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Grosería

Por José Ceschi

 ¡Buen día! Escena vivida en la mesa de una familia muy querida. El hijo adolescente, bastante parco en el hablar, hace un comentario sobre no sé qué tema. Quedé sorprendido por la cantidad de palabrotas que pronuncia con toda serenidad. Es un hijo de padres profesionales y estudiantes en un buen colegio de la ciudad. Estoy a punto de exclamar: “Nene ¡qué palabritas!”. Pero me contengo. Menos mal, porque apenas toma la palabra el padre, dice tal ristra de groserías que me deja casi sin aliento. Es obvio que los chicos se acostumbran a las palabrotas desde pequeños, porque las escuchan primero en casa. Ya se sabe que el hogar es la matriz donde se forman los hijos. Si sus padres son gritones, los hijos aprenderán a ser gritones. Si los padres son calmos, los hijos aprenderán a ser calmos. Si los padres se expresan groseramente, los hijos serán contagiados. Salvo excepciones, en todos los casos. Desde luego que la casa no es la única responsable. Están en la calle los amigos, los compañeros de escuela, el deporte, la tele, la internet con todas sus variantes...
Para más, hay defensores del derecho a decir malas palabras, algunos incluso encumbrados en el sentimiento popular. Ellos suelen decir que las malas palabras son otras: guerra, robo, corrupción, explotación, violación, asesinato... Ello es cierto, en algún sentido. Pero no debemos olvidar que aquellas palabras no son malas en sí mismas, sino que expresan lo malo, contra lo cual hay que luchar. Tal vez habría que recordar que, en realidad, no existen malas palabras, sino palabras que hacen mal: en sí mismas, por quien las pronuncia, a quien se dirige, en tal circunstancia. Es comprensible que alguien, en un arrebato de ira o para enfatizar lo que dice, recurra a una grosería. Depende de las circunstancias. Digo que es comprensible, no que esté bien. Sigo pensando que los adultos deberíamos dar buen ejemplo a nuestros chicos. En el castellano hay cantidad de palabras suficientemente enfáticas como para no tener que recurrir al trámite fácil de las groserías.
¡Hasta mañana!

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Grosería

Por José Ceschi

 ¡Buen día! Escena vivida en la mesa de una familia muy querida. El hijo adolescente, bastante parco en el hablar, hace un comentario sobre no sé qué tema. Quedé sorprendido por la cantidad de palabrotas que pronuncia con toda serenidad. Es un hijo de padres profesionales y estudiantes en un buen colegio de la ciudad. Estoy a punto de exclamar: “Nene ¡qué palabritas!”. Pero me contengo. Menos mal, porque apenas toma la palabra el padre, dice tal ristra de groserías que me deja casi sin aliento. Es obvio que los chicos se acostumbran a las palabrotas desde pequeños, porque las escuchan primero en casa. Ya se sabe que el hogar es la matriz donde se forman los hijos. Si sus padres son gritones, los hijos aprenderán a ser gritones. Si los padres son calmos, los hijos aprenderán a ser calmos. Si los padres se expresan groseramente, los hijos serán contagiados. Salvo excepciones, en todos los casos. Desde luego que la casa no es la única responsable. Están en la calle los amigos, los compañeros de escuela, el deporte, la tele, la internet con todas sus variantes...
Para más, hay defensores del derecho a decir malas palabras, algunos incluso encumbrados en el sentimiento popular. Ellos suelen decir que las malas palabras son otras: guerra, robo, corrupción, explotación, violación, asesinato... Ello es cierto, en algún sentido. Pero no debemos olvidar que aquellas palabras no son malas en sí mismas, sino que expresan lo malo, contra lo cual hay que luchar. Tal vez habría que recordar que, en realidad, no existen malas palabras, sino palabras que hacen mal: en sí mismas, por quien las pronuncia, a quien se dirige, en tal circunstancia. Es comprensible que alguien, en un arrebato de ira o para enfatizar lo que dice, recurra a una grosería. Depende de las circunstancias. Digo que es comprensible, no que esté bien. Sigo pensando que los adultos deberíamos dar buen ejemplo a nuestros chicos. En el castellano hay cantidad de palabras suficientemente enfáticas como para no tener que recurrir al trámite fácil de las groserías.
¡Hasta mañana!