Con las elecciones internas entre el radicalismo y Pro pampeanos, realizadas hace una semana, comenzó de hecho el año electoral. Pocos, poquísimos, entre los 35 millones de argentinos empadronados, o entre los cerca de 28 millones que se calcula que irán definitivamente a votar en los comicios nacionales del último trimestre de 2023, parecieron haberse interesado por ese fenómeno. Apenas sacudió el interés local de los afiliados a un partido centenario y el de votantes de Pro.
Puede aducirse que ese domingo hubo excesivo calor, gente de vacaciones o lo que fuere, pero la abstención mayúscula constituyó la primera manifestación del año de la indiferencia ciudadana por la política, por discusiones que le resultan inhumanamente aburridas y distantes. Tal vez cuando el proceso electoral entre en la faz crucial de decidir por el nuevo binomio gobernante se vuelva a la participación cercana al 80% de los empadronados en contiendas excepcionales. Por ahora, el interés popular se centra en cuestiones más apremiantes que afectan la vida cotidiana.
Sin agotar la pormenorización de un calendario electoral que, si hubiera ballottage en la elección presidencial, se prolongará hasta el domingo 19 de noviembre, habrá una idea de lo que hay por delante con decir que en marzo se realizarán elecciones municipales en Río Negro y Córdoba. En abril, elecciones de gobernador en Neuquén y Río Negro; en mayo, también para gobernador en Jujuy, La Rioja y Misiones y, una semana después, otro tanto en La Pampa, Salta, San Juan, Tucumán y Tierra del Fuego. San Luis elegirá gobernador en junio, y en septiembre, lo harán Chaco, Mendoza y Entre Ríos. Tal dispersión comicial es obra de gobiernos provinciales y refleja, en general, la preocupación de estos por evitar que los arrastren los resultados de las elecciones nacionales, cuyas fechas están regidas por un calendario común para todo el país. El 14 de junio, por ejemplo, vencerá el plazo para la presentación de alianzas transitorias y, diez días después, el de listas para las Paso, que se realizarán el 13 de agosto.
Con tantas fechas prácticamente encima, no hay aún un solo liderazgo consumado para el desempeño en las urnas, a pesar de que la política atraviesa un momento de notable personalización. Tanto en la Argentina como en el resto del mundo se percibe una merma importante en la influencia orgánica de los partidos. Solo sobresale en las encuestas, aunque ceñida a votantes del oficialismo, la figura de la vicepresidenta Cristina Kirchner, con olvido deliberado del anuncio de que renunciaba a ser candidata. No pesa sobre ella ninguna proscripción o impedimento legal.
La amarga sensación ciudadana por el actual estado de cosas se explica también por una multiplicidad de causas a la que no es ajena la primera línea de Juntos por el Cambio. Fue incapaz de lanzar una sola fórmula presidencial en medio de reyertas sin fin y una proliferación de candidaturas que crece, en lugar de disminuir, con el correr de los días.
La oposición debe interpretar por dónde pasan las verdaderas urgencias del país y sus ciudadanos, sin caer en lo mismo que critica. Es atendible que el expresidente Mauricio Macri se haya reservado, por gravitación de su experiencia, el papel de consejero sobre las ideas y el perfil programático con el cual Pro se someterá a la consideración ciudadana. Pero Macri no puede prolongar la incertidumbre de lo que hará por más que algunos viejos seguidores erróneamente lo tienten a que vuelva a presentarse.
Hacer todo al revés de lo que ha hecho la surrealista fórmula Alberto Fernández-Cristina Kirchner puede competir en eficacia, y no en seriedad, con uno de esos spots en los que Sergio Massa emerge, con la soltura de quien anunció para abril una inflación menor al 3% mensual, denunciando por corrupción a la actual vicepresidenta. Nadie debería extrañarse si Massa, fiel a su estilo, contestara a esas imágenes de hace años con el clásico ardid de que, al fin y al cabo, el mismísimo Abraham Lincoln se oponía al sufragio de los negros y a los matrimonios mixtos.
Urge a los potenciales candidatos explicitar al país para qué y cómo quieren gobernarlo. Urge sacar a la opinión pública de su letargo y concentración por fuera de la política en temas por cierto graves y de interés inmediato, y distanciarla de un peligroso desdén por el establishment o casta política, aclarando lo suficiente, con equidad e inteligencia, a quienes poner a salvo de la vindicta pública.