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Con una rubia en el avión

Con una economía en baja, la imagen presidencial está en lento deterioro. Para colmo, no imaginó Milei que el cisne negro de su gestión  viajaba a su lado en el avión, acompañado de su rubia esposa. La corrupción vuelve a hacer mella en el gobierno libertario. ¿Será suficiente como para poner en duda el 2027? Por el momento, no hay oposición que capitalice el fuerte tropezón.  

Martes, 17 de marzo de 2026 a las 16:13

Jorgesimonetti.com

“Con una rubia en el avión…me voy de shopping, me voy de compras, me voy con ella, que es una estrella”

Los ladrones sueltos

Dos rubias pueden servir para la comparación. Nuestra comprovinciana Virginia gallardo, diputada nacional por La Libertad Avanza, luego del “escándalo Adorni” posteó en Instragram: “una batalla cultural que estamos decididos a dar, donde la moral vuelva a ser el frente principal de la discusión pública”.

No sabemos si expresa un propósito moralizador hacia el futuro -lo que supondría una crítica hacia el pasado contra su gobierno- o, simplemente una frase “cliché” de las tantas que estamos acostumbrados a escuchar de boca de los políticos.

Tal vez quedó cautivada por las palabras del presidente, en el discurso inaugural de las sesiones ordinarias del 1° de marzo ppdo., que anunció la llegada de “la moral como política de estado”.

La otra rubia, la del avión presidencial, es la esposa del cisne negro que se coló por la rendija de las cosas inesperadas y provocó una tempestad en un vaso de agua. Le puso el meme a la canción de Los ladones sueltos.

Cómo sea, lo cierto es que no son buenos tiempos para que el gobierno hable de moral, de ética pública, de conductas ejemplares. Se le nota la hilacha debajo de las vestiduras.

En la política argentina existe una escena conocida: el funcionario con el dedito levantado. Señala. Acusa. Moraliza. Explica a los demás cómo debe comportarse la República.

Es una postura frecuente. Pero se vuelve particularmente incómoda cuando quien levanta el dedo olvida mirar su propia mano.

El gobierno de Javier Milei llegó al poder con un discurso moral tan intenso como pocas veces se había visto en la política argentina reciente. La prédica era clara: la Argentina estaba arruinada por “la casta”. Una clase dirigente privilegiada, hipócrita, corrupta.

Frente a ella aparecía una fuerza nueva que venía a limpiar el sistema. La narrativa funcionó. Mucha gente quiso creer que esta vez la política iba a ser distinta.

Pero el poder tiene una curiosa capacidad pedagógica: suele enseñar rápidamente lo difícil que es sostener la pureza moral cuando se administran recursos, cargos y privilegios.

En ese punto aparece la vieja compañera de la política: la doble moral.

Manuel Adorni parece el funcionario al que le cabe el sayo como anillo al dedo. Cómo vocero oficial, su dedito levantado fue casi una constante en la prédica de la moralidad pública…para los demás.

“El 1° de marzo ppdo., en su discurso, Javier Milei inauguró su nuevo período de gobierno, al que denominó “la moral como política pública”. En sus dos primeros años, la moral ¿estuvo ausente?”

Firmó y difundió un decreto dónde prohibía el uso del avión presidencial para cuestiones y personas no relacionadas con la función pública. Pero, fue el primero en estar con su rubia esposa en la escalerilla de la aeronave oficial, para viajar a los Estados Unidos.

Es de libro, no? Primero el sermón moralista, después la excepción. En política hay un nombre para eso: hipocresía.

El caso del avión presidencial es económicamente insignificante, pero simbólicamente devastador. Un gobierno que vino a terminar supuestamente con los privilegios, aparece utilizando exactamente uno de los privilegios clásicos del poder.

 Y entonces surge una pregunta incómoda: ¿era una revolución ética o simplemente un cambio de pasajeros?

El problema es que el episodio no es aislado. Forma parte de una seguidilla de conductas inmorales y delictuosas que se están investigando en la “tortuguesca” justicia para los inquilinos del poder.

Andis, un paradigma de la falta de límites con las temáticas más complejas y sensibles, representa la mano en la lata de los dineros públicos destinados a los discapacitados. LIBRA#, una estafa organizada, en la que están apareciendo, a torrentes, pruebas casi irrefutables de la participación presidencial. Las balas pican en el centro del poder, a pesar del “cajoneo” del fiscal Taiano.

Para su tranquilidad, tal vez Milei debería consultar a Cristina sobre los tiempos judiciales. Lentos para los que ocupan el poder, rápidos para los que salen de él. Y son temas que no prescriben.

“Andis y LIBRA# son los dos escándalos principales del gobierno de Milei que investiga la justicia. El “adornigate” es la frutilla del postre libertario, que puede intoxicar a muchos argentinos”

Cada episodio puede tener su explicación. Cada funcionario puede tener su defensa. Eso forma parte del proceso institucional. Pero cuando los casos se acumulan, el problema deja de ser individual y pasa a ser político.

Porque el discurso oficial no fue moderado ni prudente. Fue implacable. Durante meses se instaló la idea de que existía una frontera moral absoluta: de un lado estaban los corruptos, los privilegiados, los integrantes de la casta.

Del otro lado, los nuevos puritanos de la política, los libertarios. Ese tipo de relato tiene un problema elemental: no admite fallas propias. Cuando uno se presenta como el único guardián de la moral pública, cualquier incoherencia se convierte en una contradicción monumental.

 La política argentina está llena de gobiernos que denunciaron los abusos del poder… hasta que les tocó ejercerlo. Y entonces descubrieron algo incómodo: el poder ofrece tentaciones que el discurso moral suele olvidar: aviones oficiales, cargos para allegados, interpretaciones flexibles de las normas, justificaciones ingeniosas. Nada demasiado original.

“¿Se derrumba el relato maniqueo de “nosotros los honestos, uds. los chorros?  “En un mismo lodo, todos manoseaos”, dice el tango”

Lo que sí resulta novedoso es el tono casi inquisitorial con el que este gobierno juzga a todos los demás. Cada error ajeno era presentado como prueba de decadencia moral. Cada privilegio del pasado era denunciado con indignación pedagógica. El dedito siempre levantado.

Pero la ética pública no funciona como un arma para atacar adversarios. No es un instrumento de propaganda. Es una disciplina personal y política que exige coherencia. Y la coherencia tiene una característica incómoda: empieza por casa.

El uso particular de un avión oficial, fue incluido por los libertarios en el inventario de la “casta”. Ahora parece que depende de quién esté sentado en la ventanilla.

Gobernar con el dedito levantado exige, doblemente, mirarse la propia mano.

 

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