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Un país mejor

Reivindicar esos pedacitos de mesura, es tener conciencia de cuán ansiosos y cambiantes somos. Por eso nuestra historia está plagada de imponderables.
 

Sabado, 16 de diciembre de 2023 a las 18:57

Cuando se es chico, la política resbala dando paso a la infancia que no se pierde ningún detalle de los otros entretenimientos de la vida. Que son los más importantes por dar cuenta del acontecer de la naturaleza, por ende de la vida. Como lo son las fotografías que nuestras jóvenes retinas se dieron el gusto de registrarlas.
Recuerdo, felizmente como un eco vago el carnaval político que como siempre conformaba, intrigas, hasta diría suspenso, por un sistema que los mayores criticaban, y que por suerte subsistían como un telón de fondo 
Todo crítico era “contrera”, “enemigo,” de las medidas impuestas por el estado soberbio, autoritario. Por suerte no nos sumábamos, porque la niñez nos salvaba de ese cotillón creado por Raúl Apold, por entonces, Subsecretario de Información y Prensa, que, la periodista Silvia Mercado lo marca exactamente en su libro como “El inventor del Peronismo. Raúl Apold, el cerebro oculto que cambió la política argentina.”
Lo que ya se sabía pues era vox populi; fue el de la idea de poner etiquetas en los pandulces y sidras de fin de año, con la foto del matrimonio gobernante en triste acción demagógica, que no obstante, los más aplaudían o lo ignoraban saludablemente.
Siguiendo el comportamiento argentino de callar lo injusto, como cuando debíamos izar la bandera cada mañana en la escuela, con el marco de “Aurora”, la canción patria perteneciente a la ópera argentina del mismo nombre, extraída del aria “Alta en el cielo”, cuya autoría pertenece a Héctor Panizza, y obligatoriamente se nos ordenaba la lectura bochornosa de “La razón de mi vida” de Evita como ejemplo a seguir, en vez de Sarmiento, San Martín, o Belgrano.
Por suerte la niñez capta de primera mano la demagogia de los mayores, por eso se aboca a lo suyo, por descubrir un mundo en ciernes ante la pubertad vulnerable. Con otras verdades más valederas, como el respeto, la educación, la disciplina forjadora de la libertad de elección, donde cada cual tiene la palabra, y  una mirada que debe ser respetada por diferente que fuera, lo que da lugar a la libre expresión.
El entretenimiento enriquecedor del juego, la asociación con el amigo, descubriendo que la alegría une, no hace diferencias, forja puentes, no tiene precio en la formación de los futuros ciudadanos. La diversión inteligente que permite discernir, y transformarnos en disuasión de armonía, que la sabiduría  madurando nos va demostrando que la saludable visión y el sentido común son capaces de construir lo que el hombre en su lucha por el poder absoluto no es capaz de hacerlo.
La diversión a mano eran las revistas de historietas que abundaban a montones, y hacían explotar los kioscos con los títulos más diversos. Para todos los gustos y la suma de editoriales aportando historias y personajes inolvidables. 
La Radio, convertida en una alfombra mágica que no se cansaba ir de un lado para el otro, con los ídolos de miles de aventuras como “pasajeros,” animando las tardes entre la merienda y los deberes para mañana.

…cuán felices hemos sido ajenos al mundanal ruido. Como verdaderos “Mosqueteros”: “Todos para uno. Y uno para todos..!”

El cine, el espectáculo mayor, los juegos en la vereda, las figuritas, el rango y mida,  retretas en las plazas, la escondida, los desfiles militares, el “fulbito en el campito” haciendo realidad aquello de: “Ganamos, perdimos, pero igual nos divertimos..!” Porque por encima de todo, estaba la gallardía de saber ganar, y mucho más aún: saber perder, con amigos del alma, hermanos de la vida.
Un poquito más grandes, conformamos la mítica “Familia Miranda”. Esa que pasaban a integrar nuestra “gira”, cuando los fines de semana, sin un mango en el bolsillo recientemente obtenido los pantalones largos, mirábamos a los artistas, desde afuera, sin gastar una sola moneda porque no las teníamos.
En esos intervalos paralelos a nuestro desarrollo, el Gobierno de turno producía para bien o para mal, por suerte el uso de razón nos empezaba hacer ver lo malo de los sistemas gubernamentales, que los tuvimos de todo.
Con un gran remezón en los últimos años, que no se compara con los peores que alternaron con los buenos. Pero con la habilidad de aprovecharse de nosotros mismos, no obstante ser nosotros mismos el propio estado. Todos.
Es decir, vale la pena el rescate de las palabras del Presidente de El Salvador Bukele, que se permitió expresarlo por cadena nacional, ante el propio elenco de su gobierno, sin pelos en la lengua: Que no le gustaría ser recordado como ladrón,  si bien no se robó nada, pero tal vez algunos de su Gobierno lo hicieran, como Presidente del país quedaría involucrado. Antes que eso ocurra, no le templaría el pulso para mandarlos presos.
Los hechos son recordatorios que valen la pena tenerlos en cuenta, un Gobierno es la voluntad delegada del pueblo, mandante soberano.
Uno hace balance al cabo de una vida, y lo malo que aconteció, se filtró, enmarañando como la hiedra ahogando lo bueno. Pero son lecciones que no deben olvidarse, más aún si las vivió en carne propia.
Por ejemplo, fuimos felices de niños oteando el firmamento sentados en un murito, gastando las retinas en el azul profundo del cielo, intenso, con millones de estrellas, tratando de escudriñar el paso del primer satélite hecho por el hombre. Pues, en la carrera de la conquista espacial entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, esta última se salió con la suya, lanzando el “Sputnik” 1°, y luego el “Sputnik” 2, con la perrita Laika a bordo, circunvolando la tierra.
Cabe acotar que “Sputnik” en ruso significa “Compañero de viaje”, y los lanzamientos fueron a partir del 4 de octubre de 1957, desde el Cosmódromo de Baikonur en Tyuratam, Unión Soviética.
Decía la prensa, que en noches calmas, sería posible divisarlo a simple vista, orbitando. Y, una noche, en nuestra larga espera, se lo vio brillante, toda luz, cruzando la bóveda celeste, al Sputnik 1°; diciéndonos que el mundo era pequeño y que el espacio comenzaba abrirse repleto de conocimientos.
Comprendimos que la vida es más importante que las simples promesas de los hombres, que nunca han cambiado de rumbo. Que el hombre es importante, primero como persona, luego como permanente experiencia evolutiva de esperanza y paz. En su verdadero rol de humanista, racional y verdadero. 
Esos felices momentos registrados cuando la lectura en Argentina era un deporte nacional, constituyeron espacios intermedios que por suerte oxigenaban las pésimas  gestiones. Tratando de compensar los malos gobiernos. Pero lo único válido que uno obtiene con la mirada alejada del poder, es que bien vale la pena vivir en armonía con las personas, “tripulantes” involuntarios de un mundo cada vez más enloquecido por el interés material, olvidando cuán felices hemos sido ajenos del mundanal ruido. Como verdaderos “Mosqueteros”: “Todos para uno, y uno para todos..!”

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