollo humano, Noruega es primera. Y en el ranking de felicidad, el podio lo ocupa Finlandia.
Suecia y Dinamarca, con la pequeña Islandia, también integran el grupo de “países escandinavos”, modelos clásicos de socialismo exitoso hasta los años 80 y que luego introdujeron profundas reformas “promercado” para aumentar la competitividad y sostener los aparatos distributivos que son su orgullo. Noruega, Finlandia y Dinamarca son poco mayores que Uruguay, con algo más de 5 millones de habitantes cada uno, en tanto que Suecia tiene el doble. El PBI per cápita anual de los tres oscila entre 50.000 y 60.000 dólares. El de Noruega es superior, a pesar de haber sido el más pobre de todos. Asciende a 80.000 dólares por el descubrimiento de petróleo en los años 70 y cuenta con un fondo soberano que duplica el PBI de la Argentina. Es el único que no integra la Unión Europea y sus mayores empresas son estatales, pero cotizan en bolsa y operan en marcos competitivos.
Como comparación, el PBI per cápita de Uruguay es de 21.000 dólares y el de la Argentina, de 17.000. Todo ello antes de la crisis del año en curso y con un dólar de valor incierto, que podría reducir aún más esos números.
Lo esencial de los países escandinavos no es su modelo productivo, sino la argamasa de esas sociedades, bien distinta a las reglas de convivencia nuestras, que, con el tiempo, han configurado un país decadente. A pesar de que mantenemos virtudes personales y familiares que hacen de la Argentina un país tan creativo, amistoso y atractivo. Y aquí es donde el antiguo sueño de Fernández se convertiría en pesadilla. ¿Cómo adaptar ese modelo a nuestro país? Al pensar en Noruega y Finlandia debería imaginar al líder camionero Hugo Moyano, al educador Roberto Baradel, al ex vicepresidente Amado Boudou o al empresario Cristóbal López como pivotes de la transformación “a la escandinava”.
Estos ejemplos, en todo caso, parecen acercarnos más al modelo venezolano, vástago continental del castrismo insular.
Las sociedades “vikingas” logran los más altos niveles de equidad e inclusión a partir de un sólido capital social, responsabilidad ciudadana, ética del trabajo y confianza recíproca. Las casas no se cierran con llave, la palabra tiene valor, la docencia es la profesión más respetada, hay comercios sin controles físicos y los contribuyentes pagan sus impuestos sin quejarse, porque el Estado devuelve lo que cobra.
No existen sindicalistas ricos, ni políticos corruptos, ni empresarios prebendarios, ni policías mafiosos, ni jueces “de la servilleta”. No existen las barras bravas ni los punteros; no hay acampes ni redoblantes ni piqueteros. El Estado no está cooptado por militantes ni sus empresas son usadas para negocios con amigos. No se distorsiona la seguridad social para hacer proselitismo ni se otorgan pensiones o jubilaciones sin aportes, para ganar votos.
Los docentes no interrumpen la educación para reclamar aumentos ni abusan de licencias por causales falsas o banales. Los sindicatos no tienen “cajas” ni sus jerarcas reciben retornos de obras sociales ni contratan con empresas de familiares o testaferros. Tampoco hay monopolio de personería gremial ni industria del juicio “para transar”, y el ausentismo patológico es desconocido. Los camioneros no paralizan el país, ni los portuarios, los puertos. 
Luego de seis meses de gestión, no parece que Alberto Fernández continúe soñando con Finlandia y Noruega, pues su alineamiento con el cristinismo revela mayor simpatía por Cuba o Venezuela que por aquellos. En su campaña, el Presidente no equivocaba el rumbo: el camino a la Argentina de pie requiere un arduo esfuerzo de reconstrucción ética y afirmación de valores, y no relatos épicos para cooptar el Estado en provecho de pocos, aunque en nombre de todos y de todas.

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Durante la campaña electoral, Alberto Fernández se declaró “liberal de izquierda” y fundador del “liberalismo progresista peronista”. Afirmó que no quería parecerse a Cuba, sino a Finlandia y a Noruega, donde se educa a los chicos, se dan certezas a los adultos y seguridad a los más viejos. “Esto no lo hacen en Cuba; lo hacen en Noruega, lo hacen en Finlandia”. Esos países son el sueño de todo progresista: una tercera posición que concilie valores igualitarios con prosperidad capitalista.
Desarrollo inclusivo, paridad de género, excelencia educativa, cobertura de salud, cuidado de la maternidad, defensa del ambiente, pobreza ínfima, poca criminalidad y ninguna corrupción. En las tablas de desarrollo humano, Noruega es primera. Y en el ranking de felicidad, el podio lo ocupa Finlandia.
Suecia y Dinamarca, con la pequeña Islandia, también integran el grupo de “países escandinavos”, modelos clásicos de socialismo exitoso hasta los años 80 y que luego introdujeron profundas reformas “promercado” para aumentar la competitividad y sostener los aparatos distributivos que son su orgullo. Noruega, Finlandia y Dinamarca son poco mayores que Uruguay, con algo más de 5 millones de habitantes cada uno, en tanto que Suecia tiene el doble. El PBI per cápita anual de los tres oscila entre 50.000 y 60.000 dólares. El de Noruega es superior, a pesar de haber sido el más pobre de todos. Asciende a 80.000 dólares por el descubrimiento de petróleo en los años 70 y cuenta con un fondo soberano que duplica el PBI de la Argentina. Es el único que no integra la Unión Europea y sus mayores empresas son estatales, pero cotizan en bolsa y operan en marcos competitivos.
Como comparación, el PBI per cápita de Uruguay es de 21.000 dólares y el de la Argentina, de 17.000. Todo ello antes de la crisis del año en curso y con un dólar de valor incierto, que podría reducir aún más esos números.
Lo esencial de los países escandinavos no es su modelo productivo, sino la argamasa de esas sociedades, bien distinta a las reglas de convivencia nuestras, que, con el tiempo, han configurado un país decadente. A pesar de que mantenemos virtudes personales y familiares que hacen de la Argentina un país tan creativo, amistoso y atractivo. Y aquí es donde el antiguo sueño de Fernández se convertiría en pesadilla. ¿Cómo adaptar ese modelo a nuestro país? Al pensar en Noruega y Finlandia debería imaginar al líder camionero Hugo Moyano, al educador Roberto Baradel, al ex vicepresidente Amado Boudou o al empresario Cristóbal López como pivotes de la transformación “a la escandinava”.
Estos ejemplos, en todo caso, parecen acercarnos más al modelo venezolano, vástago continental del castrismo insular.
Las sociedades “vikingas” logran los más altos niveles de equidad e inclusión a partir de un sólido capital social, responsabilidad ciudadana, ética del trabajo y confianza recíproca. Las casas no se cierran con llave, la palabra tiene valor, la docencia es la profesión más respetada, hay comercios sin controles físicos y los contribuyentes pagan sus impuestos sin quejarse, porque el Estado devuelve lo que cobra.
No existen sindicalistas ricos, ni políticos corruptos, ni empresarios prebendarios, ni policías mafiosos, ni jueces “de la servilleta”. No existen las barras bravas ni los punteros; no hay acampes ni redoblantes ni piqueteros. El Estado no está cooptado por militantes ni sus empresas son usadas para negocios con amigos. No se distorsiona la seguridad social para hacer proselitismo ni se otorgan pensiones o jubilaciones sin aportes, para ganar votos.
Los docentes no interrumpen la educación para reclamar aumentos ni abusan de licencias por causales falsas o banales. Los sindicatos no tienen “cajas” ni sus jerarcas reciben retornos de obras sociales ni contratan con empresas de familiares o testaferros. Tampoco hay monopolio de personería gremial ni industria del juicio “para transar”, y el ausentismo patológico es desconocido. Los camioneros no paralizan el país, ni los portuarios, los puertos. 
Luego de seis meses de gestión, no parece que Alberto Fernández continúe soñando con Finlandia y Noruega, pues su alineamiento con el cristinismo revela mayor simpatía por Cuba o Venezuela que por aquellos. En su campaña, el Presidente no equivocaba el rumbo: el camino a la Argentina de pie requiere un arduo esfuerzo de reconstrucción ética y afirmación de valores, y no relatos épicos para cooptar el Estado en provecho de pocos, aunque en nombre de todos y de todas.