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Contradictorios mensajes sobre el valor de la vida

Es un proceso la vida, constante, imparable, es desarrollo y crecimiento permanente, hasta que se va agotando en una evolución de cambio y transformación gradual. 

Por Leticia Oraisón de Turpín

Orientadora Familiar

leticiaoraison@hotmail.com 

Estamos viviendo un tiempo inhabitual de preocupación, enfermedad, desasosiego, e incertidumbre, en el transcurso natural de nuestras vidas. Desarrollamos nuestras ocupaciones con cuidados especiales y distanciamiento personal de los otros individuos, incluso de nuestros seres queridos y entrañables, cuando alguno del grupo es de riesgo.  

Los abuelos separados de sus nietos y los hijos adultos sin manifestaciones cariñosas para con sus padres, por los riesgos latentes a los que pueden exponerlos.  

Todo pensado en el cuidado y preservación de la salud y la vida misma de los mayores, que son los más vulnerables en la disparada pandemia que nos agobia.  

Está muy bien que se entienda que hay que preservar la vida, valorarla como lo que es, un bien único e irremplazable, primero y fundamental, tan inalienable como la respiración.

Sin embargo, la gran paradoja está en, por un lado, la defensa a ultranza de los ancianos y por otro lado en fomentar, convencer y decidir la precariedad y el asesinato de los no nacidos, engendrados por supuesta equivocación, como si no hubiera un valor incalculable y precioso en esas incipientes vidas.  

De acuerdo con esto, la vida de algunos vale, la de otros no. La gran pregunta que yo me hago es, ¿por qué elegimos a los viejos? (aclaro que yo lo soy) y desechamos la vida nueva de reposición, personal y real. El embrión no es un apéndice de la madre, no le pertenece, aunque sí la necesita para desarrollarse, crecer y superar las etapas biológicas propias de todo ser viviente.

Porque la vida es un proceso, constante, imparable, es desarrollo y crecimiento permanente, hasta que se va agotando en una evolución de cambio y transformación gradual, para dejar de existir de acuerdo con la naturaleza que le es propia.

Ese proceso definitivamente no puede interrumpirse por voluntad humana, no le pertenece a hombre alguno alterar las leyes naturales, porque las consecuencias de la ruptura siempre se pagan a un alto precio. Esta dicotomía en el discurso oficial no es entendible, porque no se puede elegir entre dos o más vidas, todas valen igualmente, no hay categorías ni debiera haberlas. No voy a plantear acá la discusión infame de si un embrión es vida o no, ya que hasta el hartazgo (los abortistas lo reconocen también) se sostiene que donde hay una célula activa, hay vida.

Entonces quiero que me expliquen ¿por qué un niño en el vientre de su madre no vale? ¿Porque no puede defenderse? ¿Porque no sabe hablar? ¿Porque no camina? ¿Porque necesita ayuda? ¿Porque no está listo? Pero lo estará cuando llegue su tiempo, ya que se diferencia de nosotros sólo por su tierna, fina e incipiente infancia. Porque empieza a ser lo que se expresará más adelante.

Seamos coherentes y honestos, la vida es el primer y más importante valor, sin vida todo carece de sentido y se transforma en nada y la nada es la ausencia absoluta del ser, es la negación de todo.

Este tiempo de desazón e incertidumbre sobre nuestras vidas, da perfectamente para entender el valor absoluto de todas las vidas, también las de los niñitos indefensos en el vientre de sus madres. 

No es justo que se convenza a las propias madres a ser los verdugos de sus hijos (por desesperación, necesidad y falta de apoyo) apoyo que siempre podemos dar para evitar la pérdida de tantos seres humanos que vienen para renovar, restaurar y refrescar este universo tan maltratado y vilipendiado por esta generación frívola, banal y egoísta.  

Nadie tiene derecho a excusarse de pensar en cuánta responsabilidad nos cabe a todos en este dramático tema, que los gobiernos quieren imponernos forzosamente, en contra de nuestras libres convicciones e incluso en contravención con lo estipulado por la Constitución Nacional. 

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