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“Estoy un poco perdido”

Por El Litoral

Viernes, 13 de marzo de 2026 a las 16:18

"Estoy un poco perdido”, dijo  el piloto argentino de Fórmula 1 Franco Colapinto al describir su momento en la pista. La frase pertenece al mundo del automovilismo, pero podría trasladarse con facilidad al clima político que rodea por estas horas al episodio protagonizado por Manuel Adorni y el viaje de su pareja en la comitiva presidencial rumbo a Nueva York.
La discusión pública que siguió al episodio parece moverse, justamente, entre cierta confusión y una dosis considerable de sobreactuación. Como suele ocurrir en la política argentina, el debate rápidamente se polarizó entre quienes ven en el hecho un escándalo mayúsculo y quienes lo consideran una polémica completamente artificial. Entre ambos extremos, sin embargo, hay un espacio más razonable desde el cual mirar la cuestión.
No se trata de un asunto que, por sí mismo, defina el rumbo de un gobierno ni mucho menos el futuro institucional del país. Pero sí es un episodio que invita a reflexionar sobre algo más profundo: la relación entre discurso político, expectativas sociales y conductas concretas de quienes ejercen el poder.
El gobierno encabezado por Javier Milei llegó al poder con una narrativa muy clara. Durante años, el hoy presidente y muchos de sus colaboradores construyeron su identidad política denunciando los privilegios de la dirigencia tradicional, criticando el uso discrecional de recursos públicos y prometiendo un estilo de gobierno austero, distante de lo que suele resumirse con la palabra “casta”.
Ese discurso no solo fue eficaz electoralmente: también elevó el nivel de exigencia con el que la sociedad evalúa cada gesto del oficialismo. En ese contexto, la presencia de la pareja de un funcionario en un viaje presidencial —aun cuando pueda tener explicaciones administrativas o logísticas— inevitablemente despierta preguntas.
No porque sea un hecho necesariamente ilegal o extraordinario, sino porque toca un punto sensible en la narrativa política que el propio gobierno eligió construir.
La política, después de todo, no funciona únicamente con normas jurídicas. También opera con símbolos, señales y percepciones. Y en un gobierno que se presenta como una ruptura con prácticas anteriores, incluso los detalles adquieren un peso mayor.
La reacción oficial ante el episodio tampoco ayudó demasiado a ordenar la discusión. En lugar de una explicación simple, transparente y temprana, la controversia se fue alimentando de respuestas parciales, defensas airadas y críticas cada vez más estridentes desde la oposición. El resultado fue el habitual: ruido político y escasa claridad pública.
Conviene, sin embargo, evitar la tentación de convertir cada episodio en un escándalo definitivo. La Argentina tiene una larga historia de polémicas desproporcionadas que terminan diluyendo problemas más estructurales. Si todo es grave, finalmente nada lo es.
Pero tampoco parece razonable despachar la cuestión como si fuera completamente irrelevante. Cuando un gobierno llega al poder prometiendo cambiar hábitos profundamente arraigados en la política, la coherencia cotidiana se vuelve parte central de su acción.
La austeridad, la transparencia y el rechazo a los privilegios no son solo consignas de campaña: son compromisos que deben sostenerse en la práctica diaria, incluso en situaciones aparentemente menores.
Por eso, más que la polémica en sí misma, lo verdaderamente interesante del episodio es lo que revela sobre la dinámica del poder. Gobernar implica tomar decisiones bajo una observación constante y aceptar que los estándares que uno mismo promueve se convierten luego en el criterio con el que será evaluado.
Quizás allí radique la lección más simple de esta discusión. En política, la coherencia no se demuestra únicamente en las grandes reformas o en los discursos encendidos. También se pone a prueba en esos momentos pequeños, casi administrativos, donde se decide si las reglas que se exigen a otros también aplicanlos propios.
Cuando eso no queda del todo claro, es comprensible que algunos ciudadanos —como el propio Colapinto en la pista— digan sentirse, al menos por un momento, un poco perdidos.

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