Por Lautaro Barbis
(@lautarobarbis)
Especial Para El Litoral.
Licenciado en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires, miembro adherente de la Sociedad Argentina de Análisis Político y socio activo de la
Asociación Nacional de Politólogos.
Desde el retorno de la democracia, la Provincia de Corrientes ha convocado a elecciones generales para las categorías de gobernador y vicegobernador en once oportunidades. En el medio, hubo dos intervenciones federales (1992-1993 y 1999-2001) y la misma cantidad de reformas constitucionales (1993 y 2007). En este período, fueron electos siete gobernadores: dos en elecciones indirectas -mediante el Colegio Electoral- y, cinco, en elecciones directas. Si bien, cuatro buscaron su reelección, solo dos lo lograron de manera inmediata y, tan solo uno, no inmediata. En los treinta y ocho años de democracia, cuatro coaliciones electorales se volvieron coaliciones de gobierno mientras que, los mandatarios, surgieron de cuatro partidos políticos.
El estudio de los sistemas de partidos políticos, nos resulta útil para comprender la dinámica que adquiere el juego electoral y los partidos políticos en competencia o, en otras palabras, nos sirve para entender qué lugar ocupa cada actor en la escena. En este sentido, los aportes del politólogo italiano Giovanni Sartori resultan fundamentales. A fines de contribuir a un análisis más riguroso, no nos referiremos a partidos políticos propiamente dichos, sino que tomaremos como objeto de estudio las coaliciones electorales siempre y cuando, se encuentren en capacidad de contribuir a –o, en caso contrario, chantajear o vetar- la conformación de una coalición de gobierno.
En la primera década democrática (1983-1993), el Pacto Autonomista - Liberal se impuso a lo largo de cuatro elecciones consecutivas. Asimismo, la arena electoral se redujo a tres coaliciones electorales en competencia, manteniéndose constante. De quedarnos con esos datos podríamos, atendiendo a la regularidad de la coalición ganadora, afirmar que estamos ante un sistema de coalición hegemónica (Venezuela desde 2018) o, si nos centrásemos en la competencia, sostener que nos hallamos frente a un sistema de pluralismo moderado o limitado (Provincia de Santa Fe desde 2011).
Sin embargo, solo lo son en apariencia. Aquí debemos centrar nuestra atención en la distribución de las preferencias en el electorado a la vez que la capacidad de la coalición triunfante de alcanzar el poder sin necesidad de explorar acuerdos ejecutivos o legislativos con las demás en el ejercicio del gobierno. Afirmamos, entonces, que estamos ante un sistema de coalición predominante que, de hecho, se mantiene hasta 1997 aunque esta elección represente una alternancia. Estos sistemas se caracterizan por ser pluralistas y garantizar la existencia de coaliciones –o partidos- opositores aunque, no son precisamente eficaces a la hora de aspirar a desbancar a la coalición gobernante.
Luego, de 2001 a 2017, pareciera que estábamos ante las puertas de un sistema más competitivo que osciló entre el bipartidismo (2001, 2013 y 2017) y el pluralismo limitado (2009). Para el primer caso, debemos considerar aquellos sistemas en los que (1) la suma de los votos obtenidos entre la primera y la segunda coalición concentren al menos el 80% del total y (2) la diferencia entre los votos obtenidos entre la primera y la segunda coalición sea inferior a 10%. Son ejemplo de esto las elecciones que enfrentaron a Tato Romero Feris (PaNu) y Ricardo Colombi (UCR) en 2001, a Ricardo Colombi (UCR) y Camau Espíndola (PJ) en 2013 y Gustavo Valdés (UCR) y Camau Espíndola (PJ) en 2017. En tanto, para el segundo caso, debemos corroborar (1) la presencia de entre tres y cinco formaciones partidarias importantes, (2) una distancia ideológica relativamente pequeña entre las mismas, (3) la competencia centrípeta entre ellas y (4) la conformación de acuerdos legislativos poselectorales bipolares para ejercer el gobierno (Sartori, 1976). Sin dudas, la elección de 2009 que enfrentó a Ricardo Colombi (UCR), Arturo Colombi (UCR Disidente) y Fabián Ríos (PJ) es un ejemplo claro de esto.
Ambos sistemas tienen la particularidad de adquirir una dinámica de movimientos centrípetos entre las principales coaliciones electorales, a la vez que posibilitan la alternancia en el ejercicio del gobierno. Es decir que, las coaliciones en competencia, tienden a moderar sus posiciones con tal de conquistar a los votantes flotantes que se hallan en medio del espectro ideológico de las estructuras partidarias. De alguna forma, tanto el bipartidismo como el pluralismo limitado, generan condiciones propicias para el consenso y los acuerdos entre las principales fuerzas políticas. Sin embargo, con la elección de 2017, se vuelve a incrementar la distancia entre la primera y la segunda fuerza, constatando la tendencia hacia un sistema de coalición predominante y, se hace más evidente aún, con los resultados electorales de 2021.
En esta última elección, el caudal de votos obtenido por la coalición oficialista aumentó en un 40%, aproximadamente, en relación a la elección anterior mientras que, la coalición opositora, experimentó una caída en torno al 50%. Así, el intervalo de competitividad electoral –o sea, la diferencia entre el primer y segundo partido más votado en una elección-, que nunca había superado el 30% -que, igualmente, es un indicador bastante alto-, ascendió al 51% en esta oportunidad, siendo la elección ejecutiva menos competitiva desde 1983. Asimismo, las elecciones más competitivas de nuestra historia democrática reciente fueron la de 2001 y 2013. En ambas, Ricardo Colombi fue electo gobernador, siendo el primero y el último de sus mandatos, respectivamente.
Indudablemente, estamos ante un sistema de partidos políticos atravesado por la tendencia hacia el predominio de una fuerza electoral sobre las otras. Podemos decir que el sistema de partido predominante se encuentra limitado en sus fronteras por los sistemas de partido hegemónico y el sistema bipartidista. De alguna forma, nos encontramos en la antesala de los sistemas de partidos no competitivos ya que, si bien la alternancia no sucede en los hechos durante lapsos prolongados de tiempo, esta no está imposibilitada de suceder siendo, el sistema de partido predominante, de naturaleza pluralista.
Felipe González, Presidente del Gobierno de España entre 1982 y 1996, repite cual mantra que “la esencia de la democracia es la aceptabilidad de la derrota” y Julio María Sanguinetti, Presidente del Uruguay de 1985 a 1990 y de 1995 al 2000, reproduce esta definición al decir que “en la esencia de la democracia también está la ética de la derrota”. La democracia implica el reconocimiento y sometimiento, por parte de los jugadores, a las reglas de juego democrático: aquellas que determinan quienes son ganadores y, quienes, perdedores.
El hecho está en que no podemos arriesgarnos a caminar indefinidamente sobre una cuerda floja mientras se encuentre latente la amenaza de caer en un sistema de partidos políticos no competitivos. Sin embargo, esto no responde a una cuestión estrictamente electoral, más bien es el resultado de la coexistencia de una serie de andamiajes institucionales que posibilitan y reproducen estas condiciones. Es momento de que comencemos a compartir ideas, en el marco del diálogo democrático, para profundizar los debates que nos permitan plantearnos y construir colectivamente el paradigma de provincia que pretendemos perseguir.