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Viernes 21de Septiembre de 2018CORRIENTES31°Pronóstico Extendidoclima_nublado

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Triunfalismo y políticas débiles

El general Perón, al regreso de su largo exilio, sentenció: “A esto lo arreglamos entre todos o no lo arregla nadie”. La fórmula, todavía vigente, fue irrealizable durante este largo período. Desde el retorno a la democracia, en 1983, la dirigencia argentina, y no sólo política, fue incapaz de imaginar políticas de Estado que revirtieran el desastre en que dejó el poder, en todos los terrenos, la última dictadura militar.
Hoy nada indica, en momentos de extrema volatilidad internacional, como puede apreciarse en los crecientes conflictos comerciales y la pelea por los flujos migratorios, que la sociedad argentina se encuentra madura para efectuar un acuerdo entre los distintos segmentos de nuestra variada dirigencia. La prueba es la imprecisa e inútil huelga última. Sin embargo, necesitamos concedernos una tregua porque no hay, simplemente, otra alternativa.
En una nota de opinión en el diario Clarín, el escritor y ensayista Miguel Espejo sostiene que las proclamas de distribución cuando caminamos por el filo de la navaja no sólo son irresponsables, sino suicidas. Es verdad que el elevado préstamo del FMI no hubiera sido concedido sin la activa participación de Estados Unidos (y posiblemente haya pesado la relación personal entre Macri y su antiguo amigo), pero esto no disminuye en nada el factor de alto riesgo que constituye Trump en el escenario mundial.   
Perón, antes de su convocatoria, también había incentivado “el ascenso a los extremos” (Clausewitz) de una sociedad que había visto cómo se había erosionado su participación en el Producto Bruto Mundial desde 1930. Ese descenso no se detuvo y continúa hasta el día de hoy cuando, en términos comparativos, hay menos para repartir y la desigualdad se ha acrecentado, especialmente en el período 1976-2018, a niveles que nadie podía imaginar cuando en 1960 los que estaban bajo la línea de pobreza no alcanzaban al 10%.
Esta incapacidad de generar políticas de Estado ha sido la principal responsabilidad de nuestra dirigencia política. Nos han sobrado “punteros” y nos han faltado estadistas. Hoy se padece una situación peor que antes de 1983 en salud, educación y seguridad. Tenemos un Estado caro e ineficiente. La evolución de nuestra expectativa de vida con la de otros países de América Latina y el desastre educativo revelan mejor que cualquier otro dato nuestra verdadera situación. Un desastre que casi nadie quiere ver ni asumir.
Se le atribuye a Sarmiento la advertencia que dependía sólo de nosotros evitar que ignorante, el único anagrama de la palabra argentino, se volviera un sinónimo del gentilicio. A lo largo de la historia humana muchas veces se ha señalado que la ignorancia más peligrosa es la de aquellos que creen saber.
Ese pronóstico se ha vuelto, lamentablemente, una parte consustancial de nuestra idiosincrasia, como si la capacidad de negación del otro y del mundo que nos rodea fuera una de nuestras principales características, incluso superior al tan mentado ego que hace que, según otra famosa fórmula, el mayor negocio del mundo consista en comprar a un argentino por lo que vale y venderlo por lo que dice valer.
La dirigencia política, especialmente el peronismo, ha actuado, cada vez que tuvo acceso al Ejecutivo, despreciando el hecho de que la democracia es, además de la separación de poderes, su alternancia. Hubo una insolente atribución al hablar en nombre del pueblo como representantes exclusivos, sobre todo en el momento de “Cristina eterna”, tipo “Reich milenario”.
No podemos negar que hemos vivido durante décadas una especie de “guerra civil diferida”, donde los conflictos no se dirimieron sólo en las urnas, sino a través de supuestos valores superiores. 
En esto el peronismo se las ha ingeniado, hasta ahora, para ser la víctima que salvará al pueblo de las desgracias que él mismo provoca.

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Triunfalismo y políticas débiles

El general Perón, al regreso de su largo exilio, sentenció: “A esto lo arreglamos entre todos o no lo arregla nadie”. La fórmula, todavía vigente, fue irrealizable durante este largo período. Desde el retorno a la democracia, en 1983, la dirigencia argentina, y no sólo política, fue incapaz de imaginar políticas de Estado que revirtieran el desastre en que dejó el poder, en todos los terrenos, la última dictadura militar.
Hoy nada indica, en momentos de extrema volatilidad internacional, como puede apreciarse en los crecientes conflictos comerciales y la pelea por los flujos migratorios, que la sociedad argentina se encuentra madura para efectuar un acuerdo entre los distintos segmentos de nuestra variada dirigencia. La prueba es la imprecisa e inútil huelga última. Sin embargo, necesitamos concedernos una tregua porque no hay, simplemente, otra alternativa.
En una nota de opinión en el diario Clarín, el escritor y ensayista Miguel Espejo sostiene que las proclamas de distribución cuando caminamos por el filo de la navaja no sólo son irresponsables, sino suicidas. Es verdad que el elevado préstamo del FMI no hubiera sido concedido sin la activa participación de Estados Unidos (y posiblemente haya pesado la relación personal entre Macri y su antiguo amigo), pero esto no disminuye en nada el factor de alto riesgo que constituye Trump en el escenario mundial.   
Perón, antes de su convocatoria, también había incentivado “el ascenso a los extremos” (Clausewitz) de una sociedad que había visto cómo se había erosionado su participación en el Producto Bruto Mundial desde 1930. Ese descenso no se detuvo y continúa hasta el día de hoy cuando, en términos comparativos, hay menos para repartir y la desigualdad se ha acrecentado, especialmente en el período 1976-2018, a niveles que nadie podía imaginar cuando en 1960 los que estaban bajo la línea de pobreza no alcanzaban al 10%.
Esta incapacidad de generar políticas de Estado ha sido la principal responsabilidad de nuestra dirigencia política. Nos han sobrado “punteros” y nos han faltado estadistas. Hoy se padece una situación peor que antes de 1983 en salud, educación y seguridad. Tenemos un Estado caro e ineficiente. La evolución de nuestra expectativa de vida con la de otros países de América Latina y el desastre educativo revelan mejor que cualquier otro dato nuestra verdadera situación. Un desastre que casi nadie quiere ver ni asumir.
Se le atribuye a Sarmiento la advertencia que dependía sólo de nosotros evitar que ignorante, el único anagrama de la palabra argentino, se volviera un sinónimo del gentilicio. A lo largo de la historia humana muchas veces se ha señalado que la ignorancia más peligrosa es la de aquellos que creen saber.
Ese pronóstico se ha vuelto, lamentablemente, una parte consustancial de nuestra idiosincrasia, como si la capacidad de negación del otro y del mundo que nos rodea fuera una de nuestras principales características, incluso superior al tan mentado ego que hace que, según otra famosa fórmula, el mayor negocio del mundo consista en comprar a un argentino por lo que vale y venderlo por lo que dice valer.
La dirigencia política, especialmente el peronismo, ha actuado, cada vez que tuvo acceso al Ejecutivo, despreciando el hecho de que la democracia es, además de la separación de poderes, su alternancia. Hubo una insolente atribución al hablar en nombre del pueblo como representantes exclusivos, sobre todo en el momento de “Cristina eterna”, tipo “Reich milenario”.
No podemos negar que hemos vivido durante décadas una especie de “guerra civil diferida”, donde los conflictos no se dirimieron sólo en las urnas, sino a través de supuestos valores superiores. 
En esto el peronismo se las ha ingeniado, hasta ahora, para ser la víctima que salvará al pueblo de las desgracias que él mismo provoca.