Por Leticia Oraisón de Turpín
Especial para El Litoral
Apenas pasó la fiesta máxima de los correntinos, el 3 de mayo, aniversario consagrado como fundacional: presidido y arropado por la insigne Cruz de los Milagros, símbolo de nuestra fe comunitaria.
Ciertamente que la fundación de Corrientes se inscribe el 3 de abril de 1588, pero en razón de que siempre cae en Cuaresma o en Semana Santa, motivo del traslado del festejo al 3 de mayo, día que litúrgicamente figura como de Fiesta de la Cruz en el calendario de la Iglesia católica.
Y supongo que no fue casual, dado que al fundar la ciudad y como era costumbre por esa época, se clavó una cruz al pisar la tierra elegida por los conquistadores españoles para afincarse en ella.
Y precisamente como tradicionalmente se conoce, poco después de ser implantada, los locales intentaron quemarla y el madero de urunday resistió sin incendiarse. Hecho que es recordado como “el milagro de la cruz” y asociado para siempre a la fundación de la Ciudad de San Juan de Vera de las Siete Corrientes.
Por eso, cada 3 de mayo, Corrientes (con nombre ya abreviado) se viste de fiesta y consagra el día a recordar el milagro, reconociendo que los medios humanos son siempre insuficientes si no contamos con Jesús, su poder y misericordia, dispuesto para los hombres que recurran a Él.
El nacimiento de nuestra ciudad está asociado indisolublemente a ese hecho, que es venerado fervientemente con manifestaciones multitudinarias (procesión, misa y cánticos religiosos), visibilizando públicamente regocijo y alegría desbordante.
Notablemente y como un hecho coincidente, quiero señalar que también en Tenerife (Islas Canarias, España) se festeja el 3 de mayo la fundación de la ciudad, asociada a la cruz que fue clavada por Alonso Fernández Lugo en 1494 al desembarcar en esas costas. Cruz fundacional que se mantuvo intacta por más de cuatro siglos en el lugar originalmente emplazada, hasta su traslado y resguardo recién en el siglo XIX.
El signo de la cruz nos marca siempre cuando espontáneamente ante cualquier suceso que nos conmueve o sobresalta, rápidamente movemos la mano, arriba, abajo, a la izquierda y a la derecha de nuestro hombro, marcando una cruz imaginaria, repitiendo con el pensamiento o la palabra “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Tan simple y tan sentido, tan repetido y tan sagrado.
Nuestro signo, nuestro resguardo querido y respetado porque nos marca como cristianos confiados en la protección de la santísima Trinidad.
Para el no creyente, no significa nada, pero para nosotros significa todo, porque con ese gesto nos encomendamos, nos protegemos y nos aseguramos la confianza, la esperanza y la paz que solo Dios puede dar.
Lo cierto es que el correntino junto a la cruz siempre sitúa a la Virgen de Itatí y marcha firme y seguro por la vida, ofreciendo su trabajo, alegrías o aflicciones a esa devoción, sabiendo que todo pasará y hallará en el momento preciso el consuelo que necesita.
Así fue el milagro de la cruz, se hizo presente en el instante y en el lugar indicado, solo con no arder el madero marcó la diferencia de creer o no creer en Dios.
El milagro estuvo presente, se hizo realidad, de cada uno depende dar fe o no dar fe de él, es parte de la libertad del hombre y de lo que esta entraña.