Esa capacidad humana que, como el miedo, actúa en nosotros con reacciones variadas, pero que mueven, “congelan”, ya sea generando una acción inmediata o hasta quedarnos estupefactos.
Esa respuesta de sorpresa, ya sea movilizándonos o inmovilizándonos, se “fue de paseo”. Cada vez su ausencia se nota mucho más, tal vez porque las cosas han emparejado el uso de la costumbre. Se hizo común, bajamos los brazos, relajándonos, desarmando nuestra noción o detección de peligro, denotando muy poco interés, respuesta que apabulla por su marcado desinterés.
Recuerdo cómo seguíamos la revista ilustrada “Mecánica Popular” o cualquiera de ciencia, los aprestos de Estados Unidos por llevar un hombre a la luna. El interés era total, no decaía, crecía.
Lo logró en su quinto intento, más precisamente el 16 de julio con una misión histórica que duró hasta el 20 de Julio de 1969. A bordo de un poderoso cohete “Saturno V”, tres hombres que serían historia la tripularon: Neil Armstrong, Michael Collins y Buzz Aldrin. Se establecieron dos Módulos de mando: Módulo de mando “Columbia” propiamente dicho, y Módulo lunar “Eagle” (Águila).
Para entonces, aún adolescentes, todavía sorprendidos, recorríamos el díal de la radio, en busca de noticias frescas, procedentes de la BBC de Londres, la Wrul “La Voz de América”, la RAI de Italia, o bien la Radio Televisión de España, en sus emisiones internacionales.
Es lo mismo, más de entrecasa, mucho antes de 1950, cuando se corrió el Gran Premio de Turismo Carretera. “Coche a la vista” era lo más escuchado, programa deportivo llevado a cabo por los Hermanos Sojit: Boris “Mister”, Manuel “Córner” con la conducción de Luis Elías Sojit.
Los Hermanos Sojit, estuvieron a través del deporte en las más variadas radios: Splendid, Radio Rivadavia, LS8 Radio Stentor, Radio El Mundo, Radio Mitre, Radio Porteña, y Radio Colonia del Uruguay.
Recuerdo de ello, porque muy pequeño estaba caminando por la avenida 3 de Abril, pavimentada únicamente en su banda central hasta la calle Buenos Aires. De pronto detecto una gran columna de tierra que se venía hacia mí, de este a oeste. Ya que a partir de allí, la imagen era surrealista, como saliendo de una cortina gris los coches iban corporizándose, hasta tomar plena forma que los hacía plenamente indentificables. Se iban dibujando al salir de la cortina de tierra, con sus guardabarros recortados, sus números gigantes en las puertas, y el poderoso ronroneo de las máquinas; los avezados pilotos estaban dando vida al Gran Premio Nacional de Turismo Carretera, de 1950.
Eran los protagonistas que veíamos en revistas especializadas: Juan Manuel Fangio, los Hermanos Gálvez, Juan y Oscar, nuestro crédito “Chelín” Escobar, Danielito Musso, Oscar Cabalén, Benedicto Campos, Domingo “Toscanito” Marimón, Marcos Cianni, Dante Emilliozzi, Eusebio Mansilla, Frolián González, etc., quienes raudamente se dirigían al “Parque Cerrado” constituido en el Regimiento 9 de Infantería, 3 de Abril y av. Costanera.
Demás está decir que la sorpresa me enmudeció, era un paisaje solamente visto en películas, como ambientada en el desierto, ya que la tierra de la avenida 3 de Abril sumaba mayor suspenso que al pasar los coches uno a uno, eran como caídos del cielo.
De allí a descubrir las fotos que pudieran haber publicado los periodistas venidos de la Revista “Mundo Deportivo”, “El Gráfico”, era toda una ceremonia posterior y la celebración de vernos retratados si por allí teníamos la suerte de haber sido tocados por la toma.
El asombro también premió nuestra afanosa búsqueda, leíamos todo lo que llegaba a nuestras manos. Curiosos por naturaleza, y luego comentábamos con los amigos todas las informaciones “cosechadas”.
Viendo esa tierna película, Cine Paradiso, la obra maravillosa cuyo guion y dirección corresponde a Giuseppe Tornatore, con la actuación descollante de la pareja central: el actor Philippe Noiret junto a Salvatore Di Vita en su rol de “Totó”, el amigo inseparable del viejo proyectorista, con la música impecable de Ennio Morricone como banda sonora.
Me recordó cuando niños, al igual que él, coleccionábamos fotogramas de películas famosas, que nos las cedían los proyectoristas amigos de algunos cines, como una forma de atesorar toda la riqueza de escenas memorables, donde el color, el blanco y negro, sepia, el color por tecnicolor, el ferrania, conformaban una paleta de singulares tonos.
Nada nos conmueve. “Todo es igual, nada es mejor.”
También nos asombrábamos con cada película porque formaban parte de nuestras vidas, aventuras, amor, musicales, dibujos animados, de guerra, de cow-boys, etc.
A propósito, un día caminando por calle 9 de Julio, en busca de la programación del Cine Colón, antes de llegar a Mendoza, grande fue mi sorpresa al divisar que un gran pasacalle anunciaba la magia del Cinemascope con la película Helena de Troya, interpretada por Rossana Podestá con Jacques Serna y Stanley Baker. Era 1956, el cine se “jugaba” la vida en su competencia con la televisión que venía a pasos agigantados, por ello la promoción del juguete creado por el séptimo arte: era el advenimiento del Anarmorphoscope, inventado por Henri Chrétien, o sea el Cinemascope, apadrinado por la productora 20th Century Fox. Se trataba de una súper pantalla más ancha y alta, cóncava, que creaba la ilusión de meternos en las películas.
Ya hubo una anterior con el joven sistema, The robe, interpretada por Richard Burton y Víctor Mature, con la Dirección de Henry Coster, producida en el año 1953.
También para asombrarnos, de esa época es “Museo de Cera”, producida por los estudios Warner Brothers en sistema 3D para observar con lentes especiales, dirigida por André de Toth, y la actuación de Vincent Price, Frank Lovejoy, y Carolyn Jones. Cabe acotar que su costo de su producción era altísimo, amén que por la técnica empleada debían ser utilizadas dos filmadoras actuando sincronizadas en la toma de cada escena.
Hoy, ni la invasión a Ucrania presta mucho la atención, ni la inflación de un país sin rumbo, ni tantas veces que debemos votar para lograr ser el país que no supimos ser, nos amilana, ya estamos curados de espantos, nada nos perturba. Perdimos la capacidad de la sorpresa.
Nada nos conmueve. Y, eso, es lo malo porque la insensibilidad es el próximo paso que ya apreciamos en el desamor y desinterés por las cosas. “Todo es igual, nada es mejor.”