En un emotivo cortejo, trasladaron el cuerpo de Ian Cabrera al cementerio municipal de San Cristóbal, donde familiares, amigos y vecinos le dieron el último adiós.
Antes del ingreso al cementerio, recorrieron parte de la ciudad para despedirlo y frenaron en la iglesia local para una misa.
Uno de los dos sacerdotes de la Parroquia San Cristóbal, frente a la Plaza Rivadavia de esta localidad, hizo sonar las campanas. Fue un llamado para que, quienes quisieran participar de la breve ceremonia religiosa de despedida, entraran a la iglesia.
Se llenó de grandes y de chicos, que escucharon a Daniel, uno de los curas del pueblo, decir: “Nunca antes en San Cristóbal nos había pasado algo así. Le vamos a pedir al Señor que nunca más vuelva a pasar esto, que nos podamos reconciliar, que encontremos la paz. Que nuestra comunidad pueda reconciliarse”.
Dijo también: “Quizás como un consuelo para la familia, pueden pensar y sentir que ahora tienen un santo en la familia”. Tres adolescentes negaron con la cabeza: nada de lo que pasa por estas horas en San Cristóbal se parece a tener consuelo.
Hugo, el papá de Ian, escuchó a los sacerdotes en primera fila: rezó, se arrodillo, lloró, se secó como pudo las lágrimas. Y estuvo atento a una tarea atroz: ser el primero, cada vez que hizo falta, en agarrar el ataúd de su hijo y llevarlo a donde hiciera falta, hasta ese nicho final. Mirian, la mamá, hizo lo que hacen las mamás: acarició el ataúd, lo miró con cara de que mirarlo era insoportable pero imperioso, lo cargó, lo volvió a acariciar.
A la parada en la iglesia le siguió la última posta, en el Club Atlético Independiente. Un aplauso que empezó tímido y se alargó por varias cuadras recibió al coche fúnebre de Ian y cortó el silencio que se había impuesto en este pueblo apenas después de que pasaran los alaridos de terror, este lunes pasadas las siete de la mañana.
Vestidos con la camiseta roja del club local en el que Ian acababa de pasar de divisiones infantiles a inferiores, ondeando algunas banderas, los chicos, los adolescentes y los entrenadores del club rodearon la fila de autos y caminaron hacia el cementerio. Muchas mamás, también con la camiseta puesta, acompañaban a sus hijos.
Infobae/TN