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La belleza de lo inasible en la poesía de Juan L. Ortiz

Por Carlos Lezcano

Especial para El Litoral

La reedición de la obra completa de Juan L. Ortiz es un acontecimiento por la trascendencia de su poesía y por la decisión de las editoriales universitarias de Entre Ríos y del Litoral que llevaron adelante esta idea cuyo resultado es una edición impecable.

La primera edición de 1996 fue realizada por la Universidad del Litoral al cuidado de Sergio Delgado, que nuevamente dirige este proyecto conjunto.

Esta edición tiene dos volúmenes: el primero, “En el aura del sauce”, con textos de Olvido García Valdés y Sergio Delgado, y los poemas que van desde 1924 a 1971. El segundo volumen se llama “Hojillas” y contiene textos de Marilyn Contardi y Sergio Delgado, y poemas, prosas, ensayos, traducciones, correspondencia y un dossier de lecturas de poetas y amigos.

Conversamos con Fabián Zampini, autor del ensayo “El sauce, el ‘aura’ y el país del sauce” contenido en el volumen II.

—¿Cuál es la importancia de esta reedición de la obra de Juan L. Ortiz?

—La publicación de la segunda edición de la obra completa de Juan L. Ortiz constituye, a mi parecer, un acontecimiento de algún modo comparable con lo que significó la publicación inicial de la obra, en 1996. Aquella edición estuvo a cargo de la Editorial de la Universidad Nacional del Litoral y esta segunda es un trabajo conjunto de la UNL y la Editorial de la Universidad Nacional de Entre Ríos. En ambos casos el responsable de la edición fue Sergio Delgado.

La edición de UNL continuaba el trabajo iniciado en Rosario a fines de la década del sesenta y que culminó en 1970 y 1971 con la publicación de “En el aura del sauce”, publicación que presentaba por primera vez reunidos los trece poemarios de Juan L. Ortiz. No obstante, la edición del 96, además de incluir poemas y prosas inéditas, realiza un aporte invalorable al incorporar un cuerpo de trabajos críticos que resultarían sumamente importantes para la puesta en valor de la poesía de Juan L., en un momento en que su obra había adquirido una notoriedad incuestionable, presentándose allí, además, la conformación de lo que podría llamarse un “canon crítico” inicial, que toma como un precedente de suma importancia algunos trabajos de difusión de la obra de Ortiz en la década del 70 y el hecho de alta significación que fue la publicación en 1986 del número uno del Diario de Poesía con un dossier dedicado a Juanele.

Esta segunda edición, en dos volúmenes, agrega a ese cuerpo crítico consolidado de la de 1996 (textos considerados clásicos en lo que respecta a la lectura crítica de la obra de Ortiz) algunos otros que no estaban en esa edición. En esta coedición UNL-Eduner se suman, en el volumen II, algunos trabajos más recientes de investigadores, críticos y poetas que están en la actualidad trabajando sobre diversas facetas de la obra orticiana. Tuve la fortuna de poder participar en este proyecto colectivo verdaderamente muy importante y muy conmovedor.

—Me gustó mucho la idea de una cartografía; esa delimitación territorial, del emplazamiento, de la fundación de la poesía de Juan L. Ortiz. ¿Cómo llegás a esta idea?

—En gran medida tomo allí sugerencias planteadas en diversos trabajos críticos por Sergio Delgado, en alusión a la prefiguración de un territorio simbólico que estaría en la base del trazado de la poesía de Juan L. Ortiz y que podría llamarse de esta manera, a partir de esa metáfora, “el país del sauce”. Ese sintagma, “el país del sauce”, es tomado de uno de los poemas más emblemáticos de Ortiz, “Entre Ríos”, que aparece en la etapa final de la obra, en el libro “El junco y la corriente”. A partir de ello trabajé esa noción, o esa intuición, y traté de darle forma a esa manera característica de la poesía de Juan L. Ortiz en la que se apoya en el mapa físico entrerriano para, podríamos decir, en un segundo movimiento, reescribirlo poéticamente. No obstante, ese mapa de Entre Ríos se ve excedido ya que ese “país del sauce” no se acotaría estrictamente a las fronteras entrerrianas sino que señala un área geográfica, y una zona poética, de mayor amplitud. Si bien Entre Ríos estaría en el corazón de esa zona, la misma implicaría un imaginario de toda el área del litoral de nuestro país.

—Entre Ríos como un territorio fluvial, de orillas y también todo el tiempo de desborde… esa palabra.

—Exactamente, es muy significativo que el último poemario de Juan L. Ortiz se llame “La orilla que se abisma”; aparece publicado recién por primera vez en “En el aura del sauce”, en 1971, y alude a esta cuestión. La orilla, que es un elemento permanente en la obra, está abismada, desbordada, permanentemente asediada por el curso indetenible de la palabra de Ortiz, y eso se nota mucho en los últimos poemarios, donde los versos se hacen muy extensos, y al mismo tiempo la sintaxis del verso se mimetiza de alguna forma con el recorrido de los ríos litoraleños. Es muy interesante también reconocer en diferentes momentos de la obra la alternancia de las referencias al río Paraná con la centralidad en otros momentos otorgada al Gualeguay (uno de los más importantes libros de Ortiz es un largo poema de más de dos mil versos dedicado al río Gualeguay).

—Allí nace todo y la poesía traza el mapa.

—Sí, eso sugiero en el trabajo y se nota  muy claramente en uno de los poemarios que se llama “El alma y las colinas”, de 1956, en el cual hay un poema muy largo titulado, justamente, “Las colinas”, donde se puede ver con bastante claridad cómo la poesía nombra poéticamente un Entre Ríos que no evidencia una correlación directa con el Entre Ríos de la cartografía física.

—Hablás del aura de la poesía y la cita de Benjamín es ineludible, que tiene que ver con la mirada sinestésica del poeta. Contame cómo trabajaste esta idea.

—Mi ensayo publicado en la segunda edición de la obra completa plantea, me parece, la continuidad y el correlato de un largo estudio que hice sobre Juan L. Ortiz entre 2011 y 2017, en ocasión de la escritura de mi tesis doctoral. La redacción de este trabajo fue apenas posterior a ello, por lo cual hay ecos y continuidades respecto de aquellas intuiciones.

En esos años de contacto tan intenso con la obra, una de las cosas que noté era, por un lado, esa presencia de imágenes tributarias de los diferentes sentidos, que dialogaban permanentemente, que se mezclaban, y eso me llevó a proponer o a plantear esa intuición acerca de la presencia muy fuerte de ese tropo, la sinestesia, en la poesía de Juanele, en el sentido de una generalizada convergencia en sus imágenes de sensaciones debidas a los diferentes sentidos. Y en ese  marco me pareció oportuno vincular ese tópico con un modo de la mirada de Juan L. Ortiz que tiene la potestad y la facultad de focalizarse tanto en los mínimos elementos del paisaje, los pequeños seres que habitan el paisaje, es decir, focalizar en planos muy restringidos pero, también, ampliar la lente y registrar una instantánea del panorama, de las grandes extensiones territoriales. Eso se ve con mucha claridad en el poema “Las colinas” y, de alguna manera, también en el poema-libro “El Gualeguay”.

A partir de allí, naturalmente, salió el vínculo con Benjamín, tomando aquello que él dice respecto del estatuto de lo aurático como esa realidad “de la cual ningún ojo se sacia”, lo que se planteó como significativo por el hecho de que, entre otras razones, Juan L. decide colocar esa palabra en el título que abarca y contiene su poesía, “En el aura del sauce”.

—La belleza de lo inasible está presente todo el tiempo en Ortiz….

—Efectivamente, está presente todo el tiempo. La belleza de lo inasible, de lo que apenas se puede visualizar y respecto de lo cual hay hasta un cuidado por parte del poeta en cómo acercarse a esos objetos, cómo tomar contacto con esos seres que habitan el paisaje y su entorno, lo que se evidencia en la delicadeza y la sutileza infinitas para referirlos. Ese es, quizá, uno de los rasgos más notorios en la poesía de Juan L.; aquello que está próximo, sin embargo, más allá de su cercanía, escamotea el código por el cual acercarse a su centro; se trata de un código muy complejamente dispuesto respecto del que, quizá, solo la poesía permitiría desentrañar para intentar acercarse a ese meollo oculto.

—En el subtítulo del ensayo “El sonido y el sentido” citás a Agamben y luego a Valèry, hablando de la hesitación como elemento constitutivo de la poesía. ¿Podés contarnos un poco más de esta idea?

—En la poesía de Ortiz todo parece encontrarse en un estado de latencia constante, en curso de nacer todo el tiempo, y, ante ello, ese modo de la hesitación registra lo que está a punto de ser formulado, aunque no existen maneras de decirlo taxativa o categóricamente, sino que esa formulación o ese registro se produce en el marco de lo tentativo, de lo aproximativo, de lo sugerido. Es por ello que este encuentro de la voz del poeta con el objeto que la poesía modela tiene mucho que ver con el modo del balbuceo, con el modo del acercamiento tentativo, con el modo de la duda. Y en Juan L. eso se nota mucho en el uso de ciertos adverbios, de ciertos conectores, de determinadas figuras gramaticales (los puntos suspensivos), de determinados términos (“tal vez”, “quizás”, “acaso”, etc.). Hay un acercamiento siempre tentativo al meollo del paisaje y de las realidades humanas que vivifican ese paisaje, siempre en ese ámbito de lo tentativo.

—La amistad está presente siempre en Juan L. Ortiz y lo ha dicho en muchos lugares. Surge entonces la importancia de Veiravé, alguien muy cercano a nosotros.

—Sí, justamente en el texto intento acercarme a esta cuestión de la amistad en Juan L., que aparece notoriamente en distintos momentos de la obra. Por un lado, hay consenso en notar que diferentes grupos de amigos del poeta contribuyeron, de alguna forma, al conocimiento y la difusión de su obra. Es sabido que el primer poemario de Juan L., de 1933, “El agua y la noche”, es publicado en gran medida por la amorosa insistencia de un gran amigo suyo (e importante poeta entrerriano, también de Gualeguay) que es Carlos Mastronardi, además de otros poetas de Buenos Aires. Hay distintos círculos de amigos que rodean a Juan L., que son también sucesivos círculos de lectores, cada vez más amplios, que se acercan a su lectura. Y entre esos lectores, por supuesto, están los poetas que lo siguen leyendo, quienes estudian su obra, la crítica; todos ellos sintiéndose (sintiéndonos) amparados y cobijados por la amistad del querido Juan L.

Hacia fines de los años 50, con Ortiz ya residiendo en Paraná (hasta 1942 vivió en Gualeguay y trabajaba en el Registro Civil de allí), se genera un vínculo muy fuerte con poetas y artistas de Santa Fe, entre los cuales se encuentran Hugo Gola y Juan José Saer. La presencia de la amistad se manifiesta de distintas maneras; por un lado, en la invocación que en muchos poemas se dirige al amigo lector, frecuentemente otro poeta. “Ah, mis amigos, habláis de rimas...” se titula uno de sus poemas más emblemáticos. Pero también las marcas de la amistad aparecen en muchas dedicatorias, sobre todo en poemas que están en “El junco y la corriente”, en poemas dedicados a otros poetas, a los mencionados Saer y Hugo Gola, entre otros. Alfredo Veiravé en algún momento dijo que su amistad con Juan L. la había heredado de su padre en los lejanos días de Gualeguay. Veiravé era más joven que Ortiz, no obstante hubo entre ellos una relación de entrañable amistad y de compartir el trabajo poético por muchos años. Veiravé fue un gran poeta también. Recuerdo que, en ocasión de estar en Resistencia hace algunos años, encontré los tres tomos de su obra poética; su esposa estuvo a cargo de esa edición invalorable en la que hay referencias a Juan L. Hay, por otra parte, un trabajo muy importante de Alfredo Veiravé, de 1965, que sentará las bases de una valoración crítica apuntando a la autonomía de la obra poética de Juan L. y que se amplificará en un libro fundamental que Veiravé publica en 1984, “Juan L. Ortiz: la experiencia poética”, al que tuve la fortuna de poder acceder a través de su señora, María Pía Rizzotti de Veiravé, justamente en ese viaje a Resistencia en 2011.

—Tu ensayo tiene una coda y habla de Juan L. como clásico. ¿Por qué es un clásico de la literatura argentina su obra?

—En las dos últimas secciones del trabajo se me planteó la posibilidad, y la curiosidad, de confrontar la impronta de la poesía de Juan L. con dos categorías tradicionales para el estudio de los problemas literarios: las de clásico y barroco. Entonces intenté plantear alguna idea en relación con el código de lo barroco, reconocible en la exuberancia de una obra que intenta registrar esa “proliferación enigmática de materia que llamamos mundo” (si no me equivoco, estas son palabras de Juan José Saer). Y en el último apartado que, como bien decís, se presenta a modo de “coda”, me detengo en una reflexión de Arturo Carrera que postula con mucha convicción el lugar de Juan L. como un “clásico” de nuestro literatura, un escritor que está en el centro de nuestro canon, un poeta que pasa de transitar posiciones laterales durante tantos años en ese campo, a un lugar de indiscutida centralidad (hasta la edición de la Biblioteca Constancio C. Vigil de “En el aura del sauce”, Juan L. publica sus primeros diez libros con sus propios medios, libros que tienen muy poca difusión más allá de esos círculos de amigos poetas de los que hablábamos).

Con la aparición de la Obra completa en el 96, más los números especiales dedicados a Juan L. en diferentes revistas de poesía (además del caso del Diario de Poesía del que hablábamos, hay una publicación muy relevante que es el número dedicado por Xul a Ortiz en 1997), llegamos quizá a esta noción o esta convicción de que Juan L. sería un “poeta clásico”, apelando a aquello que decía Borges acerca de los clásicos, en tanto libro que las sucesivas generaciones, por muy variadas razones, “leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad”. Pero, al mismo tiempo, un clásico es una obra de una riqueza constructiva tal, que facilita y produce que lectores muy variados y con horizontes muy diversos puedan sintonizar o puedan dialogar con ella a partir de lo que la misma obra renovadamente produce.

Entonces, esa sería, quizá, una de las nociones de clásico que más me sedujo y que habla muy bien del lugar de una obra como la de Juan L. en nuestra literatura, una obra de permanente productividad, de gran vitalidad, una obra que propicia incesantes relecturas y que aún tiene mucho para decir en este momento en el cual ya no se duda de su centralidad en el campo poético argentino. La obra sigue planteando interrogantes, sigue constitutivamente abierta, sigue reverberando en múltiples lectores que se acercan a ella desde muy variados ámbitos, y a todos tiene algo para decirles.

Pero también me gusta mucho lo que plantea Italo Calvino respecto de cómo entender a un clásico, en tanto obra capaz de generar “un efecto de resonancia”. Me parece que Juan L. tiene esa capacidad, esa enorme virtud de propiciar escrituras, o, digamos, nutrir diferentes escrituras, que en su forma, en su lenguaje, en su diccionario son quizás diferentes, en su tema incluso, pero en las que se reconoce un modo de lo orticiano que se proyecta, resuena y reverbera en ellas.

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