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/Ellitoral.com.ar/ Cultura

Se cumplen 30 años sin Isaco Abitbol

Por Pedro Zubieta

Presidente de la Fundación Memoria del Chamame

www.fundacionmemoriadelchamame.com

Especial para El Litoral

El próximo 6 de marzo, los chamameceros recordaremos un nuevo aniversario de la partida de Isaco Abitbol, cuya leyenda se agiganta en estos tiempos en que hay un creciente interés por el estudio de la música correntina en ámbitos académicos argentinos y del mundo. 

Los estudiosos siempre citan a Ernesto Montiel, Isaco Abitbol, Mario Millán Medina, Tarragó Rós y Tránsito Cocomarola como "los horcones" del chamamé, porque sin dudas comparten la característica de haber sido como intérpretes, compositores y directores de conjunto, los que apuntalaron el nacimiento del chamamé como industria cultural en Buenos Aires siendo primeras figuras de la época dorada del género en adelante. De todos ellos, Isaco Abitbol fue el más longevo, completando 7 décadas en escenarios y grabaciones en plena vigencia, si tomamos en cuenta su último registro,  el entrañable disco grabado en 1992 junto al "Trío Correntino Pancho Cué".

Fue tal vez más conocido que sus camaradas de otros tiempos  fuera del ambiente del chamamé,  gracias a la convocatoria de Antonio Tarrago Ros, que le produjo en 1984 un recital en el templo sagrado del rock por ese tiempo, el estadio "Obras",  etapa en la que Isaco participó también junto a Antonio de la película "De Ushuaia a la Quiaca" de León Gieco y Gustavo Santaolalla.

Isaac Abitbol  nació en Alvear,  Corrientes, localidad a la vera del río Uruguay adonde llegó su padre, un inmigrante marroquí que primero probó suerte con un cine en la vecina ciudad de La Cruz, para luego establecerse con comercio en Alvear donde nació Isaco en 1917.

Siguiendo los pasos de su hermano mayor Salomito comenzó a tocar  el bandoneón con el que despuntó en la música junto a dos recordadas orquestas regionales, la de los "Hermanos Gómez" y la del maestro Heraclio Rómulo Hidalgo, padre de la afamada Ginamaría Hidalgo.

Cuentan los antiguos de este pueblo, que finalizadas las presentaciones de la orquesta, Isaco salía disparado a las orillas del pueblo o algún paraje vecino a buscar una chamameceada,  que era lo que realmente sentía como música, pero no hay dudas que su paso por estas orquestas que ejecutaban variados ritmos, contribuyó a desarrollar su extraordinaria faceta de intérprete y compositor.

En los años 30 viaja a Buenos Aires donde fue acogido por una tradicional familia de su pueblo, los Casal, y con el tiempo, Isaco retribuiría atenciones componiendo varias obras dedicadas a la dueña de casa, Doña Ana, como también a su estancia "Cañada Santa Ana", que inspiró luego el nombre del legendario cuarteto que Isaco fundó con Ernesto Montiel en el año 1943.

En Buenos Aires, es el pionero Emilio Chamorro quien le brinda la oportunidad de registrar sus primeras grabaciones para la "Víctor" y la "Odeón", donde Isaco aporta su primera obra propia, el chamamé "Siete Higueras", todavía una pieza instrumental, placa editada en 1937.

Junto a compañeros de las agrupaciones de Chamorro como Luis Ferreyra y Pablo Domínguez y  bajo el padrinazgo de Pedro Mendoza que los alienta a formar su propia agrupación, Isaco y Montiel fundan el "Cuarteto Típico Correntino Santa Ana", como era el nombre con el que salieron a los escenarios, y más allá que hacia 1950 Isaco dejara el cuarteto en manos de Ernesto, su contribución fue determinante, al estilo, al sonido y por su aporte autoral, conformando además una dupla instrumental de acordeón y bandoneón que marcó una época.

Isaco fue conocido en el ambiente, más allá de sus condiciones como músico, como un hombre muy generoso con sus colegas, razón por la que desde su salida de Santa Ana y paralelamente a su propio conjunto, colaborara en escenarios y grabaciones con incontables artistas chamameceros, siendo posiblemente el más destacado sesionista de su tiempo, gracias a la extraordinaria capacidad de improvisación y manejo del instrumento que tenía.

Fue también un verdadero bohemio. Se multiplican las anécdotas en perdidos parajes del litoral, que relatan que alguna vez Isaco Abitbol estuvo viviendo en el "galponcito del fondo" por largas semanas, aceptando lo que los dueños de casa tuvieran para ofrecerle sin ningún tipo de pretensiones.

Su bandoneón, su cigarrillo, una copita, el chamamé y sus amigos era todo lo que necesitaba Isaco Abitbol para vivir.

Y así se fue el 6 de marzo de 1994, el "marzo de la larga ausencia" como dice la canción de Diego Holzer y Mateo Villalba, porque dejó un vacío imposible de llenar, y no es una frase hecha ya que Isaco fue protagonista principal de algunos de los máximos acontecimientos que han marcado al chamamé como género, desde la época dorada en salones de la Capital y audiciones radiales de las principales emisoras porteñas, el esplendor de las pistas de baile luego, el primer "Festival de Chamamé" en el Luna Park y hasta la primera "Fiesta del Chamamé de Corrientes" en 1985, camino que Isaco recorrió aportando de paso una rica discografía que hoy constituye un catálogo que es objeto de estudio en distintos ámbitos.

Hablando de ella, para "Pampa" y "Music Hall" Isaco grabó 44  registros en formato de 78 r.p.m y unos 15 discos larga duración todos para la "Music Hall", su etapa más importante en materia de grabaciones entre 1954 y 1984. En adelante grabó para otros sellos, editando material en todos los formatos de música grabada de la Argentina, acetato, vinilo, casette y disco compacto.

Isaco legó a nuestro repertorio 113 obras registradas, entre ellas muchos clásicos del chamamé como "La bailanta", "General Madariaga", "El patio e' Ña Polí", "La taba" y su obra cumbre "La calandria", uno de los chamamés más grabados en Argentina y el extranjero.

Isaco Abitbol fue "Caraícho" para sus colegas, "Isaquito" para el  gran público y "El patriarca" como fue llamado en sus últimos años, cuando las nuevas generaciones de chamameceros se acercaron a este viejo maestro que siempre tuvo alguna palabra de aliento, algún secreto del instrumento para compartir o simplemente el gesto de enchamigarse en una rueda con su fuelle brindando a los presentes un momento inolvidable de sus vidas.

Dicen que se fue un 6 de marzo de hace ya 30 años.

El rico presente del chamamé lo sigue contando como uno de sus referentes ineludibles.

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