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Nada queda de ayer

Cuando entramos en razón, los argentinos, lo hacemos al borde del precipicio. Ser tibios a estas alturas, es un suicidio colectivo. Alguna vez, debemos jugarnos.
 

Domingo, 05 de noviembre de 2023 a las 00:00

No es tan solo el transcurrir de las horas. Sino la suma que hace un día, y cuyo total promueve un tiempo en que las ideas tenían un norte. Hasta que todo se desplomó porque las fuerzas en disputa saltearon fichas.
Creando nuevos frentes, cada cual con sus posiciones irreconciliables, alterando una costumbre que los distinguía, porque la desconfianza mina de dudas tan alterado campo de batalla.
Así, nada queda ayer. Todo fue. Ahora es el todo que busca su verdad y la idealización persistiendo porque ello no debilite posiciones tomadas, ni esfuerzos por rearmarse.
La onda expansiva que viene después de la explosión hizo perder verticalidad a todo lo que se aferra de pie. Saltando para arriba, rompiendo el equilibrio, cambiando la naturaleza de las cosas.
Porque la política metió la cola, porque si es más de lo mismo poco y nada vale. Porque en las condiciones de decadencia que está el país, no se puede ser tibios, ni prescindentes, ni mucho menos neutrales, si se quiere romper una trazabilidad proveniente de los mismos, como si fuera o alentara una reelección indefinida.
La madre de todos los males, lo tiene el ciudadano que actúa siempre como ellos, con una descarada hipocresía, haciendo caso omiso a la desatada corrupción que hoy aplaudimos todos, como si fuera una real virtud. Haciendo de la plata del Estado, ayudas desmedidas con tufillo a “soborno asistencial.”
Vergüenza debería darnos, al comprobar que el componente determinante es justamente la corrupción crecida e imparable. Un ejemplo de esos políticos que lo adoptan como una religión, el triunfador en la Intendencia que hasta hace muy poco lo ostentaba Martín Insaurralde, en Lomas de Zamora.


No hay tiempo. Hoy, es mañana. Si Dios así lo permite y la ética nos cura de la “malaria”, de los curros, del espanto de comprobar que nosotros somos los culpables, de vivar, de aplaudir, de erigir falsos salvadores.

Su delfín, Federico Ortemín, la ganó  con 49,83% de los votos, no obstante el affaire en el yate “El bandido”, los viajes repetidos al exterior como si tomáramos el colectivo 60 a la Boca, y todas las dudas a partir de allí.
Dice aunque duela, su hijo Nicolás, en el prólogo del libro escrito por el filósofo, Miguel Wiñazki, su padre, “Crítica de la razón populista. La mentira como espectáculo”:
“Populismo” es uno de los eufemismos del término “corrupción”. Y es también la atenuación de las instituciones ahogadas bajo el dominio de una persona que gobierna con el sesgo patrimonialista de quien afirma: “El estado soy yo”.
Hay corrupción cruzada, de todos lados casi ya naturalizado, que sin embargo la gente se va convenciendo que con un plan social todo se arregla, que el trabajo de pronto deja de ser una necesidad.
Eso, alarma y asusta. Romper la verdadera cadena de evolución de las personas, el estudio, el trabajo, el esfuerzo natural, suplantado por el descontrol total del desorden que el ocio desmedido y el populismo ilimitado se permiten como “cotillón” de la fiesta sin fin.
Según los registros no para glorificarnos, Argentina acusa en Planes Sociales: 3 millones, más 28 millones de parte del Estado.12 millones por prestaciones sociales. En dicho informe, expresa que en base a ello y a los resultados se deduce la triste respuesta: “Más asistencia. Más pobreza”. 
El último porcentual, asusta por su contundencia: porque confirma su crecimiento desmesurado, 51,7% de pobreza que deja sin respuesta ante tan elocuente resultado en potencial aumento.
Es más, sin respuesta, ni vergüenza, ni paros, ni marchas, porque al ser “locales” se permiten todas las “licencias” por aberrantes que fueran. 
Creo que la tibieza no puede ser, cuando vamos rumbo a decidir si es más de lo mismo o torcemos el rumbo. Se trata de supervivencia de un país que fue orgullo de Latinoamérica y el mundo. Y, que ahora no se ha logrado parecérsele, tan solo el país que no hemos podido repetirlo.
Alguna vez leí en el Evangelio, que no hay nada más maravilloso que la familia sentada a la mesa, donde todos se aprestan a comer el producto del trabajo de los padres, gracias al sudor y el esfuerzo sin mancillar la dignidad ni tirar por tierra los valores aprendidos.
Existen principios que nunca deberían cambiar, porque son rectores, marcan el camino que las personas deben caminar la vida. Es fácil apuntalar una elección con “operativos platita”, cuando el dinero es plata del estado, no de ellos, es también una discriminación en el manejo monetario con respecto a sus oponentes en idéntica carrera, pero sin privilegiadas ventajas.
La inflación ha crecido, no pueden desdecirse, ellos gobiernan. Una muestra de que caminamos sobre el filo de una gillette, la falta de combustibles, insumos en medicina y en todos los órdenes, como así en las tareas productivas que otrora movían orgullosamente el país, no escapan al desconocimiento.
Por el contrario se potencia con el hambre y la vergonzosa pobreza que, habilita robos por doquier de objetos varios: celulares, canillas de bronce, placas recordatorias del cementerio, cables de cobre y todo lo que se les ocurra con desenlaces imprevisibles donde finalmente aguarda agazapada la muerte.
El corolario es de tristeza como lo marca precisa y enfáticamente la prensa extranjera: “Argentina, el país que premia a sus ladrones.”
Estamos en un mañana que puede o no ser el renacer, ya que “Nada Queda de Ayer”; todo cambió. Es volver a empezar pero sin vicios, ni trampas, ni la viveza de siempre. No hay más tiempo. Hoy, es mañana. Si Dios así lo permite y la ética nos cura de la “malaria”, de los curros, del espanto de comprobar que nosotros somos los culpables, de vivar, de aplaudir, de erigir a falsos salvadores.

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