En los tiempos del “cuidate”
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En los tiempos del “cuidate”

El coronavirus comenzó en el comunismo capitalista del autoritario régimen chino. Entró a la vieja Europa, aprovechando la laxitud de sus autoridades. Se hizo pudiente y elitista al viajar en aviones y cruceros por todo el mundo. Se convirtió en popular en cada país, al no diferenciar clases sociales. Es silencioso, invisible y agresivo. Ataca donde advierte flancos en el comportamiento social. Su único temor es que los humanos se vuelvan humanos. La solidaridad es la única forma de acabar con él.

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Por Jorge Eduardo Simonetti
jorgesimonetti.com
Especial para El Litoral

 

“Y la gente se quedó en casa/y leyó libros y escuchó/y descansó y se ejercitó/e hizo arte y jugó/y aprendió nuevas formas de ser…”

Kitty O’Meara, En tiempos de pandemia.
 
El texto del comienzo es un poema escrito días pasados por una maestra estadounidense y publicado en su blog. Rápidamente se difundió en las redes, aunque como una antífona gregoriana del año 1800, cuando una epidemia de fiebre amarilla dejó cientos de miles de muertos. Es que, más de doscientos años es mucho si de tecnología y comunicaciones hablamos, pero es nada cuando debemos enfrentar enfermedades generalizadas que dejan casi inerme a la humanidad.
El coronavirus o Covid-19 no es la epidemia más letal, sí la de mayor velocidad de trasmisión. En tiempos de globalización, no necesitó de las redes sociales para expandirse exponencialmente, tampoco del mosquito. Sólo tuvo que subirse como polizonte a los aviones que surcan el mundo, y, enancado en las humedades de los viajeros, encontró su zona de confort del norte al sur, del este al oeste, en todo el planeta.
Tiene ideología, aunque fue cambiando. Primero lo veíamos lejos, en el insondable comunismo capitalista de China, que por su falta de libertad de expresión nos impidió conocerlo a tiempo en su real dimensión.
Enseguida se hizo pudiente y elitista al viajar casi solapadamente en aviones y cruceros, y, al llegar a cada país, se convirtió en popular y masivo, sin discriminar entre pudientes con capacidad económica para pagarse viajes al exterior, de aquellos ciudadanos que apenas subsisten, o, porque no decirlo, de esos otros cuya vida transcurre entre fecha y fecha de cobro del subsidio.
No tiene pasaporte propio, no se presenta a las autoridades migratorias para trasponer aduanas, utiliza los documentos de viaje de sus huéspedes, con los que ingresa sin ser visto entre los huecos pegajosos de sus humedades.
Eso sí, no es nacionalista a ultranza, no le gustan las fronteras, es cultor fanático de la globalización, eso le permite con mayor disimulo transitar el mundo, aunque cuando encuentra un país con laxitud en sus autoridades e idiotez en sus habitantes, no pasa sólo de turista, se queda a vivir como uno más de los nacionales.
Circula invisible, no por timidez o falsa vergüenza, sino para poder socializar con la estupidez humana con mayor fluidez y desde el anonimato, con el cual se siente a sus anchas. Es astuto, esconde su histrionismo, se mantiene primero expectante, estudia los comportamientos, para luego asaltar con virulencia allí donde advierte un flanco en el comportamiento social.
No se lleva bien con las personas responsables, prudentes, normales, pero sabe que se puede llegar a ellas por medio de los otros humanos, sus verdaderos amigos, los irresponsables, los imprudentes, los necios.
No es improvisado, ni tan siquiera espontáneo, tiene un plan de acción perfectamente presupuestado. Estudia el país, sus autoridades, sus habitantes, y, aunque no le haga asco a nada ni a nadie, despliega todas sus fuerzas allí donde los confiados superan a los prevenidos. Conoce cada país, su desarrollo, su infraestructura sanitaria, su impronta social y, sobre todo, el comportamiento de sus autoridades.
Supo jugar con la hospitalidad italiana y española, advirtió autoridades desatentas y, en gran parte, se metió hasta el hueso aprovechando el factor sorpresa.
Les dio un tiempo más a las Américas, no mucho más. Pero se quedó observando desde la vieja Europa, lo que hacían esos países, sus gobiernos, sus habitantes.
Se entusiasmó con el “laissez faire” de Trump en Estados Unidos, de López Obrador en México, de Bolsonaro en Brasil, y se relamió pensando en lo populoso de esas naciones, con grandes ciudades de gentes apiñadas. Prepara su ataque masivo.
 Se lamentó que en Argentina gobernara Fernández. Hubiera sido más fácil con la soberbia de Cristina o con la lentitud de Macri, al que le pareció mejor el sistema inglés de Boris Johnson (hoy enfermo), que en plena pandemia anunció el relanzamiento comercial a nivel mundial del Reino Unido post-brexitiano.
Ya lo tiene todo fríamente calculado: si no mata por enfermedad, mata por miseria. Le ha presentado al mundo un dilema de hierro: salud o bienestar económico. O nos protegemos paralizando las actividades (incluyendo las económicas) o seguimos persiguiendo la prosperidad aunque cuesten vidas.
No es partidario del secretismo, expone lo mejor y lo peor de las personas y de las sociedades, sus bondades y sus miserias, sus carencias y sus virtudes.
Pero, a decir verdad, no todo está bajo control para el coronavirus. La Argentina lo tiene un poco desorientado, en realidad los argentinos.
A la par de advertir la valentía de su personal sanitario que se juega la vida todos los días, de sus recolectores de residuos, empleados en casas de alimentos, fuerzas de seguridad, y tantas otras actividades, sabe también que con ellos conviven personas a los que les importa nada la vida del prójimo y, en su necedad, exponen una conducta altamente antisocial, desentendida o directamente hipócrita.
No pasó por alto la cola de autos para ir a los lugares de vacaciones, tampoco los viajeros regresados que no cumplen con las normas elementales de aislamiento, menos aún las figuras públicas que, utilizando la mentira, pretendieron disimular su doble estándar moral. Allí encontró campo fértil.
Pero, también está un poco desconcertado con los argentinos, pues la mayoría se manifestó prudente y solidario, lo que dificulta de sobremanera su tarea.
Su consuelo es que pudo fomentar el federalismo. Nunca antes las autoridades provinciales y municipales se manejaron con tanta libertad para planificar y ejecutar medidas, aunque muchas de ellas sean desconcertantes: municipios y provincias que cierran sus límites o regulan horarios comerciales que favorecen la concentración en lugar de la dispersión de clientes. Por lo menos, el federalismo no le hace fácil al virus, que ya está elaborando un GPS para avanzar por distintos puntos de la geografía argentina.
Pero, lo que no estaba en sus cálculos es el renacimiento de una virtud que se creía terminada en el alma de la humanidad: la solidaridad, la verdadera, la única receta que servirá para acabarlo. Me cuido yo y lo cuido a mi prójimo, estoy aislado físicamente, pero estoy contigo moral y sentimentalmente.
Ruega con fervor que su presencia sólo genere una reacción, pero no un verdadero cambio en la humanidad, porque si se termina el individualismo egoísta y el hombre baja definitivamente de su palmera de omnipotencia, sus días estarán contados.
 Observa que ya no estamos viviendo en el tiempo del “hasta luego”, sino del “cuidate”. Y por eso, sólo por eso, tal vez el futuro ya no sea el mismo.  Está preocupado ante la posibilidad de que los humanos se vuelvan realmente humanos.

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En los tiempos del “cuidate”

El coronavirus comenzó en el comunismo capitalista del autoritario régimen chino. Entró a la vieja Europa, aprovechando la laxitud de sus autoridades. Se hizo pudiente y elitista al viajar en aviones y cruceros por todo el mundo. Se convirtió en popular en cada país, al no diferenciar clases sociales. Es silencioso, invisible y agresivo. Ataca donde advierte flancos en el comportamiento social. Su único temor es que los humanos se vuelvan humanos. La solidaridad es la única forma de acabar con él.

Por Jorge Eduardo Simonetti
jorgesimonetti.com
Especial para El Litoral

 

“Y la gente se quedó en casa/y leyó libros y escuchó/y descansó y se ejercitó/e hizo arte y jugó/y aprendió nuevas formas de ser…”

Kitty O’Meara, En tiempos de pandemia.
 
El texto del comienzo es un poema escrito días pasados por una maestra estadounidense y publicado en su blog. Rápidamente se difundió en las redes, aunque como una antífona gregoriana del año 1800, cuando una epidemia de fiebre amarilla dejó cientos de miles de muertos. Es que, más de doscientos años es mucho si de tecnología y comunicaciones hablamos, pero es nada cuando debemos enfrentar enfermedades generalizadas que dejan casi inerme a la humanidad.
El coronavirus o Covid-19 no es la epidemia más letal, sí la de mayor velocidad de trasmisión. En tiempos de globalización, no necesitó de las redes sociales para expandirse exponencialmente, tampoco del mosquito. Sólo tuvo que subirse como polizonte a los aviones que surcan el mundo, y, enancado en las humedades de los viajeros, encontró su zona de confort del norte al sur, del este al oeste, en todo el planeta.
Tiene ideología, aunque fue cambiando. Primero lo veíamos lejos, en el insondable comunismo capitalista de China, que por su falta de libertad de expresión nos impidió conocerlo a tiempo en su real dimensión.
Enseguida se hizo pudiente y elitista al viajar casi solapadamente en aviones y cruceros, y, al llegar a cada país, se convirtió en popular y masivo, sin discriminar entre pudientes con capacidad económica para pagarse viajes al exterior, de aquellos ciudadanos que apenas subsisten, o, porque no decirlo, de esos otros cuya vida transcurre entre fecha y fecha de cobro del subsidio.
No tiene pasaporte propio, no se presenta a las autoridades migratorias para trasponer aduanas, utiliza los documentos de viaje de sus huéspedes, con los que ingresa sin ser visto entre los huecos pegajosos de sus humedades.
Eso sí, no es nacionalista a ultranza, no le gustan las fronteras, es cultor fanático de la globalización, eso le permite con mayor disimulo transitar el mundo, aunque cuando encuentra un país con laxitud en sus autoridades e idiotez en sus habitantes, no pasa sólo de turista, se queda a vivir como uno más de los nacionales.
Circula invisible, no por timidez o falsa vergüenza, sino para poder socializar con la estupidez humana con mayor fluidez y desde el anonimato, con el cual se siente a sus anchas. Es astuto, esconde su histrionismo, se mantiene primero expectante, estudia los comportamientos, para luego asaltar con virulencia allí donde advierte un flanco en el comportamiento social.
No se lleva bien con las personas responsables, prudentes, normales, pero sabe que se puede llegar a ellas por medio de los otros humanos, sus verdaderos amigos, los irresponsables, los imprudentes, los necios.
No es improvisado, ni tan siquiera espontáneo, tiene un plan de acción perfectamente presupuestado. Estudia el país, sus autoridades, sus habitantes, y, aunque no le haga asco a nada ni a nadie, despliega todas sus fuerzas allí donde los confiados superan a los prevenidos. Conoce cada país, su desarrollo, su infraestructura sanitaria, su impronta social y, sobre todo, el comportamiento de sus autoridades.
Supo jugar con la hospitalidad italiana y española, advirtió autoridades desatentas y, en gran parte, se metió hasta el hueso aprovechando el factor sorpresa.
Les dio un tiempo más a las Américas, no mucho más. Pero se quedó observando desde la vieja Europa, lo que hacían esos países, sus gobiernos, sus habitantes.
Se entusiasmó con el “laissez faire” de Trump en Estados Unidos, de López Obrador en México, de Bolsonaro en Brasil, y se relamió pensando en lo populoso de esas naciones, con grandes ciudades de gentes apiñadas. Prepara su ataque masivo.
 Se lamentó que en Argentina gobernara Fernández. Hubiera sido más fácil con la soberbia de Cristina o con la lentitud de Macri, al que le pareció mejor el sistema inglés de Boris Johnson (hoy enfermo), que en plena pandemia anunció el relanzamiento comercial a nivel mundial del Reino Unido post-brexitiano.
Ya lo tiene todo fríamente calculado: si no mata por enfermedad, mata por miseria. Le ha presentado al mundo un dilema de hierro: salud o bienestar económico. O nos protegemos paralizando las actividades (incluyendo las económicas) o seguimos persiguiendo la prosperidad aunque cuesten vidas.
No es partidario del secretismo, expone lo mejor y lo peor de las personas y de las sociedades, sus bondades y sus miserias, sus carencias y sus virtudes.
Pero, a decir verdad, no todo está bajo control para el coronavirus. La Argentina lo tiene un poco desorientado, en realidad los argentinos.
A la par de advertir la valentía de su personal sanitario que se juega la vida todos los días, de sus recolectores de residuos, empleados en casas de alimentos, fuerzas de seguridad, y tantas otras actividades, sabe también que con ellos conviven personas a los que les importa nada la vida del prójimo y, en su necedad, exponen una conducta altamente antisocial, desentendida o directamente hipócrita.
No pasó por alto la cola de autos para ir a los lugares de vacaciones, tampoco los viajeros regresados que no cumplen con las normas elementales de aislamiento, menos aún las figuras públicas que, utilizando la mentira, pretendieron disimular su doble estándar moral. Allí encontró campo fértil.
Pero, también está un poco desconcertado con los argentinos, pues la mayoría se manifestó prudente y solidario, lo que dificulta de sobremanera su tarea.
Su consuelo es que pudo fomentar el federalismo. Nunca antes las autoridades provinciales y municipales se manejaron con tanta libertad para planificar y ejecutar medidas, aunque muchas de ellas sean desconcertantes: municipios y provincias que cierran sus límites o regulan horarios comerciales que favorecen la concentración en lugar de la dispersión de clientes. Por lo menos, el federalismo no le hace fácil al virus, que ya está elaborando un GPS para avanzar por distintos puntos de la geografía argentina.
Pero, lo que no estaba en sus cálculos es el renacimiento de una virtud que se creía terminada en el alma de la humanidad: la solidaridad, la verdadera, la única receta que servirá para acabarlo. Me cuido yo y lo cuido a mi prójimo, estoy aislado físicamente, pero estoy contigo moral y sentimentalmente.
Ruega con fervor que su presencia sólo genere una reacción, pero no un verdadero cambio en la humanidad, porque si se termina el individualismo egoísta y el hombre baja definitivamente de su palmera de omnipotencia, sus días estarán contados.
 Observa que ya no estamos viviendo en el tiempo del “hasta luego”, sino del “cuidate”. Y por eso, sólo por eso, tal vez el futuro ya no sea el mismo.  Está preocupado ante la posibilidad de que los humanos se vuelvan realmente humanos.