Especial Carlos Lezcano y Fernanda Toccalino
Jorge Tirner es artista visual, gestor cultural y diseñador gráfico. Es una verdadera máquina de generar ideas y de inventar historias que, en ocasiones, se transforman en obras. Su trabajo sorprende por la diversidad de medios que utiliza, interviene objetos cotidianos provocando algo inesperado que desconcierta y fascina.
Una de sus últimas obras, “Colisión Frontal”, se encuentra exhibida en el Museo de Arte Contemporáneo de Corrientes y forma parte de su colección.
Estudiaste en Oberá ¿Por qué elegiste la Facultad de Misiones? ¿Qué es lo que no encontraste en Resistencia?
Mirá, ¿qué es lo que no encontré acá? Me gustaba mucho dibujar, me gustaba mucho la cartelería; el diseño gráfico me interesó desde que tengo memoria. Estaba en el colegio secundario y lo que buscaba era cambiar de ámbito, encontrarme con personas que tuvieran esa afinidad.
En ese momento, las opciones para estudiar diseño gráfico eran Buenos Aires, La Plata o la Universidad del Litoral, en Santa Fe. No quería ir a Buenos Aires porque sabía que no me iba a concentrar en los estudios; tenía miedo de dispersarme. Yo era bastante vago en la secundaria. En ese momento no quería Santa Fe ni La Plata como lugares para vivir.
Un par de semanas antes de que empezara marzo, llegó a mis manos una guía de carreras universitarias. Ahí encontré que en la ciudad de Oberá estaba la carrera de diseño gráfico. Justo ese año, 1996, arrancaba el último año de la primera camada. Sabía que la carrera había empezado alrededor de 1993, con el apoyo de la Universidad de La Plata, que fue pionera en el país. Muchos docentes venían de allá y se habían radicado en Misiones para enseñar en la Facultad de Artes.
Me gustó la idea: estaba más cerca, Misiones me atraía y Oberá era una ciudad chica, de unos 50.000 habitantes. Me pareció ideal. Se lo comenté a mis padres, estuvieron de acuerdo y, a la semana, ya estaba viviendo ahí. El sábado lo decidí, el viernes siguiente viajé y el lunes empecé las clases.
La carrera está dentro de una escuela de arte, no de arquitectura como en la mayoría del país.
Eso marca una diferencia importante.
Claro, es un posicionamiento distinto, con otra filosofía. Ahí me vinculé con artistas visuales, con docentes de artes, con gente de distintos ámbitos: grafiteros, músicos, personas que venían de diferentes formas de expresión. Éramos todos muy jóvenes y muchos no tenían claro qué hacer, pero buscaban expresarse.
¿Y cuándo el estudiante empieza a darse cuenta de que tiene algo para decir, un lenguaje propio?
En mi caso, desde chico. Pero había timidez, inseguridades, cosas personales que no me permitían expresarlo hacia afuera. Mi entorno familiar no estaba directamente vinculado al arte: mi papá era banquero y mi mamá docente.
Pero siempre visitábamos museos cuando viajábamos, de ciencias, de arte. Era como un ritual. Mi papá era muy cinéfilo y veíamos mucho cine. Eso me marcó mucho; de ahí viene mi amor por el cine.
No había prácticamente videoclubes acá, y nosotros ya teníamos una videocasetera VHS. Eso también fue muy formativo.
Ya en la facultad, y trabajando en un centro de copiado durante unas vacaciones en Resistencia conocí a Dani Ojeda, trabajaba allí en el taller de serigrafía y yo en diseño, él formaba parte de un grupo de artistas que trabajaban en el taller del Centro Cultural del Nordeste, bajo la tutela de Oscar Sánchez Kelly junto a Walter Tura y otros. Un día los encontré a todos juntos, allí conocí a Diego, recomendado por Patricio Nadal mi profesor en la facu (se habían conocido en una clínica de Fundación Antorchas en Posadas, en 1997), y fue como amor a primera vista. Conectamos inmediatamente y empezamos a pensar proyectos, a trabajar juntos.
Si hay algo que hizo que esa conexión funcionara fue el deseo de romper ciertos cánones. Yo me manejo así en todo lo que hago: con cierta timidez, pero siempre buscando algo diferente, tratando de romper paradigmas, de encontrar nuevos lenguajes, nuevas formas de construir y de ver el arte. Me interesa no repetirme; me parece aburrido.
Hay dos facetas tuyas: la del artista y la del gestor. Detengámonos un momento en la del artista. ¿Cuándo comienza? ¿Cuál es tu primera muestra y en qué contexto?
Yo trabajaba mucho en soledad. Todo lo que hacía era para mí: dibujos animados, piezas digitales, dibujos. Algunas cosas incluso se proyectaron en MTV. Pero era todo bastante experimental, sin una búsqueda clara, más como una descarga.
Hasta que Diego me dijo: “Metete en Antorchas, es una experiencia buenísima”. Me presenté a una beca, envié una carpeta con mi trabajo, quedé seleccionado y eso me voló la cabeza. Antorchas me ordenó, me dio herramientas para entender por dónde ir.
Ahí empiezo a producir obra hacia afuera. Ese fue el verdadero inicio de mi carrera artística. Esto fue en 2004.
Mi primera muestra fue al año siguiente, en el Centro Cultural Borges, en Buenos Aires, dentro de un espacio curado por Laura Spivak, se llamaba “Borges contemporáneo”. Mi obra en ese momento generó bastante impacto porque trabajaba con banditas elásticas, generando una estética de tensión y acumulación sobre distintos objetos.
Entraste con una obra fuerte.
Sí, fue como entrar con un “hit”.
¿Cómo se llamaba esa muestra?
En el Borges se llamó “Interior”. Después hice una muestra individual en Radio Libertad, en Resistencia que se llamó “Rojo”.
¿Por qué trabajar con banditas elásticas? ¿Qué encontraste ahí?
Durante la beca de Antorchas estaba en plena experimentación. Probaba mucho, trabajaba intensamente. Empecé con unas tablitas de madera en las que tensaba banditas elásticas.
Esto viene de algo muy concreto: mi papá había tenido una librería y habían quedado cajas y cajas de materiales, entre ellos banditas elásticas. Yo tomé esos elementos, como también clips o lápices, y empecé a usarlos desde una lógica muy cercana al pop, por repetición.
En las tablitas generaba tramas, como tejidos, según la tensión de las bandas. En un momento se me acabaron las maderas y empecé a dibujar y a tomar notas en cuadernos Rivadavia de tapas duras, esos de papel araña. Y empecé a ponerles banditas a uno de esos cuadernos, hasta que le puse tantas banditas que el cuaderno colapsó. Y yo quedé fascinado con la situación! A partir de ahí empecé a trasladar esa lógica a otros objetos: bicicletas, televisores, carritos. Yo considero que el arte siempre es político, y me gusta pensar que una bandita no te hace nada, pero a un millón de banditas hay que tenerle miedo. Lo vinculo con lo social: cómo la acumulación puede generar presión, implosión.
Además, me interesa que la obra esté “viva”: las bandas siguen ejerciendo presión, se degradan, se rompen, cambian la obra. Hay un proceso en el tiempo, como me dijo la curadora y galerista Simone Subal, una performance de objeto.
¿En qué período trabajaste esa serie?
Entre 2004 y 2009.
Después de eso, ¿qué viene?
Empiezo a trabajar con pegamento, generando obras que atraen elementos del ambiente: polvo, insectos, pelusa. Escribo palabras invisibles con un adhesivo que nunca se seca, y con el tiempo esas palabras se revelan.
Siempre uso palabras imperativas: “TENEME”, “PRENDEME”, “USAME”. Me interesaba generar una obra que atrajera al espectador, casi como una trampa, con algo lúdico pero también inquietante.
Hay una tensión entre lo conceptual y el humor.
Sí, la ironía es clave. Es una herramienta muy potente: entra sin dolor, pero después puede generar un efecto fuerte. Con la ironía viene la comedia, quizás más cercano al humor negro.
¿Cómo es tu proceso de trabajo?
Primero experimento, pruebo a pequeña escala. Después planifico mucho. Es casi como diseñar un objeto industrial: hago cálculos, evalúo materiales, costos, posibilidades.
Por ejemplo, en la obra Planetario, hice todo el diseño previo antes de producir. Investigué materiales, tamaños, dónde conseguirlos. Incluso tuve que viajar a Asunción para conseguir una de las esferas. Es un trabajo muy planificado, no improvisado.
¿Cómo surge Planetario?
Empezó en 2019, pero tuvo interrupciones: hubo una epidemia de dengue y fumigaron toda la Argentina y no había bichos así que tuve que esperar. Después vino la pandemia. Todo eso terminó formando parte del proceso.
Planetario la expuse en marzo de 2022 en El Quiosquito y una parte de la obra estuvo en la Feria 3500, luego A362. Representa un sistema planetario: Resistencia como planeta central, con Barranqueras, Fontana y Vilelas, como sus lunas, y el resto de los planetas-ciudades girando en su órbita.
Tenes un cuerpo de obras monumentales, y otras pequeñas, como los dibujos de autos que atraviesan los muros.
Y mirá, son mis bocetos. Yo los llamo así porque lo que quisiera hacer con eso es llevarlos a la realidad, hasta que tenga los recursos, hago esas piezas visuales. Mi intención es ver el auto en tamaño real con una bicicleta estampillada contra él. Tenía tantas ganas de hacerlo que lo dibujé.
¿Y la obra Colisión Frontal, del MACC?
Fue parte de una exposición con el mismo nombre que realicé en 2021 en un taller que armé en Colonia Benítez durante la pandemia, la casa quinta de los padres de Amelia, mi compañera de vida. Surge de la misma lógica: me interesa que un objeto débil afecte a uno fuerte. En este caso, dos carretillas que chocan como si fueran vehículos a gran velocidad.
Hay algo cinematográfico: es como un fotograma de una acción. El espectador ve el resultado, pero tiene que visualizar lo que pasó antes, como llegó a pasar eso. Y para que la escultura o el objeto sean creíbles hay que hacerlo bien.
Lo mejor que tiene la obra es el silencio. Nosotros somos constructores de ficción.
Hablemos ahora del gestor cultural, ¿Cuándo y cómo comienza?
La gestión me fascina, la veo parte de mi experiencia artística. Durante mis estudios me di cuenta que quería trabajar en áreas culturales y al graduarme, en el año 2000, me acerqué a la Subsecretaría de Cultura del Chaco, dirigida por Marilyn Cristofani para organizar el CineClub del Museo de Medios de Comunicación. Le estaré siempre agradecido por su generosidad al darme la oportunidad de gestionar junto a Georgina Valdés. Diseñamos ciclos de cine mensuales, con una curaduría integral, desde el tema de los filmes hasta la gráfica, fue muy divertido. También me integré a la gestión de la Asociación Española de Resistencia, organizando muestras, ciclos de cine y música, eso fue en 2004.
Después, con Diego Figueroa nos sumamos al Espacio de Arte Radio Libertad gestionado por Andrés Bancalari y trabajamos juntos, los tres, hasta el 2007, luego de “Un gallinero en arteBA”. Fue una experiencia muy linda, gratificante y enriquecedora. En 2012, vendría un breve paso por Noni Andresen, también idea original de Andrés Bancalari.
En 2013 asumo la Dirección del Departamento de Cine de la provincia del Chaco para a fines del mismo año aceptar la dirección del MUBA - Museo de Bellas Artes René Brusau del Chaco. Allí hice de todo, montaje, iluminación, administración, diseño, gestioné políticas públicas en artes visuales, diseñé las bases de la Convocatoria para Proyectos Expositivos con llegada regional y nacional, que todavía transita la escena. Diseñé también las bases del primer y segundo Premio de Artes Visuales del Chaco, también de alcance nacional. Fui director del 2013 al 2017, volví en 2022 como director de exhibiciones hasta el 2024.
En esta faceta también disfruto de encontrar nuevos lenguajes, lo vivo como espectador y de alguna manera me involucro un poquito con cada experiencia.
¡Qué recorrido interesante! ¿Y Yuyal?
La idea de YUYAL surge de la intención de trasladar mi experiencia en gestión pública en artes visuales a un espacio propio. Se iba a llamar YUYO, que es tanto hierba medicinal como mala hierba, una dualidad, concepto muy enraizado en mis prácticas. Pero, el arte es una práctica colectiva, no es individual, participa mucha gente, desde el artista hasta el espectador, pasando por técnicos, curadores, académicos, periodistas y más. Por ello pasa al plural, a YUYAL. El espacio es joven, tiene un año y algunos meses, le falta seguir creciendo, como a mí, y en eso estamos.