En 1944, estudiantes universitarios se enfrentaron en las calles con activistas sindicales, oponiéndose a la participación de los gremios en la gestión de las universidades y allí utilizaron por primera vez el cántico “alpargatas sí, libros no” que luego se atribuyó a Eva y Juan Domingo Perón para identificar al peronismo.
Pues bien, ahora ha llegado el tiempo de reivindicar a la alpargata, pues, con la perspectiva del tiempo, fue símbolo del trabajo y el esfuerzo personal. Ese sencillo calzado, de origen vasco, se introdujo en la Argentina con la inmigración luego de la Organización Nacional. Durante los 300 años que corrieron desde la fundación de Buenos Aires y hasta entonces, la pampa húmeda no estaba cultivada y tan pronto el viajero salía de la ciudad, se encontraba con pajonales, colas de zorro y espesos cardos, más altos que los jinetes.
En el ámbito urbano, los pobladores usaban calzado rústico, fabricado por alguno de los 72 zapateros registrados en Buenos Aires (1744). En el campo, por el contrario, el gaucho caminaba poco y montaba con botas de potro. Ni unos ni otros labraban la tierra; apenas se producía un mínimo de grano, destinado a atahoneros y panaderos. En 1850 eran solamente las hectáreas sembradas.
La alpargata evoca al agricultor que, por primera vez, puso en valor la fertilidad del suelo argentino, caminando detrás de un arado de mancera y luego, en rudimentario tractor a vapor, hasta convertir la Argentina en “granero del mundo”. La cultura del trabajo y el sacrificio junto con la educación dieron lugar a una clase media única en América Latina, que, más allá del campo, fundó las primeras industrias y desarrolló el comercio en ciudades, colonias y pueblos del interior, alentada por el sistema de valores implícito en la Constitución de 1853: el esfuerzo, el mérito, el talento y el éxito. Correlato del derecho de propiedad, las libertades individuales y la división de poderes, para garantizar aquel y aquellas.
Con el tiempo, la producción rural se hizo mucho más compleja, con grandes inversiones de capital en tractores, acoplados, sembradoras, pulverizadoras y cosechadoras que operan contratistas especializados; aplicando biotecnología, drones y tecnologías satelitales. Al punto que todas las distorsiones posteriores de la Argentina autárquica, estatista y dispendiosa, fueron posibles debido a la competitividad del sector rural, impulsada por aquella alpargata primigenia.
En 1943 la economía comenzó a politizarse, pasando de confiar en los mercados, a las rentas reguladas. El sistema corporativista, generó nuevos incentivos y nuevos ricos: la lealtad, la subordinación, la disciplina y la afiliación política. Y 30 años más tarde, en un giro de 180 grados, viró a los borceguíes y las barbas de Sierra Maestra. Con el nombre de “socialismo nacional”, la doctrina justicialista se contaminó de Antonio Gramsci (1891-1937) y la lucha cultural por la hegemonía marxista continúa hasta ahora, como útil manto discursivo para subordinar a los más débiles y tapar la corrupción.
El esfuerzo, el mérito, el talento y el éxito serían armas culturales de lucha entre desiguales y deben ser desplazados por una nueva hegemonía. Así lo dijo Alberto Fernández: “Lo que hace evolucionar o crecer no es el mérito, como nos han hecho creer en los últimos años”.
En el ámbito educativo, se eliminaron las calificaciones, las sanciones y los aplazos. Los docentes no son evaluados y solo pueden mejorar sus ingresos por antigüedad y ascenso jerárquico, no por mérito. Las jubilaciones se otorgan a quienes aportaron y también a quienes no lo hicieron. El garantismo judicial enseña que el delincuente es víctima social de un capitalismo explotador y no infractor del orden jurídico democrático. Para los amigos del poder, las penas son sustituidas por pagos en dinero, cursos de oratoria o de jardinería. El ingreso a la administración pública, en lugar de ser por concursos públicos indiscutidos, se logra con contratos discrecionales, transformados luego en planta permanente para retribuir a militantes y familiares.
La Argentina podría salir de su actual crisis si recuperase los valores que la alpargata simboliza. Mientras continúe financiando marchas y piquetes con recursos del Estado, sin proponer un programa serio de estabilización y crecimiento para eliminar la pobreza, el país quedará descalzo, sin pan y sin trabajo.