Don Antonio nació católico, vive como tal, morirá convencido de sus creencias de las que no se aparta un milímetro de sus dogmas. Doña Prudencia es su esposa hace muchos años, tuvieron tres hijas. Muchas veces le insinuó diabólicamente la realización de actos contrarios a los principios rígidos con que conoció a su marido, “ni por asomo, no se puede tener relaciones en los días prohibidos por el derecho canónico”, la pobre se conformaba con cuarenta y cinco días con suerte de amor sexual en estricta posición del franciscano, casi vestidos, etc.
La pobre mujer se quejaba ante sus amigas que no le estaba permitido comprarse lencería ni otros adornos, porque su esposo ponía el grito en el cielo. Además afirmaba que el acto amoroso consistía en un rápido intercambio, sin caricias lujuriosas, besos prolongados más otros condimentos que en las tertulias escuchaba de sus camaradas de ruta. Se ponía colorada cuando alguna narraba un pecado nefando, si no era el camino correcto por ejemplo. No podía negar que sentía cosquilleos escuchando esas pecaminosas aventuras, estaba segura que el infierno las esperaba y ella deseaba ir al infierno.
Un día de confesión obligatoria, todos los domingos con su esposo, se animó a hablar.
El confesor preguntó aunque conociéndola pensó que escucharía otro aburrido relato:
—¿Has pecado Prudencia?
—Si padre he pecado… — largó sus pensamientos como si estuviera leyendo una novela pornográfica, llenaba un bolsa completa para ida y vuelta al averno en primera clase.
Azorado el confesor atinó a musitar: —Prudencia de dónde sacaste lo que me contáis.
—De escuchar a las mujeres felices padre. Felices, ríen, cantan, bailan, se miran con sus parejas cómplices de fechorías, mientras yo con tres hijas no creo haber gozado nunca, más que de la comida racionada que impone el Antonio. Usted sabe que lo amo, pero soy joven, bastante bonita, nunca tuve una lencería como las que usan mis hijas con poca diferencia de edad, una tras otra fueron naciendo, hasta que el médico prohibió otro embarazo porque peligraba mi vida con visado suyo padre ¿o se olvida?
—Prudencia me dejas horrorizado, esto debe saber tu marido…
—Usted habla y lo denuncio ante el Obispo directamente, ¿o no estamos en secreto de confesión señor sacerdote?
—Vete Prudencia, reza mil Ave Marías, otros mil Yo pecador.
Por primera vez Prudencia se levantó del confesionario, riendo, satisfecha de haber descargado años de incontinencia. Lo de rezar lo haría cuando se le antojara, la cantidad que necesitara si necesitaba.
Al ver llegar a su madre antes que su padre que seguía enfrascado en la iglesia, sus hijas se sorprendieron. En orden descendiente tenían 21, 20 y 18 años, nacidas por cesárea.
Es de suponer que las hijas enfrentaban al padre con elegancia y calidad, salían de la casa como monjas, en la casa de sus amigas tenían un guardarropa acorde a las épocas, todo lo imaginable de moderno adquirían, sus tías hermanas de su madre les proveían lo necesario. Si Antonio veía a sus retoños jamás las reconocería, seguro le daba un ataque al corazón, sus 46 años no aguantarían ese terremoto social.
A la noche con la autoridad patriarcal que lo caracterizaba Antonio interrogó a su esposa el motivo del abandono del lugar sagrado, la respuesta que obtuvo fue un desastre total.
—Porque no aguanto más esta vida. Te voy a dejar Antonio, hacé lo que quieras, Mientras buscás una casa voy a la de mi madre que ya sabe todo, las niñas han decidido vivir conmigo, pero puedes elegir el camino de la paz, la casa es mí herencia, de mi padre. De la casa te vas bien o mal, pero te vas de cualquiera de las dos maneras, lo de las jovencitas el juez lo dirá, me harté, quiero ser feliz. Dicho y hecho se levantó, llevó una valija con sus ropas, no sin antes advertirle: —Mi abogado hablará contigo.
Antonio tenía cara de póker, no sabía qué hacer, balbuceó —No me amas.
—Sí, pero así no, la vida pasa y no espero tu cielo prometido, el cielo está acá en la vida.
Salió dejando a su marido plantado como estaca. Las hijas siguieron a su madre.
Por primera vez Antonio se encontró en soledad, rezó tanto que casi no pudo levantarse por el dolor de las rodillas, pero el de arriba o abajo no lo escuchó.
Como ocurre siempre en las historias, el matrimonio se fue al carajo.
Al año Prudencia conoció a un compañero de trabajo que le tiraba los grafios, de entrada en la primera cita ella le aclaró todas sus fantasías, no fuera que resulte de Guatemala a Guatepeor, aclarando lo que deseaba y pretendía.
El nuevo galán aceptó los términos porque tenía carreras en todas las pistas de arena, barro, pasto, etc.
Prudencia rejuveneció, cambió tanto que sus amigas, las osadas hasta la miraban con envidia, daba clases de sexualidad, en conclusión era feliz por primera vez en su vida.
Para colmo de males el sacerdote estricto, severo, de apellido Martínez colgó los hábitos y se casó con una de sus amigas que le hizo llegar al cielo anticipadamente, respirando tranquilamente.
Antonio fue a vivir a otra casa era económicamente capaz, hasta que un buen día apareció macilento, enfermo.
Como les expresó a sus hijas, se sentía mal, una roncha roja lo rodeaba en la cintura, las muchachas preocupadas porque amaban a su progenitor lo internaron en un sanatorio privado. Los remedios no daban resultado, ni antibióticos ni otros similares, el paciente lentamente se consumía. El médico que lo atendía le recomendó que lo viera una curandera, Antonio montó en cólera, “es brujería, hechicería”, aseguró. Desesperadas las chicas buscaron al hoy casado confesor Martínez para que le hablara, pero las sacó vendiendo peinetas: “no quiero escuchar a ese sacrílego hereje, enemigo de la religión”, que ahora gozaba de los placeres de la vida.
Prudencia con autorización de su nuevo marido habló con sus hijas, recomendándoles una muchacha joven sanadora que hacía milagros, había que encontrar el camino de salvar al empecinado enfermo.
Con complicidad del médico de origen paraguayo ingresó la muchacha con vestimenta de enfermera, debe decirse que era muy bella. Como con total normalidad entró a la habitación, el médico quedó de guardia en la puerta por cualquier eventualidad.
Con movimientos aprendidos le tomó la temperatura, volaba de fiebre, lo dio vuelta revisó al fuego de San Antonio que estaba a punto de cerrarse, el peligro era inminente.
Controló el suero aparentemente, colocó sobre la cara del enfermo que miraba desconfiado a la muchacha, un paño frío con calidad, luego con el mismo le tapó la cara, nada dijo el paciente. Con elegancia le midió el empacho,
le llegaba a la cabeza. El tratamiento fue con la cinta. Terminado éste se avocó a lo otro lo más peligroso, el fuego de San Antonio.
Le quitó la venda con la presencia del médico, que se hallaba sentado al costado hablándole al aquejado, explicándole que le colocarían un nuevo medicamento que ingresó al mercado.
La curandera con gestos ampulosos abrió un frasco con llamativa etiqueta escrita en alemán, sacó de una bolsa sellada una jeringa, en realidad era un pincelito advirtiéndole al paciente que era un poderoso químico, expuso que sentiría como si le rascaran pero son pinchazos muy superficiales. Lentamente por la espalda comenzó a pintarlo con tinta china, la vieja conocida de los letristas, luego a los costados dando tiempo a que se secara, para finalizar con el frente enrojecido, para ello el médico le tomaba la presión, la temperatura con el termómetro en la boca para que no observara. Una vez concluida la operación, el galeno le indicó que no se tocara porque era muy delicado.
Para evitar dejarlo sólo y que Antonio investigara, las hijas se turnaban, con la curandera, el médico etc.
Al día siguiente comenzó a mejorar, pidió comida. En un descuido de sus vigilantes levantó la sábana, observó que la mancha roja desaparecía como por arte de magia, al entrar la enfermera angaú (falsa) lo retó, por vichear jehí (mirar).
Al tercer día Antonio resucitó entre los muertos, estaba bien.
Eso sí, tuvieron que guardar secreto absoluto, porque el hombre era capaz de morirse para no dar su brazo a torcer. Preguntaba el nombre del remedio, le contestaban leyendo una etiqueta en alemán que por cierto no entendía un comino.
Una noche antes de salir del sanatorio ya recuperado, se despertó bruscamente al advertir una figura clara, era su madre muerta. La miró con el asombro de una primera aparición en su vida.
—Antonio che hijo ¿qué pá hiciste, le seguiste a tu padre en su locura religiosa? Dejaste ir a una hermosa guaina (muchacha) por no animarte a ser feliz.
—Madre…
—Qué madre ni madre, debiste ser feliz yo no lo fui, vos me viste llorando por los rincones, era por lo mismo que la Prudencia se fue, ella sí es feliz y vendrá al cielo conmigo, vos no sé che hijo capá kó vá pá el infierno.
—Madre… no… seguí la religión…
—Che hijo el ser humano nació para ser feliz no para sufrir, ¿entendiste pá?
Lentamente se fue diluyendo hasta perderse en la nada.
Obcecado como era Antonio siguió su vida santa, se salvó entre la marejada gracias a una curandera, por la gracia de Dios, nunca fue feliz, mientras Prudencia y sus hijas gozaban de la vida como debe ser.
Al morir le lloraron sus hijas, Prudencia se mantuvo seria pero sin dolor alguno, no sentía pena por un ser tan tonto que la hizo padecer más de veinte años.
Las plañideras a los gritos resaltaban sus virtudes angaú, en un velorio solitario, todo era oscuro, lúgubre como fue la vida de un ser humano que perdió el rumbo.