Arq. Carlos M. Gómez Sierra
[email protected]
En la ciudad de Corrientes, caracterizada por un clima cálido y húmedo, veranos prolongados y altas temperaturas nocturnas, el calor no es solo una cuestión de clima: es también una consecuencia de cómo hemos construido y seguimos construyendo la ciudad. El concepto de isla de calor urbana ayuda a entender este fenómeno y a pensar qué podemos hacer para mitigarlo.
Se habla de isla de calor urbana cuando sectores densamente edificados de una ciudad registran temperaturas más altas que las áreas rurales o periurbanas de su entorno, sobre todo durante la noche. No se trata de una percepción subjetiva: en muchas ciudades del mundo se han medido diferencias de varios grados entre el centro y las zonas con mayor presencia de suelo natural y vegetación. Corrientes no es una excepción.
En el caso correntino, la isla de calor se percibe con mayor claridad en el microcentro y los barrios más consolidados, donde predominan el asfalto, el hormigón, las cubiertas de chapa o de losa, y un arbolado que en muchos sectores resulta insuficiente. Estas superficies funcionan como verdaderos acumuladores térmicos: absorben radiación solar a lo largo del día y la devuelven lentamente al ambiente cuando cae el sol. Como resultado, las noches son más calurosas y el descenso de temperatura es más lento que en sectores con mayor presencia de verde o suelo absorbente.
El clima de Corrientes potencia este problema. La alta humedad relativa eleva la sensación térmica, de modo que algunos grados extra se sienten con mayor intensidad. Las calles y veredas angostas y la falta de sombra natural generan espacios donde el aire caliente se acumula, el viento circula poco y el alivio térmico es mínimo.
A esta situación se suma el calor generado por las propias actividades de la ciudad. El uso masivo de aparatos de aire acondicionado reduce la temperatura en los espacios interiores pero expulsa aire caliente al exterior, contribuyendo a elevar aún más la temperatura del espacio público. El tránsito vehicular, especialmente en horarios pico, y equipamientos urbanos poco eficientes también aportan importante calor adicional.
Las consecuencias son múltiples y van más allá de la incomodidad. Desde el punto de vista de la salud, la isla de calor aumenta el riesgo durante las olas de calor, especialmente para personas mayores, niños, personas con enfermedades crónicas y quienes habitan viviendas sin acceso al acondicionamiento térmico. En términos energéticos, aumenta la demanda eléctrica, tensionando una infraestructura obsoleta para los actuales estándares climáticos, generando cortes y fluctuaciones de tensión que los correntinos conocemos bien. En el plano urbano, se deteriora el confort, desalentando el uso del espacio exterior y empobreciendo la vida urbana.
Sin embargo, la isla de calor no es un destino inevitable del crecimiento urbano. Es, en buena medida, el resultado de decisiones de diseño, uso de materiales y gestión del espacio que pueden ser revisadas. Por eso, el fenómeno abre también una oportunidad: pensar una Corrientes más fresca, sombreada y resiliente frente a los efectos de la isla de calor.
Entre las líneas de acción posibles pueden mencionarse varias y de enorme importancia.
El fortalecimiento del arbolado urbano es una de las acciones más prioritarias, priorizando la plantación y el mantenimiento de árboles en veredas, plazas, avenidas y espacios de alta circulación vehicular y peatonal. No se trata solo de sumar especies vegetales, sino de planificar con especies, tamaños y ubicación pertinentes para maximizar la sombra y la ventilación.
En arquitectura, la mejora y adecuación tecnológica de cubiertas y fachadas es crucial. La promoción de cubiertas verdes, parasoles y sistemas de control solar que reduzcan la absorción de calor en edificios públicos y privados son acciones prioritarias. Programas de incentivos o normativas específicas al respecto pueden acelerar este cambio. El trabajo conjunto con universidades, colectivos profesionales y expertos es clave para pensar, proponer y consensuar alternativas y soluciones.
Claro ejemplo de ello es el trabajo desarrollado por el Ingeniero estadounidense Hashem Akbari, -uno de los investigadores más citados sobre isla de calor urbana- quien, en su libro Global Urban Heat Island Mitigation (2022), ofrece un panorama integral sobre cómo mitigar las islas de calor a través de estrategias generales y conectadas con la planificación urbana, materiales de superficie, vegetación y políticas públicas mediante trabajos interdisciplinarios.
La protección y promoción de espacios verdes, cuidando y promoviendo plazas, parques y bordes costeros como “pulmones térmicos” de la ciudad, son elementos claves. Evitando su fragmentación y buscando conectarlos mediante “corredores verdes”, se favorece la circulación de aire más fresco. Su importancia no es solo ambiental, sino también urbana, social y sanitaria.
Por su parte, el diseño y la planificación urbana orientados al confort térmico deben ser la base operativa sobre la cual trabajar. Considerando la orientación de calles, altura y separación entre edificios; la presencia de patios, galerías y espacios intermedios que faciliten la ventilación y brinden sombra -tal como lo hacía la ciudad de antaño-, se optimizan resultados. Pensar la ciudad junto a las condiciones naturales de su territorio, es la condición indispensable para construir espacios habitables y resilientes ante la isla de calor.
Por último, y para nada menor, es indispensable la optimización de la gestión de la demanda energética, con políticas de eficiencia en climatización, iluminación y transporte que reduzcan la cantidad de calor generada por las actividades urbanas, promoviendo hábitos responsables, innovación tecnológica y, una vez más, una planificación urbana integral.
Hablar de isla de calor en la Corrientes actual implica, en definitiva, incorporar la variable térmica al debate sobre el futuro de la ciudad. Se hace imprescindible un primer paso, que es reconocer que la forma en que pavimentamos, construimos, arborizamos y usamos la energía impacta directamente en el calor que sentimos a diario. A partir de allí, el desafío es traducir este diagnóstico en políticas públicas, normativas, proyectos y cambios culturales que permitan habitar una ciudad más amable en términos climáticos y más compatible con el bienestar de sus habitantes.