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Divorciados (II)

Por José Ceschi

¡Buen día! Estoy transcribiendo algunos párrafos de una carta pastoral de los obispos del Alto Rin, Alemania, referente sobre todo a la actitud de la Iglesia frente a las personas que han recibido el sacramento del matrimonio, se separaron y luego contrajeron matrimonio civil. Ya se sabe que la Iglesia prohíbe administrar la eucaristía a quienes viven esta situación irregular. Los obispos del Alto Rin, sin oponerse a las directivas de la Iglesia, afinan su reflexión cuando expresan:
“Sin embrago, el derecho canónico sólo puede establecer un ‘orden de validez general y no puede regular todo los diferentes casos que además son, con frecuencia, muy complejos’. Por ello hay que aclarar a través del diálogo pastoral si lo que tiene validez general es aplicable a la situación en concreto. De esta base no se puede partir siempre. Sobre todo cuando los afectados se han convencido fundamentalmente de la nulidad de su primer matrimonio, pero no es posible probarlo en un proceso ante el Tribunal Eclesial. En casos parecidos a este, el diálogo pastoral puede ayudar a los afectados a encontrar, tras un examen de conciencia, su decisión más personal, que ha de ser respetada por la Iglesia y la parroquia. Acompañar a otros en este importante proceso del propio examen de conciencia para tomar una determinación es una obligación y una misión de la pastoral, sobre todo de los sacerdotes, encargados oficiales del servicio de reconciliación y unión.
En unas directrices elaboradas especialmente para los responsables de la pastoral, hemos redactado algunos principios para el seguimiento pastoral de las personas cuyos matrimonios han fracasado. Lo que es evidente es que no puede haber una solución sencilla y terminante a la compleja situación de las personas divorciadas que han contraído matrimonio por segunda vez. La misericordia de la reconciliación exige siempre una conversión personal. No podemos convertirla en una “misericordia barata2. Ni una severidad exagerada ni una indulgencia debilitada serán de beneficio. La medida de nuestro proceder y de nuestros discursos sólo puede ser Jesucristo…”.
¡Hasta mañana!

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Divorciados (II)

Por José Ceschi

¡Buen día! Estoy transcribiendo algunos párrafos de una carta pastoral de los obispos del Alto Rin, Alemania, referente sobre todo a la actitud de la Iglesia frente a las personas que han recibido el sacramento del matrimonio, se separaron y luego contrajeron matrimonio civil. Ya se sabe que la Iglesia prohíbe administrar la eucaristía a quienes viven esta situación irregular. Los obispos del Alto Rin, sin oponerse a las directivas de la Iglesia, afinan su reflexión cuando expresan:
“Sin embrago, el derecho canónico sólo puede establecer un ‘orden de validez general y no puede regular todo los diferentes casos que además son, con frecuencia, muy complejos’. Por ello hay que aclarar a través del diálogo pastoral si lo que tiene validez general es aplicable a la situación en concreto. De esta base no se puede partir siempre. Sobre todo cuando los afectados se han convencido fundamentalmente de la nulidad de su primer matrimonio, pero no es posible probarlo en un proceso ante el Tribunal Eclesial. En casos parecidos a este, el diálogo pastoral puede ayudar a los afectados a encontrar, tras un examen de conciencia, su decisión más personal, que ha de ser respetada por la Iglesia y la parroquia. Acompañar a otros en este importante proceso del propio examen de conciencia para tomar una determinación es una obligación y una misión de la pastoral, sobre todo de los sacerdotes, encargados oficiales del servicio de reconciliación y unión.
En unas directrices elaboradas especialmente para los responsables de la pastoral, hemos redactado algunos principios para el seguimiento pastoral de las personas cuyos matrimonios han fracasado. Lo que es evidente es que no puede haber una solución sencilla y terminante a la compleja situación de las personas divorciadas que han contraído matrimonio por segunda vez. La misericordia de la reconciliación exige siempre una conversión personal. No podemos convertirla en una “misericordia barata2. Ni una severidad exagerada ni una indulgencia debilitada serán de beneficio. La medida de nuestro proceder y de nuestros discursos sólo puede ser Jesucristo…”.
¡Hasta mañana!