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Rescate histórico: el Ford 36 que hibernaba en un galpón

El vehículo de los sueños de alguien puede ser la feliz realidad de otra persona cuando las circunstancias de ambas se concatenan de modo tal que un acuerdo termina garantizado por la palabra empeñada. Esa es la síntesis de una historia en la que un automóvil fabricado en 1936 viajó a Corrientes para volver a la vida, como si no hubiera pasado el tiempo.

Sabado, 08 de julio de 2023 a las 04:21

Rescatar un auto antiguo del letargo que implica la hibernación de varios años constituye un riesgo que solamente los apasionados por las máquinas antediluvianas están dispuestos a enfrentar. Y cuando eso sucede, todos los que bregamos por el conservacionismo histórico celebramos tal osadía.
Es lo que sucedió hace pocos días en una pequeña localidad del sur santafesino, hasta donde una misión de rescatistas integrada por quien esto escribe llegó con el fin de transportar a Corrientes un Ford sedán 1936 muy completo pero cubierto de polvo, telarañas y otros vestigios propios del anquilosamiento que la unidad padeció en un galpón de lo que alguna vez fue una fábrica química.
Allí estaba el Ford, rodeado de soledad, en una planta industrial paralizada hace media década, cuando su dueño dijo que ya era suficiente. El hombre había gastado su vida construyendo un imperio que dio trabajo a decenas de familias y, en medio de todo eso, se dio el gran gusto de restaurar el auto de sus sueños. Llegó a terminarlo, pero sus años cansados le impidieron disfrutarlo.
Un buen día puso en venta las instalaciones y delegó en un viejo colaborador una dura encomienda: deshacerse del Ford 36, al que ya no volvería a ver jamás.
Refugiado en Cañada de Gómez, a unos 30 kilómetros del depósito donde su querido Ford durmió casi un lustro, se enteró de que había una oferta seria desde Corrientes. Tras las negociaciones de rigor, aceptó la propuesta y autorizó la venta luego de preparar la documentación requerida para la transferencia. Su delegado recibió al futuro propietario con el mensaje de su mandante: “Está para arrancar, pero no tiene batería”.
El interesado era Andrés, un entusiasta de los clásicos que hace tiempo tenía en la mira al sedán americano de los años 30 por un detalle que lo atrajo más que cualquier otro: el motor flathead (de tapas planas) y el porte de ese musculoso producto de la Ford Motor Company (casi un panzer con cuatro ruedas) en los tiempos en que el protoindustrial originario de Michigan mantenía el control total de lo que ya era un emporio automotriz.


La situación era la siguiente: el Ford sumido en la penumbra, rodeado de nada más que despojos de lo que hace años fue un polo industrial, con Andrés y Tomás escudriñando la joya que habían ido a buscar desde tan lejos. Y el autor de esta columna en el rol de tercero interesado, como fiscalizador del estado general del vehículo.
Al comprar un auto (cualquiera sea pero si es antiguo con más razón), lo principal es controlar los sonidos más o menos saludables que pueda emitir el motor en marcha, tanto al ralentí como elevado en revoluciones. Por eso, ante la ausencia de un acumulador de seis voltios en condiciones de uso, no quedó más remedio que remolcar el Ford en segunda marcha, con la llave de contacto en “on”. Una vuelta, otra, otra y otra más. Nada. Ni una explosión.
De pronto aparecieron huellas de roedores y la conclusión fue que algún cable pudo haber sido el almuerzo de cierta laucha, motivo por el cual no había chispa en las bujías para que el portentoso ocho cilindros se dejara escuchar. Llegó el momento de la decisión más difícil de todas, que no es otra cosa que pagar la suma acordada por un enorme espécimen de fierro inerte, con la incógnita de si realmente podrá arrancar o no.
Después de controlar el estado del chasis, los componentes de suspensión y freno, así como el estado general de la carrocería, el veredicto fue positivo con la salvedad de que nadie puede garantizar que un motor funcionará si al momento de consumar la operación no está haciéndolo para demostrarlo con los hechos.
¿Qué prevaleció para que el auto pudiera finalmente viajar a Corrientes en tráiler, en un lento pero feliz camino de regreso? La palabra. El nuevo dueño creyó en la palabra del antiguo propietario, quien había asegurado que el V8 había sido reparado a nuevo en la mejor rectificadora de la zona.


Puede que en muchos ámbitos empresariales, comerciales o políticos del mundo actual la palabra ya no tenga valor, pero algunas veces la luminosidad que irradian algunas personas hace valer el compromiso empeñado cual cheque en blanco extendido al portador. Lo pudimos comprobar dos días más tarde, cuando al primer intento el Ford 36 quedó ronroneando muy orondo, en su nueva casa.

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