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La Chica Almodóvar y la responsabilidad de la hora

Por El Litoral

Domingo, 26 de diciembre de 2021 a las 01:03

Por Emilio Zola
Especial Para El Litoral

El epílogo del 2021, con inflación galopante y recidiva pandémica, recrea espacios para el debate público en torno de una cuestión que importa a cada argentino, más allá de su condición socioeconómica, su identificación política o su franja etaria. Con la mitad del país hundida en la pobreza y un salario real que ironiza desde las estadísticas al incluir en el 20 por ciento más “adinerado” a los que ganan 70.000 pesos mensuales, el destino económico nacional es el gran tema, sino de las mesas navideñas, al menos de los pensamientos de introspección noctámbula.
¿Cuál es la salida de este gris laberinto?, preguntaría Joaquín Sabina frente al discurrir cíclico de una Nación en crisis permanente que al decir de los gurúes tiene todo para convertirse en una potencia productiva global, salvo un ingrediente indispensable para el autoconvencimiento colectivo de tal presagio: confianza en sus gobernantes de turno, al punto de que las nuevas generaciones han empezado a relativizar las ventajas del sistema democrático.
El ausentismo electoral y el escepticismo juvenil coronado por la creencia ciega, superficial e inexplicada de que “todos los políticos son iguales”, configuran el compost para el surgimiento de figuras como Gabriel Milei, exponente de un neoconservadurismo con ademanes de rebeldía que se atreve a proponer la eliminación del Estado sobre la base del mérito como único método para la prosperidad individual, sin mirar hacia los márgenes vulnerables, donde hierve la desdicha originaria de los nacidos en condiciones de necesidad absoluta.
¿Es el camino? ¿Dejar que los favorecidos por el sistema sigan escalando hasta abrir un abismo clasista que convierta a los pobres en más pobres y a los pudientes en aristócratas milenials? Sin dudas que no. Pero es lo que podría pasar si el rumbo nacional mantiene las coordenadas de un mandato presidencial carcomido por la falta de credibilidad, con un jefe de Estado que en Nochebuena sale a pedir cautela sanitaria con la misma autoridad de Mao en una cumbre capitalista. 
La transmisión de Alberto Fernández por cadena nacional apeló a “los grandes acuerdos” que deberían cristalizarse en 2022 a fin de avanzar hacia un plano que traduzca el crecimiento macroeconómico registrado en los últimos meses en mejoras tangibles para una abrumadora mayoría de desahuciados.
La puesta en escena del mensaje, con paneos de las escalinatas y el despacho de la Casa Rosada, así como el impostado tono intimista del Presidente, completaron lo que podría definirse como un cortometraje del género fantástico, en especial porque apenas una semana antes de la grabación esas coincidencias estratégicas que pregona el albertismo se dieron de bruces contra el muro de un Parlamento que rechazó el presupuesto 2022 por irreal.
Alberto busca lo imposible. Intenta seducir a los que reman en la melaza de un estancamiento crónico. Quiere reconquistar a los desencantados en el mar de desilusión que él mismo provocó. Sin asumir que todos ellos dejaron de creerle hace tiempo. 
Y que se entienda: ese “todos ellos” somos nosotros, nuestros padres, hermanos, hijos y vecinos. Un vasto conglomerado social en el que se apilan los desocupados, los trabajadores que no llegan a fin de mes, los emprendedores que no pueden acceder al crédito, los jóvenes profesionales que emigran, las familias que alquilan sin chances de techo propio y las que ni siquiera pueden alquilar, hacinadas en la casa de padres y suegros, con la amarga sensación involutiva de haber tenido que volver a la pieza de solteros.
Después de las fotos del cumpleaños de Fabiola Yáñez ya nada fue igual para Alberto Fernández, quien perdió a partir de aquella fiesta celebrada en plena cuarentena el argumento justificante no sólo del encierro obligatorio, sino de las penurias infligidas a un pueblo que lo había votado para salir de la espiral descendente en que la gestión anterior sumió al país desde el momento en que decidió volver al Fondo Monetario sin controlar la fuga de capitales.
Esos desengañados, que por estos días se acercan al 70 por ciento de la sociedad políticamente activa, ven al presidente por televisión como se mira un capítulo de “Pasión de Gavilanes”, con la certeza de un final anunciado, con el aburrimiento soporífero del que sabe lo que viene en una película repetida a la que abreva con la sola finalidad de burlarse del galán apergaminado, quedado en el tiempo, reducido al ridículo.
¿Entonces? Si la administración de Cambiemos falló en la economía después de asegurar que domar la inflación era soplar y hacer botellas, si la gestión del dueto Alberto-Cristina se autodestruye por internismos tan previsibles como desopilantes, ¿qué queda para elegir? Es difícil de clasificar, pero algo hay entre los extremos del liberalismo recargado de Milei, Espert y sus cófrades, y la izquierda clásica de Del Caño, Bregman y el inoxidable Zamora.
Eso que hay se expresa como el resurgimiento de pensamientos actuales y de vanguardia, pero entroncados en los valores fundacionales de la polis griega y en todo lo bueno que vino después, hasta alcanzar los estándares de participación masiva que caracteriza a la democracia moderna, sobre el principio de autodeterminación de los pueblos.
Eso que hay, y que por suerte se empieza a palpar como alternativa, es una idea en construcción que toma lo mejor de las experiencias regionales o provinciales para ser aplicado en la esfera nacional con los criterios que han demostrado las fortalezas de la prudencia administrativa, el ordenamiento fiscal y el sentido social de gobiernos locales que tomaron medidas preventivas sin caer en la desesperación de cerrarlo todo en medio de la hecatombe viral.
Vamos a los ejemplos: el reverdecer generacional del radicalismo, que instala en la escena nacional referentes exitosos como el gobernador correntino Gustavo Valdés; la vigencia de espacios afines como el desarrollismo, que vuelve por sus fueros de la mano de Rogelio Frigerio en Entre Ríos; el regreso a las huestes legislativas de Emilio Monzó y Florencio Randazzo, dos peronistas críticos que eligieron caminos diferentes sin perder identidad de origen.
Todo laberinto tiene salida. Aunque sea por arriba. El punto es no caer en la trampa de los extremos, detonantes de la fractura social que en la Argentina profundizó posiciones irreconciliables hasta producir ese fenómeno refractario llamado grieta. Un conflicto insufrible que divide familias, enfría amistades y aleja oportunidades de diálogo mientras se retroalimenta en la fábrica de memes que con frases ramplonas convence a las masas desde las redes sociales.
Según esas erráticas teorías de la pseudofilosofía 2.0, vivimos en un mundo binario de buenos y malos, sin matices ni claroscuros. Nada más equivocado en este universo de diversidades que es la dimensión humana de la existencia. Lo bueno es que se puede conjurar tal deficiencia con la simpleza que el mismo Sabina propone en su Chica Almodóvar, cuando insta a “no permitir que te coman el coco”.
La herramienta es la legitimidad inobjetable que confiere el voto popular. Del pronunciamiento de las urnas emerge la autoridad para conducir una transformación idiosincrática que debería abarcar, incluso, a los más fundamentalistas del agnosticismo político. 
Un proceso de cambio que puede darse si, y solo si, la oposición asume la responsabilidad de la hora.

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