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La tumba vacía de Alberdi en París

En el cementerio de Père Lachaise en la capital francesa, descansan los restos de destacados políticos, literatos y escritores, pero allí se da el curioso caso de que hay una tumba que está vacía, sin ningún ocupante, que fue comprada por amigos de Juan Bautista Alberdi, el destacado político argentino cuyos restos descansan en el cementerio de la Recoleta, a donde fue trasladado desde París.
Ausencia. El monumento funerario que recuerda a Alberdi. Está vacío.
Recuerdo. La tumba del escritor Marcel Proust, enterrado junto a su padre y su hermano.

Por Francisco Villagrán

villagranmail@gmail.com

Especial para El Litoral

En el cementerio de Père Lachaise en París, uno de los más grandes de la capital francesa, que alberga unos 800.000 muertos, hay muchas figuras populares que duermen allí su sueño eterno. Buceando un poco en los orígenes de esta necrópolis, encontramos que las autoridades francesas nunca se habían planteado en serio qué hacer con sus muertos: los cuerpos se enterraban en distintos lugares de la ciudad y ya para el siglo XVIII París tenía unos doscientos cementerios de distintos tamaños. El más conocido y poblado era el de los Inocentes, ubicado en pleno centro. Esa necrópolis fue cerrada en la segunda mitad del siglo XVIII, cuando se descubrió que además del mal olor que despedía, transmitía muchas enfermedades infecciosas. También eran comunes las numerosas historias de fantasmas y aparecidos que deambulaban por sus centenarios pasillos y añejas tumbas.

Un siglo antes, en tiempos de Napoleón Bonaparte, la ciudad de París había comprado un terreno sobre una colina en una zona de viñedos. El terreno quedó en manos de los jesuitas, que eran guiados por el poderoso padre Lachaise, confesor oficial del célebre rey Luis XIV, monarca recordado por su absolutismo, por la hambruna en que sumió a su pueblo y también por sus numerosas amantes. Eso hace que se recuerde al cura que da nombre al cementerio más grande de Francia, como a un confesor que perdonaba mucho. En ese terreno se construyó el primer gran cementerio laico de París, algo que se extendería a otros con la Revolución Francesa. La nueva necrópolis permitió a todas las familias que pudieran costearlo, la construcción de monumentos para sus muertos, o panteones, algo que hasta ese entonces solo era accesible para nobles y grandes personajes. Construido como un jardín inglés, rodeado de esculturas funerarias magníficas, el cementerio se transformó en un lugar de paseo, como también en un gran negocio.

La visión comercial

En un principio, para muchos parisinos la distancia a la que estaba del centro lo hacía poco atractivo: pasar la eternidad fuera de la Ciudad Luz rozaba la deshonra. Fue entonces que un funcionario pensó que el lugar precisaba glamour y que para eso necesitaba nombres de muertos ilustres. El paso siguiente fue trasladar celebridades que estaban enterradas en otros cementerios. En 1817 los restos de los escritores Molière y La Fontaine, a quienes colocaron juntos, se mudaron a este cementerio. Desde entonces sumaron personalidades y la elite francesa supo que ese era su lugar definitivo para el descanso eterno. Un aviso del cementerio proponía: “Descanse cerca de Frédéric Chopin o Molière por solo 2.340 euros y con una concesión de 30 años”. Más ofertas para las parcelas eternas se consiguen desde 10.000 euros. Marcel Proust, uno de los grandes escritores franceses, descansa allí. Cerquita de su tumba está la del escritor Honoré de Balzac, que en sus novelas usaba el cementerio Père Lachaise como escenario de crímenes y aventuras de terror. Curiosamente fue enterrado allí en 1850 y su amigo Víctor Hugo dio el discurso para despedirlo, pero él no está allí, sus restos descansan en El Panteón, en el barrio Latino de París.

Otras destacadas figuras cuyos restos reposan allí son, por ejemplo, el irlandés Oscar Wilde, el escritor Guillaume Apollinaire, los artistas plásticos Eugene  Delacroix, Amadeo Modigliani y Camille Pizarro. Más allá, un poco escondida, está la tumba de la famosa cantante Edith Piaf (el Gorrión de París), a quien en 1963 acompañó un cortejo fúnebre de unas 40 mil personas, antes de ser enterrada bajo la misma lápida de su marido y su hija, que falleció cuando era chica.

El trazado de las calles empedradas y las hileras de árboles de diversas especies engañan, a tal punto que el Père Lachaise se convierte en un enorme laberinto en el que es fácil perderse. Por eso, contar con un guía experimentado es muy necesario.

La tumba de Alberdi

Enclavado entre cientos de tumbas y placas recordatorias, hay un monumento que llama la atención de quienes conocen su historia. Es el que homenajea a un hombre cuyos restos no están allí, sino en Buenos Aires. Es una tumba vacía. 

Un hecho rarísimo en un gran cementerio que cuenta con 70.000 monumentos. Sus ornamentos y construcción hablan de una familia acaudalada. Se trata del busto mortuorio del cerebro de la Constitución Nacional Argentina, del hombre que dijo que el problema de nuestro país era su extensión y que, para resolver eso, había que fomentar la inmigración europea. Es la tumba de Juan Bautista Alberdi, que estuvo allí desde que murió en 1884 hasta que sus restos fueron repatriados a La Recoleta, cinco años después. Es un símbolo que representó a París para las elites que estuvieron detrás de la construcción del Estado nacional argentino. Un grupo de amigos y allegados compraron una tumba parisina para el descanso eterno del destacado político argentino, pero él reposa actualmente en La Recoleta, adonde fue traído después por decisión del gobierno argentino.

Durante el siglo XIX, en tiempos en que no había libertad de reunión, el cementerio parisino de Père Lachaise fue lugar de referencia de contestación del poder, gracias a los entierros y conmemoraciones.

Escenario de muchas historias urbanas contadas reiteradamente por la gente, el Père Lachaise no podía escapar a las habituales historias de fantasmas y aparecidos, que, según muchos testimonios dignos de crédito, recorren habitualmente este enorme predio lleno de tumbas. A las 18, como todos los días, el cementerio cierra sus puertas. Y como muchos dicen, los vivos salen y los muertos quedan, aunque sea por unas horas, solos totalmente, aunque algunos creen que no es tan así la cosa. Se podría imaginar una tertulia entre Balzac, Proust, Wilde y Piaf, entre otros muertos ilustres. Pero, después de soportar el trajín de unas diez mil personas que los visitan cada día, cuando el silencio total es lo único que reina, los muertos aprovechan esta paz para descansar…

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