Corrían los inicios del siglo diecinueve (1800), la ciudad era una aldea, apenas asomaba en sus narices alguna construcción de mejores materiales que el rancho de dos aguas, barro, tejas musleras o directamente carandá (palmas). Los protagonistas vivían en la esquina de la calle Real, lugar de los tres horcones (hoy Salta esquina Quintana), a metros del Cabildo que por ese entonces mostraba tanta pobreza como el entorno, ocupaba el inmueble hasta el límite del Cabildo.
La plaza, testigo de todos los aconteceres históricos desde la fundación hasta sociales, bailes, ejecuciones, procesiones…, estaba justo enfrente.
En aquel lugar vivían los Villegas, fuertes comerciantes de la zona, como es de suponer contrabandistas avezados como casi todos, tenían un negocio cerca de la casa sobre el río dedicado a objetos ultramarinos, poco a la vista, mucho en los depósitos de los sótanos hechos de piedra arenisca de la zona y maderas duras, aguantaban bien las inundaciones que asolaban la ciudad frecuentemente.
La familia era feliz, tenían varios hijos, tres varones, dos muchachas de buena prestancia, como se dice casadera con dote suficiente.
Todos eran buenos navegantes como el padre, manejaban las embarcaciones diversas con conocimiento naval, observaban cómo se fabricaban los buques en lo de Durán, en la desembocadura del Poncho Verde o Arazá, en lo de los Ferré. Con la brújula y la lectura de las estrellas para ubicarse, especial sabiduría sobre los vientos para navegar aguas abajo o aguas arriba, destreza no les faltaba, olían las tormentas. Hombres y mujeres aprendieron el oficio y remar era uno de los mayores placeres.
Toda la familia sabía que navegar en la ribera chaqueña era muy peligroso, debían evitarlo a toda costa, eran bravos los propietarios vecinos, sin perjuicio que cruzaban con atados de pasto, leñas, hierbas medicinales a vender en la ciudad con la celosa vigilancia de la policía, para evitar desmanes.
Una mañana de verano en que el cielo se exhibía límpido, salió una de las muchachas, Dorotea, a navegar con su esposo, un joven patricio correntino con sus dos hijos rubios como el sol, no conocemos las razones por los cuales se atrasaron al regreso, su periplo estaba dispuesto hasta el Paso de la Patria aproximadamente, así el retorno resultaría más fácil. Como era habitual llevaban dos mosquetes, una espada, una pistola de un solo tiro, sumados a los elementos de la navegación, más alimentos, agua hervida para los niños, entre otras vituallas. La embarcación era de un solo mástil y manejaban las velas con oficio. El trayecto de ida, corriente arriba contra el viento, exigía pericia marinera para lograr que el viento los desplazase aprovechando las corrientes difusas del río; era un viaje común para estos osados jóvenes.
Pasaron la mañana y un rato a la siesta jugando con la guardia apostada en el lugar de enfrente que comunicaba con el Ñeembucú, en Paraguay.
Antes de la caída del sol aprestaron sus elementos, se largaron aprovechando la brisa más la correntada con destino a la ciudad de Vera. No pasó ni media hora cuando de pronto el cielo se encapotó, un fuerte viento sudeste comenzó a arrastrar las nubes rápidamente. Los padres tomaron las precauciones del caso colocando a los niños unos flotadores de vejiga atados a sus cuerpos con cueros; el viento amenazaba con dar vuelta campana la embarcación, los esposos tratabande arrimar el buque a la costa correntina pero el fuerte sureste no se los permitía, los alejaba peligrosamente hacia la costa chaqueña. Tuvieron quearriar las velas a medias, con los remos tratar de mantener el equilibrio, entre truenos, rayos, además de un fuerte aguacero, ante una embestida el mástil se partió.
De pronto se encontraron frente a frente con una canoa de indios chaqueños, mbayá, vilelas o tobas, sacaron las armas de fuego debajo de las telas enceradas, dispararon
y dos indios cayeron al agua, dos quedaban en el combate.
Uno de los indios agarró a uno de los niños, lo colocó en su bote trató de alejarse con la captura, pero Dorotea saltó al bote con cuchillo en mano e hirió al raptor. Tomando al niño lo lanzó al bote de su marido que lo recibió, pero no tuvo tiempo de saltar, gritó al esposo: “Márchate”, el otro indígena la golpeó con un palo dejándola inconsciente, el marido blandiendo la espada desafiaba al enemigo, pero éste se alejó con sus compañeros, habiendo recogido antes a sus amigos heridos ante a la cercana costa chaqueña, se quejaban los heridos pero con una presa apetecida.
La llegada al puerto de la embarcación sin la hija de Villegas causó estupor en la población, la ciudad se inundaba con la lluvia imprevista. ¿Qué hacer en ese momento? Nada, respondían los experimentados, cruzar el río era casi un suicidio tampoco se explicaban cómo el joven logró llegar con dos críos, fue la fortuna o un milagro de Dios.
La noche cubrió aún más las sombras de la localidad, los pensamientos sombríos anidaban en las mentes de los familiares.
Al día siguiente se ordenó una batida sobre la costa chaqueña, no encontraron ningún rastro, Dorotea y sus captores desaparecieron como por encanto en la espesura de la selva agreste.
Fueron muchos los intentos de buscarla, nada dio resultado, las tribus amigas de lo que hoy es San Fernando (Resistencia) no tenían ninguna información, a pesar de la recompensa que ofrecían los correntinos.
Cuando despertó de su inconsciencia Dorotea no podía creer, estaba desnuda en una tienda de cuero de olor rancio frente a un indio que la miraba curiosamente, además de con lujuria. Su blancura, sus ojos claros, las buenas formas eran un bocado nada despreciable para el cacique que la recibiera. El captor le hablaba, no entendía nada, pero sus gestos decían claramente cuáles eran sus intenciones, esa misma noche fue violada reiteradamente. Dorotea luchaba, arañaba, pero era inútil hasta que rezando en silencio se entregó a su violador. Desde entonces comenzó su calvario, cambió totalmente su vestimenta, su alimentación, sus pies se encallecieron, sus manos se agrietaron, trabajaba como todas las mujeres indígenas, sufría el desprecio, hasta castigos de las otras.
Pronto advirtió que estaba embarazada, trató por todos los medios de evitar la situación, no podía ni la dejaban, estaba vigilada por la chusma por orden del cacique.
Al nacer su hijo con rasgos indígenas, ojos verdes, piel producto de la mestización comprendió que estaba perdida para siempre de su mundo anterior, pero era su hijo, aprendió a amarlo, lo llamaba Pedro, su nombre era toba suponía Churú. Los meses y años le enseñaron algo de la lengua, se integró a la sociedad indígena, su hijo con tres años jugaba con sus amigos, hablaba la lengua paterna, además aprendió el castellano con su madre, gracias a la benevolencia del padre. El cacique la trataba bien, hasta aprendió a respetarlo, amarlo jamás, debía compartir su lecho como sus otras esposas, le enseñaron a evitar otro embarazo en secreto, jamás dijo “esta boca es mía”. Aprendió no sólo sus costumbres si no que la hechicera de la tribu le enseñó antiguas artes, conocimientos ancestrales de curación, sanación, hasta la nigromancia. Podía hablar con los muertos. En ciertas tenidas observó con estupor la aparición de muertos que hablaban con los chamanes, ella formaba parte del grupo, les enseñó muchas cosas a sus nuevos parientes, y aprendió a curar mordeduras de víboras con las hierbas de las lagunas, comprobó que daba resultado, más otras artes.
Con su conocimiento de las estrellas y el sentido de los vientos se ubicó. No estaba lejos de la ciudad de Corrientes así que esperaba su momento para huir, obligación milenaria de todo prisionero.
Éste llegó cuando una tribu enemiga atacó el campamento, siguiendo órdenes del cacique huyó al monte con su hijo Pedro, con la velocidad de un rayo se metió entre los bosques colocándose a favor del viento que venía del asentamiento, para evitar que la ubicaran los rastreadores por el olfato, caminaba por cuanta aguada encontraba, buscaba el río, a la vez que los indios la buscaban afanosamente. Ella aplicó todas sus tácticas de evasión. Pasaron días durante los cuales perseguidores y perseguida mostraban sus mejores habilidades.
Un atardecer en que reanudaba su marcha, alimentándose de los elementos del monte, al igual que al niño llegó al Paraná. Se encontraba aguas arriba varios kilómetros, buscó un tronco, aferrándose a él atado Pedro a sus espaldas cubiertos de ramas del mismo árbol derribado por la tormenta tomaron la correntada aguas abajo.
Flotaron un buen tiempo a una velocidad regular, de improviso una embarcación militar correntina se avizoró en el horizonte, comenzó a gritar, sus gritos salían del fondo de sus pulmones, levantaba un trapo blanco con un palo a manera de bandera. Los tripulantes acercaron la embarcación prevenidos contra una emboscada, observaron con curiosidad a esta india con el hijo en la espalda, cansada ella dijo a voz en cuello: “Soy Dorotea Villegas de Martínez, cautiva de los indios”. La alzaron, permitieron que se lavase privadamente, alimentaron al pequeño, sabían que habían ganado una recompensa cualquiera fuera.
Una vez que llegaron al puerto, avisaron al señor Villegas la novedad. Este puso reparos, pero la madre corrió en bajada hacia el puerto, llevaba unas mantas. Encontró a su hija, la abrazó, la besó, la cubrió, con curiosidad observó a Pedro el indiecito de ojos color cielo, lo besó con amor sincero. Los llevó directamente a su casa, no dijo nada a nadie, los que las miraban pasar ni la reconocieron.