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La vacilante dinámica de la economía doméstica

El país se ha acostumbrado a improvisar y a tomar decisiones espasmódicas casi siempre derivadas de las eventuales necesidades de financiamiento estatal, cuando no de los caprichos de los gobernantes de turno.
 

Lunes, 27 de diciembre de 2021 a las 01:01

Por Alberto Medina Méndez
[email protected]
@amedinamendez

Esta no es una percepción subjetiva y meramente circunstancial. Es lo que emerge sin disimulo de la repetida historia de una sociedad que cíclicamente repite los mismos errores y se resiste siquiera a reconocerlos, como para intentar evitarlos en el futuro.
Cualquier aventurero que intenta lanzarse al ruedo con un emprendimiento debe estar constantemente pendiente de las cambiantes normativas que sus gobernantes de tanto en tanto le imponen sin consultarlos.
Todas las jurisdicciones, desde la nacional a la municipal, pasando por la provincial pueden sorprenderlo en algún instante con una sorpresa que, en la mayoría de las ocasiones, perjudicarán la marcha del proyecto. Lo habitual es que quien opta por estar en el mundo empresarial tendría que estar exclusivamente concentrado en observar el mercado, estudiar a los competidores, mejorar sus productos y servicios para satisfacer del mejor modo a sus clientes apostando por la sustentabilidad de ese sueño. Sin embargo, buena parte de su tiempo y su talento debe estar dedicado, lamentablemente, primero a entender la infernal burocracia imperante para luego evaluar cómo adaptarse activamente a ella con enorme habilidad, evitando que la misma lo destruya.
Una vez comprendido este proceso debe utilizar una inteligencia superlativa para organizar sus finanzas de modo tal que los escollos pergeñados por los perversos funcionarios no lo perjudiquen lo suficiente como para derribarlo y sacarlo de eje en unos pocos meses.
Los embates estatales contra el sector privado siempre están vinculados a la impericia crónica de la política para lograr sobrevivir con lo disponible. Esa incapacidad endémica para administrar hábilmente un presupuesto, invariablemente culmina en la generación de nuevos tributos o en incrementos de las alícuotas a los ya vigentes.
Ellos van por más en todo momento y su voracidad no tiene freno. Solo necesitan recaudar más y para eso son inmensamente creativos. Saben perfectamente lo que precisan y por eso apelan a la imaginación para ver por dónde pueden colar un impuesto novedoso que los ayude a despilfarrar.
Claro que no se trata solamente de inventar una coercitiva medida para que el gobierno recolecte más dinero a expensas de la gente, sino de la narrativa que debe configurarse para que sea aceptada por la comunidad. Para que el relato sea suficientemente verosímil y cuente con la anuencia de los votantes, los que tienen que estar obligados a aportar compulsivamente deben ser unos pocos, preferentemente ricos o de clases acomodadas.
Idealmente, completan el cuadro de situación una inmensa cantidad de beneficiarios que obviamente deben ser personas necesitadas, mejor aun si tienen carencias ilimitadas. Es que hay que justificar el método utilizado. Nadie dirá que en realidad el origen de esto se explica en el crecimiento del gasto político, de los ejércitos de militantes que hay que sostener y de la necesidad de disponer de sumas astronómicas para “hacer política”, repartiendo discrecionalmente y otorgando dádivas “a piacere”. En ese contexto, llevar adelante un negocio en estas latitudes es realmente un desafío extraordinario, no sólo por la elevada presión tributaria, por la inagotable complejidad de las regulaciones sino también por un aspecto que subyace y que se constituye en una amenaza permanente mucho peor. A la incertidumbre natural, esa que hace que todo lo que pueda suceder sea absolutamente impredecible, se agrega esta cuestión folklórica de innegable sesgo local que tiene que ver con una tendencia enfermiza a complicarlo todo y a hacerlo de una manera tan abrupta. El problema de esas reglas de juego es lo que inexorablemente producen. Los que están en el baile tratan de continuar a toda costa, aunque algunas veces, frente a una oportunidad particular, un día, terminan desistiendo. Lo hacen con cierta tozudez, insistiendo en concretar sus anhelos, a sabiendas de que una casta de parásitos está tratando de esquilmarlos todo el tiempo. Deben lidiar con el mercado, pero antes tendrán que sortear las barreras que “servidores públicos” le han instalado en el camino.
Los que están afuera no tienen suficientes incentivos para ingresar al sistema. Quieren progresar, pero el sendero más sensato, ese que invita a invertir esfuerzo y capital para construir algo propio, parece poco estimulante. Alimentar a los depredadores no debería ser parte de ese reto que entusiasma. Los gobiernos deberían ser facilitadores, incentivar a los que invierten, a los que quieren prosperar. Después de todo, solo ellos pueden generar trabajo genuino, riqueza y lograr un desarrollo de largo plazo. El Estado puede gastar con una eficiencia muy discutible lo que otros previamente producen. Es hora de entender que esta concepción de la economía, centrada en las necesidades del Estado, esa visión que recita que prioriza lo colectivo por sobre lo individual, sólo para sacarle provecho electoral a cada movimiento, es destructiva y expulsa a los inversores, a los propios y a los extraños.
Con esa mirada, nada bueno sucederá. Algunos tercos persistirán, los más incautos tropezarán pronto y los brillantes serán exitosos a pesar de todo, pero solo porque son los mejores. En una nación desarrollada serían multimillonarios y aquí, con algo de suerte, lograrán estar en un buen lugar.

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