Más allá de las preferencias personales, del circunstancial impacto en la actividad propia y del eventual sesgo ideológico particular, lo concreto es que un escenario distinto está operando en la realidad y por lo tanto ignorarlo no parece ser una buena decisión.
Como sucede frente a cualquier duelo, algunos todavía se encuentran recorriendo la fase de la “negación”. Sostienen que esto no puede durar mucho, que no va a funcionar, que debe revertirse inmediatamente y agregan una nómina de argumentos para justificar su postura.
Quizás no sea ese el camino óptimo para avanzar. Un berrinche intelectual, una actitud caprichosa e infantil no modificará el curso de los acontecimientos y sólo demoraría el plan de acción que debiera estar en marcha para adecuarse activamente frente a un panorama que ya muestra su fachada sin demasiadas vueltas.
Los más astutos han dejado de lado esa conducta ingenua rápidamente y están trabajando duro para tomar nota de lo que está pasando y actuar en consecuencia con agilidad adaptándose a un contexto extraño para muchos, pero absolutamente normal en el mundo civilizado.
Un grupo de pícaros, de esos que pululan por estas latitudes, recurren a lo que mejor saben hacer, es decir agruparse, organizarse y poner sobre el tapete consignas que han sido minuciosamente pensadas para que suenen muy razonables, pero en paralelo permitan conversaciones opacas destinadas a conseguir ciertas ventajas no transparentadas a la sociedad.
Son expertos en esta dinámica. Lo vienen haciendo hace demasiado, y habrá que reconocer, que, con enorme éxito para ellos, aunque no necesariamente para sus comunidades. Entienden de estas modalidades, conocen los vericuetos y hasta se especializan en las artes de la seducción al poder con herramientas a veces aceptables y en otras ocasiones muy controversiales y hasta repudiables.
Lo cierto es que dada la coyuntura su primer reflejo es configurar una narrativa que tenga esos elementos, que parezca atinada, aunque esconda con sagacidad sus profundos intereses singulares de esos grupos de presión a los que tan perspicazmente representan.
Bajo ese paraguas han dado nacimiento a un eslogan extremadamente gráfico. Afirman que es vital “nivelar la cancha”. Ya han asumido que la apertura económica y la estabilidad macroeconómica, cambiaria, fiscal y monetaria no consisten en un simple veranillo pasajero.
Son inteligentes y por eso admiten que no vale la pena patalear ni hacer rabietas como unos niños. Sin embargo, advierten que es imprescindible tener una estrategia que les posibilite ganar tiempo, minimizar los efectos de esto que ya identificaron como irreversible y entonces diseñan un esquema acorde a esa lógica irrefutable para amortiguar lo que viene.
Sus viejos privilegios proteccionistas ya son indefendibles. Son cada vez menos los que saldrán a defender sus prebendas y regímenes especiales, sus exenciones y subsidios. La gente se ha dado cuenta que detrás de esos modelos hay cosas poco claras y que no parecen beneficiar a los más sino a unos pocos que sostienen industrias ineficaces a expensas de precios altos y malos productos, o bien que una parte de la sociedad subvenciona negocios de una camarilla de avivados que encontraron un hueco para “salvarse”
Claro que mucho de lo que dicen parece procedente. Para competir hay que tener cierta equivalencia ya que de lo contrario no sería justo. Es paradigmático que este razonamiento ahora tome tanta fuerza siendo que, en el pasado, cuando los beneficios eran para los propios esa disparidad no se constituía en un problema de equidad.
En ese marco reclaman, con absoluta razón, un sistema impositivo más justo, menos gravoso, simplificaciones administrativas de todas las jurisdicciones con las que interactúan, un desmantelamiento de las infinitas regulaciones y en general un clima de negocios más amigable.
Todos esos hitos emergen de la sensatez y por lo tanto sería imprudente no hacer lo esencial en esa dirección. Hay que darle celeridad a esa agenda de reformas en la medida que no se comprometa el equilibrio general ni se ponga en riesgo lo logrado hasta aquí.
Pero simultáneamente hay que tener mucho cuidado con acceder a los dobleces de quienes, con gran talento, conociendo las rendijas del sistema, y en sintonía con conseguir cierta paridad competitiva usarán cualquier ardid para generar regímenes transitorios, postergar reformas y sobrevivir sin cambiar durante algún lapso mayor apostando a que esto que está sucediendo se detenga o tropiece.
Es clave no perder el norte. Definitivamente hay que disminuir la magnitud y cantidad de impuestos, pero no solo los nacionales sino también los provinciales tan perversos como los otros y los municipales que disfrazados tributariamente recaudan vorazmente sin ofrecer contraprestación alguna.
Hay mucho por hacer para confirmar el rumbo y es central separar la paja del trigo. Un país mejor se hace con buenas ideas y con normas cristalinas. No hay que dar margen para que los malandras de siempre utilicen sus habilidades para demorar este proceso, con su dialéctica tan retorcidamente turbia como su inocultable pasado.