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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

Latinoamérica: democracia y violencia

Los sucesos en Chile y Bolivia tienen un hilo conductor: la nueva izquierda y su metodología de la “batalla cultural” para hacerse del poder en los países de América Latina. Diseñada en el Foro de San Pablo e inspirada en el filósofo posmarxista Antonio Gramsci, culmina con el apoderamiento de los resortes del Estado, ya sea a través de los votos o de la desestabilización con variables dosis de violencia.

Especial para El Litoral

“La nueva izquierda considera a la democracia el escenario donde se deben desarrollar las disputas de clase”.

“La neoizquierda” (2019), 

libro del autor

Chile es el país de mejor economía de América Latina y el de mayor estabilidad democrática. Sin sustraerse completamente a los períodos de crisis globales, supo, sin embargo, mantener una continuidad en sus políticas económicas que lo llevaron a ser la nación sudamericana con más alto ingreso per cápita.

Su democracia es digna de imitación. Luego de la terrible dictadura pinochetista, se sucedieron gobiernos de centro izquierda por cuatro períodos, para luego desembocar en otros cuatro períodos presidenciales en los que hubo una alternancia entre la centro izquierda (Michele Bachelet) y la centro derecha (Sebastián Piñera).

Pero hoy Chile es casi un polvorín, que nació en el reclamo por un insignificante aumento del transporte, se extendió como reguero de pólvora a otras reivindicaciones como las del sistema previsional y culminó con un estado de saqueo, incendios, represión y muerte.

En Bolivia, luego de casi tres períodos presidenciales de Evo Morales, que supo conducir a su país a una bonanza económica casi desconocida para esa nación hermana, pretendió continuar en el mando institucional forzando el ordenamiento jurídico y manipulando de manera fraudulenta los últimos comicios. La presión civil, luego acompañada por las fuerzas militares y policiales, y el pronunciamiento de la OEA, precipitaron su renuncia. A partir de entonces, la violencia se enseñoreó en esos lugares.

Los que piensen que los conflictos en Chile y Bolivia, y el que está en ciernes en Colombia, son producto de una suma de hechos sin un hilo conductor, sin dudas no conocen la metodología que la nueva izquierda instrumenta como modo de acción para la penetración cultural y política. Es el diseño del Foro de San Pablo, creado en 1990, que reúne a los partidos políticos y movimientos de izquierda de esta parte del mundo.

Lo que viene sucediendo en América Latina se inscribe en un contexto de indudable tinte ideológico, no ya aquel de izquierdas y derechas del mundo bipolar, sino el de la renovada metodología que el italiano Antonio Gramsci supo inyectar al posmarxismo. Ya no utiliza el acto disruptivo de la revolución proletaria, sino el de la gota que horada la piedra de la denominada “batalla cultural”, interrumpida en ocasiones con actos violentos.

Apuestan a ganar el poder a través de la penetración cultural, que supone una mimetización con el sistema democrático, al que consideran simplemente como un escenario de disputa de los intereses de clase. Las instituciones democráticas y el ordenamiento jurídico son insumos desechables, lo que importa es el “pueblo empoderado”.

La “batalla cultural” es la metodología, el objetivo es la “hegemonía” de las “clases populares” (o sea, de ellos mismos), que primero es cultural, luego política y, finalmente, institucional a través del apoderamiento del Estado, con votos o con variables dosis de violencia.

Pero, a no confundirse, la nueva izquierda no es revolucionaria ni socialista, es un combo de populismo, corrupción y autoritarismo, en dosis variables y según el país. Esta metodología ha sido explicada de manera detallada en mi último libro, “La neoizquierda”, publicado en 2019.

Ningún gobierno de los populismos de América Latina, conocidos ampulosamente con el rótulo bolivariano de “socialismo del siglo XXI”, atacó la médula del sistema capitalista. No fue la socialización de la riqueza lo que produjeron en esos lugares, sino algo menos idealista y más mundano: el desarrollo de un capitalismo de amigos que les permitió llenar sus bolsillos con el manejo del estado.

La igualdad social que pregonan, en los lugares que gobernaron no fue tan igualitaria ni tan social. Vino de la mano de un clientelismo descarnado y de recetas pseudodistribucionistas que reparten migajas a costa de apoyos políticos, sin atacar el núcleo de las desigualdades.

Ya en el poder, la consigna es perpetuarse de cualquier manera, tal cual Evo Morales. En el llano, el método es la desestabilización como sucede en Chile.

Los patéticos ejemplos que la neoizquierda tiene para exhibir en función de gobierno, es el proceso bolivariano en Venezuela, que ha expulsado más de cinco millones de ciudadanos cercados por el hambre y el autoritarismo, y la revolución cubana, un régimen anciano que condenó a sus connacionales al atraso más grande y a una dictadura que lleva más de sesenta años.

Es cierto que la desigualdad social es hoy uno de los problemas principales en el mundo, aquí y en casi todas partes. La concentración de la riqueza se está volviendo una temática de abordaje ineludible. Pero no es con la violencia en países con estabilidad democrática, ni con la perpetuación en el poder de personajes mesiánicos, como se circula por el buen camino para lograr soluciones.

En la Argentina, tenemos en claro que, hoy, el dato central de la política populista en nuestro país es el kirchnerismo. El peronismo se ha convertido en tributario del movimiento político de Cristina, y no al revés como en sus orígenes. Y el kirchnerismo tiene una alianza estratégica con la nueva izquierda, esa que se mueve por todo el subcontinente para desestabilizar países hermanos como Chile y Bolivia.

Por la legítima vía de los votos, fracaso económico de Macri mediante, vuelven a obtener el gobierno. Por lo visto hasta ahora, regresan con las mismas recetas y la misma impronta política de los doce años que gobernaron. Lo hacen recargados, por lo que denominan la “derrota neoliberal”.

Para colmo, aquellos que pensaban que la racionalidad de Alberto Fernández podría contrapesar el platillo de las demasías cristinistas, pareciera diluirse como posibilidad. Se mueve con similar impronta que su mentora, con actitudes histriónicas que nos están dejando mal parados con Uruguay, Bolivia, Chile, y con nuestro socio principal, Brasil. Es que no hay prenda que no se parezca a su dueña.

Es cierto que los tiempos han cambiado en el mundo, que los gobernantes y los políticos deben sacudirse la modorra ante nuevos desafíos y nuevas demandas de conglomerados, que no parecen tributar al sistema tradicional de partidos políticos, pero no es con la violencia, la perpetuación en el gobierno, la disolución del poder del Estado democrático ni la metodología de una ideología que implosionó en el siglo pasado, cómo los pueblos del subcontinente podrán emerger con mejores condiciones de vida.

Para nosotros, para los hombres de buena voluntad, las instituciones democráticas no son insumo de segunda categoría ni medio para lograr fines contrarios a su esencia. Es el sistema en el que queremos seguir viviendo, y sólo lo lograremos cuando a la violencia y a los intentos de perpetuación los contrarrestemos con más y más democracia.

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