Provincia y Alberto; Nación y Valdés
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Provincia y Alberto; Nación y Valdés

¿Qué habrá que esperar de la relación entre los gobiernos nacional y provincial ahora que se fue Mauricio Macri? ¿Acuerdos totales? ¿El resurgimiento de los radicales K, como en el primer tramo del colombismo? ¿Resistencias varias, como en la segunda parte de aquel pasado? ¿O será el momento de un trabajo superador, que tenga más que ver con el perfil conciliador y a la vez pragmático del Presidente y del Gobernador? 

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Por Eduardo Ledesma
Diario El Litoral
@EOLedesma

Alberto Fernández estrenó traje de presidente con un discurso eficaz desde el punto de vista comunicativo; jalonado de postas simbólicas robustas para propios y extraños; contundente desde el punto de vista político, y esperanzador de cara al futuro. Hay incluso quien creyó escuchar una pieza discursiva de las más elaboradas desde que Raúl Ricardo Alfonsín consumó la conquista democrática en el año 1983. 
Desde la vereda opuesta, el oficialismo que hoy trocó en oposición, inscribió algunos párrafos del mensaje en columnas barnizadas de mezquindad. Le achacan al Presidente severidad en la crítica y amnesia en los aspectos en los que bien podría caber algún reconocimiento. Hubo también algunos, más atrevidos, que después de mucho callar salieron a pedir autocrítica. 
No obstante esto, lo que parece difícil de soslayar, aun en la intimidad de quienes desconfían del regreso mejorado del peronismo al poder nacional, es la alta calificación que tuvo en general el proceso inaugural del gobierno albertista. Más allá de los gestos con Macri de Alberto, y de los gestos de Cristina, el texto leído configuró un discurso prudente, desprovisto de grandilocuencias, pero al mismo tiempo filoso y necesario para trazar una línea de largada y proyectar -en un horizonte todavía nuboso- un camino de salida.
Algún sector político y ciudadano, cansado de la desfachatez de cierto núcleo kirchnerista, posó sus ojos no sólo en lo que se dijo, sino también en cómo se dijo. La síntesis es también aquí positiva.
Alberto Fernández habló al país, al peronismo en todas sus variantes, pero también le habló a los otros. Buscando postes políticos en los que apoyar su necesidad de autonomía (aclaración imprescindible dado el indiscutido liderazgo de Cristina Fernández de Kirchner), buscó dar señales concretas de un cambio de formas y de fondo. La síntesis, aquí, está en etapa de prueba. En proceso. En veremos.
El radicalismo pareció ser uno de sus objetivos. El más cercano. Y para ello Alberto Fernández se valió de su referencia indiscutida. En varios tramos del mensaje ante la Asamblea Legislativa, desde el inicio incluso, reactualizó el portento republicano de Alfonsín:  
—Hoy celebramos el momento en que la Argentina toda sepultó la más cruel de las dictaduras que hemos debido soportar. Ese día (el 10 de diciembre de 1983), hace 36 años, Raúl Alfonsín asumía la presidencia y nos abría una puerta hacia el respeto a la pluralidad de ideas y nos devolvía la institucionalidad que habíamos perdido.
—Cuando mi mandato concluya, la democracia argentina estará cumpliendo 40 años de vigencia ininterrumpida. Ese día quisiera poder demostrar que Raúl Alfonsín tenía razón. Espero que entre todos podamos demostrar que con la democracia se cura, se educa y se come.
Terminaba casi la lectura de la alocución -que le insumió alrededor de una hora-, cuando pidió lo que Alfonsín efectivamente hizo:
—Yo quiero ser el presidente de la escucha, del diálogo, del acuerdo para construir el país de todos. (...) Tenemos que aprender a escucharnos aun sabiendo que no pensamos lo mismo. Demasiado tiempo probamos el método del enojo y del rencor. Todas y todos debemos despojarnos del rencor que cargamos. Volvamos a ganarnos la confianza del otro. Volvamos a confiarnos entre nosotros.

***
Estas palabras, pasadas por el cedazo de la historia reciente, confirman la vocación componedora de Alberto Fernández. Pero cuidado: hay que mirar bien para no confundir. No hay candidez en lo que hizo cuando fue jefe de Gabinete, ni en lo que dice ahora, siendo Presidente.  
Alberto y Néstor Kirchner jugaron a la política pensando en el poder: en su conquista, control y expansión, y de ese juego surgieron, por caso, los llamados radicales K. 
De ese juego surgieron gobernadores (los correntinos lo saben muy bien) y también el vicepresidente Julio Cobos. 
De ese juego se retiraron algunos con la mochila cargada de enojos (también lo recuerdan algunos correntinos; otros prefieren no hacerlo) y otros lo siguieron jugando (lo saben muy bien en Misiones como en Santiago del Estero).
La estrategia, que aun con sus problemas resultó exitosa alguna vez (por lo menos en términos electorales), podría ser una clave a tener en cuenta en este nuevo momento de la institucionalidad argentina. 
Por la negativa, cerca de la Casa Rosada de Corrientes parecen confirmarlo. Algunos operadores que gastan las suelas de sus zapatos en la esquina de Salta y 25 de Mayo optan por poner reparos. 
“Mano de hierro recubierta de terciopelo”, le dijo a este cronista un profesional de la política que pisa a diario esas baldosas del poder correntino. “Nada cambió. Todo parece color de rosas, pero más allá de los colores, las rosas tienen espinas. Y habrá que ver cuándo brotan”.

***
El gobernador Gustavo Valdés se ciñó al protocolo. Participó de la ceremonia de asunción del Presidente e incluso, por su varias cuentas, en la virtualidad de las redes sociales, le deseó “muchos éxitos en su gestión” y anunció que “vamos a trabajar juntos para que Corrientes continúe por la senda del desarrollo y el progreso”.
En declaraciones posteriores le reconoció el llamado “a la unidad nacional para cerrar la grieta”. “Tenemos que sumarnos todos a tratar de conciliar”, comprometió.
Sobre el discurso, dijo: “Marcó lo que no le gustó de la gestión anterior y omitió lo que se hizo bien, pero así es el juego de la política”. 
Además, dijo: “Fernández habló de federalismo y esperamos que eso se dé y que cada provincia tenga lo suyo y que no volvamos a tener un federalismo que sea únicamente en los papeles, en la letra de la Constitución, mientras en la realidad se consolida el unitarismo fiscal, donde las provincias no reciben los recursos que les corresponden”. Antes de ayer le reclamó el lugar de Corrientes en Yacyretá y el pago de las regalías de Salto Grande, además de las obras que necesita la provincia.

***
Aquí confluyen los planos de emisión y recepción del discurso. Confluyen las necesidades nacionales y provinciales como producto de la misma feroz crisis económica. La pobreza que aqueja en ambos niveles con la desigualdad como telón de fondo. Las cuestiones institucionales y políticas que constituyen el cimiento de las relaciones que a partir de ahora comenzarán a construir tanto el Presidente como el Gobernador. 
¿Podrá Alberto Fernández estar a la altura de lo que quiere, de lo que leyó el martes en el Congreso? ¿Podrá contra el hambre, contra las mafias, contra los servicios secretos que brindan servicios a agentes públicos para neutralizar opositores? ¿Podrá cerrar la grieta? ¿En verdad vino para ser mejor? 
La era albertista recién empieza. Tiene crédito, como todos los que empiezan, pero a corto plazo. La situación es extrema y se contrapone a las expectativas generadas, entre otras cosas por la convocatoria a la unidad que es abierta y generosa, y por las primeras medidas anunciadas. Hay muchas dudas, pero ello no coarta la ilusión de muchas y muchos. Y menos la de “los últimos”.
En el plano político es momento del tanteo. Dicen, de hecho, que entre Corrientes y Buenos Aires hay ya varios puentes tendidos. Primeras y segundas líneas de ambos gabinetes están hablando, pero sin definiciones, “porque no sabemos qué pasará todavía, y tampoco sabemos si los interlocutores tienen capacidad de maniobra. Y esto vale para Buenos Aires como para nosotros”, dijo un importante ministro correntino. Parece querer decir que solo el tiempo sabe “si volveremos a la resistencia o habrá reciprocidad”. 
Se cuela, también, en esa frase, la posibilidad de cambios en los laderos de Valdés, más allá de las urgencias. La posibilidad calienta el aire oficialista porque está a la vista que hay algunos ministros que no pueden o no quieren tomar nota de que ya hace dos años es otro el ritmo del gobierno. 

***
El flamante Presidente se puso una vara muy alta, lo cual encierra la dificultad de prever con qué velocidad e instrumentos pasará de las palabras a los hechos. Corrientes no está ajena a esos cabildeos: concretar acciones, muchas de ellas anunciadas por Valdés, desafía al resto de la clase dirigente a pensar de otra manera. Los desafía a ver el mundo con cristales del siglo XXI.
¿Habrá que tener un poco de paciencia? Sí, claro: el tiempo siempre se venga de las cosas que se hacen sin su consentimiento. Igual habrá que apurar un poco: el tiempo no es como el dinero. No puede ahorrarse. Y en un santiamén tiende a huir para siempre.

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Provincia y Alberto; Nación y Valdés

¿Qué habrá que esperar de la relación entre los gobiernos nacional y provincial ahora que se fue Mauricio Macri? ¿Acuerdos totales? ¿El resurgimiento de los radicales K, como en el primer tramo del colombismo? ¿Resistencias varias, como en la segunda parte de aquel pasado? ¿O será el momento de un trabajo superador, que tenga más que ver con el perfil conciliador y a la vez pragmático del Presidente y del Gobernador? 

Por Eduardo Ledesma
Diario El Litoral
@EOLedesma

Alberto Fernández estrenó traje de presidente con un discurso eficaz desde el punto de vista comunicativo; jalonado de postas simbólicas robustas para propios y extraños; contundente desde el punto de vista político, y esperanzador de cara al futuro. Hay incluso quien creyó escuchar una pieza discursiva de las más elaboradas desde que Raúl Ricardo Alfonsín consumó la conquista democrática en el año 1983. 
Desde la vereda opuesta, el oficialismo que hoy trocó en oposición, inscribió algunos párrafos del mensaje en columnas barnizadas de mezquindad. Le achacan al Presidente severidad en la crítica y amnesia en los aspectos en los que bien podría caber algún reconocimiento. Hubo también algunos, más atrevidos, que después de mucho callar salieron a pedir autocrítica. 
No obstante esto, lo que parece difícil de soslayar, aun en la intimidad de quienes desconfían del regreso mejorado del peronismo al poder nacional, es la alta calificación que tuvo en general el proceso inaugural del gobierno albertista. Más allá de los gestos con Macri de Alberto, y de los gestos de Cristina, el texto leído configuró un discurso prudente, desprovisto de grandilocuencias, pero al mismo tiempo filoso y necesario para trazar una línea de largada y proyectar -en un horizonte todavía nuboso- un camino de salida.
Algún sector político y ciudadano, cansado de la desfachatez de cierto núcleo kirchnerista, posó sus ojos no sólo en lo que se dijo, sino también en cómo se dijo. La síntesis es también aquí positiva.
Alberto Fernández habló al país, al peronismo en todas sus variantes, pero también le habló a los otros. Buscando postes políticos en los que apoyar su necesidad de autonomía (aclaración imprescindible dado el indiscutido liderazgo de Cristina Fernández de Kirchner), buscó dar señales concretas de un cambio de formas y de fondo. La síntesis, aquí, está en etapa de prueba. En proceso. En veremos.
El radicalismo pareció ser uno de sus objetivos. El más cercano. Y para ello Alberto Fernández se valió de su referencia indiscutida. En varios tramos del mensaje ante la Asamblea Legislativa, desde el inicio incluso, reactualizó el portento republicano de Alfonsín:  
—Hoy celebramos el momento en que la Argentina toda sepultó la más cruel de las dictaduras que hemos debido soportar. Ese día (el 10 de diciembre de 1983), hace 36 años, Raúl Alfonsín asumía la presidencia y nos abría una puerta hacia el respeto a la pluralidad de ideas y nos devolvía la institucionalidad que habíamos perdido.
—Cuando mi mandato concluya, la democracia argentina estará cumpliendo 40 años de vigencia ininterrumpida. Ese día quisiera poder demostrar que Raúl Alfonsín tenía razón. Espero que entre todos podamos demostrar que con la democracia se cura, se educa y se come.
Terminaba casi la lectura de la alocución -que le insumió alrededor de una hora-, cuando pidió lo que Alfonsín efectivamente hizo:
—Yo quiero ser el presidente de la escucha, del diálogo, del acuerdo para construir el país de todos. (...) Tenemos que aprender a escucharnos aun sabiendo que no pensamos lo mismo. Demasiado tiempo probamos el método del enojo y del rencor. Todas y todos debemos despojarnos del rencor que cargamos. Volvamos a ganarnos la confianza del otro. Volvamos a confiarnos entre nosotros.

***
Estas palabras, pasadas por el cedazo de la historia reciente, confirman la vocación componedora de Alberto Fernández. Pero cuidado: hay que mirar bien para no confundir. No hay candidez en lo que hizo cuando fue jefe de Gabinete, ni en lo que dice ahora, siendo Presidente.  
Alberto y Néstor Kirchner jugaron a la política pensando en el poder: en su conquista, control y expansión, y de ese juego surgieron, por caso, los llamados radicales K. 
De ese juego surgieron gobernadores (los correntinos lo saben muy bien) y también el vicepresidente Julio Cobos. 
De ese juego se retiraron algunos con la mochila cargada de enojos (también lo recuerdan algunos correntinos; otros prefieren no hacerlo) y otros lo siguieron jugando (lo saben muy bien en Misiones como en Santiago del Estero).
La estrategia, que aun con sus problemas resultó exitosa alguna vez (por lo menos en términos electorales), podría ser una clave a tener en cuenta en este nuevo momento de la institucionalidad argentina. 
Por la negativa, cerca de la Casa Rosada de Corrientes parecen confirmarlo. Algunos operadores que gastan las suelas de sus zapatos en la esquina de Salta y 25 de Mayo optan por poner reparos. 
“Mano de hierro recubierta de terciopelo”, le dijo a este cronista un profesional de la política que pisa a diario esas baldosas del poder correntino. “Nada cambió. Todo parece color de rosas, pero más allá de los colores, las rosas tienen espinas. Y habrá que ver cuándo brotan”.

***
El gobernador Gustavo Valdés se ciñó al protocolo. Participó de la ceremonia de asunción del Presidente e incluso, por su varias cuentas, en la virtualidad de las redes sociales, le deseó “muchos éxitos en su gestión” y anunció que “vamos a trabajar juntos para que Corrientes continúe por la senda del desarrollo y el progreso”.
En declaraciones posteriores le reconoció el llamado “a la unidad nacional para cerrar la grieta”. “Tenemos que sumarnos todos a tratar de conciliar”, comprometió.
Sobre el discurso, dijo: “Marcó lo que no le gustó de la gestión anterior y omitió lo que se hizo bien, pero así es el juego de la política”. 
Además, dijo: “Fernández habló de federalismo y esperamos que eso se dé y que cada provincia tenga lo suyo y que no volvamos a tener un federalismo que sea únicamente en los papeles, en la letra de la Constitución, mientras en la realidad se consolida el unitarismo fiscal, donde las provincias no reciben los recursos que les corresponden”. Antes de ayer le reclamó el lugar de Corrientes en Yacyretá y el pago de las regalías de Salto Grande, además de las obras que necesita la provincia.

***
Aquí confluyen los planos de emisión y recepción del discurso. Confluyen las necesidades nacionales y provinciales como producto de la misma feroz crisis económica. La pobreza que aqueja en ambos niveles con la desigualdad como telón de fondo. Las cuestiones institucionales y políticas que constituyen el cimiento de las relaciones que a partir de ahora comenzarán a construir tanto el Presidente como el Gobernador. 
¿Podrá Alberto Fernández estar a la altura de lo que quiere, de lo que leyó el martes en el Congreso? ¿Podrá contra el hambre, contra las mafias, contra los servicios secretos que brindan servicios a agentes públicos para neutralizar opositores? ¿Podrá cerrar la grieta? ¿En verdad vino para ser mejor? 
La era albertista recién empieza. Tiene crédito, como todos los que empiezan, pero a corto plazo. La situación es extrema y se contrapone a las expectativas generadas, entre otras cosas por la convocatoria a la unidad que es abierta y generosa, y por las primeras medidas anunciadas. Hay muchas dudas, pero ello no coarta la ilusión de muchas y muchos. Y menos la de “los últimos”.
En el plano político es momento del tanteo. Dicen, de hecho, que entre Corrientes y Buenos Aires hay ya varios puentes tendidos. Primeras y segundas líneas de ambos gabinetes están hablando, pero sin definiciones, “porque no sabemos qué pasará todavía, y tampoco sabemos si los interlocutores tienen capacidad de maniobra. Y esto vale para Buenos Aires como para nosotros”, dijo un importante ministro correntino. Parece querer decir que solo el tiempo sabe “si volveremos a la resistencia o habrá reciprocidad”. 
Se cuela, también, en esa frase, la posibilidad de cambios en los laderos de Valdés, más allá de las urgencias. La posibilidad calienta el aire oficialista porque está a la vista que hay algunos ministros que no pueden o no quieren tomar nota de que ya hace dos años es otro el ritmo del gobierno. 

***
El flamante Presidente se puso una vara muy alta, lo cual encierra la dificultad de prever con qué velocidad e instrumentos pasará de las palabras a los hechos. Corrientes no está ajena a esos cabildeos: concretar acciones, muchas de ellas anunciadas por Valdés, desafía al resto de la clase dirigente a pensar de otra manera. Los desafía a ver el mundo con cristales del siglo XXI.
¿Habrá que tener un poco de paciencia? Sí, claro: el tiempo siempre se venga de las cosas que se hacen sin su consentimiento. Igual habrá que apurar un poco: el tiempo no es como el dinero. No puede ahorrarse. Y en un santiamén tiende a huir para siempre.