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Adictos

Siempre amamos lo malo para nosotros y los otros. Ser canchero nos redime de la conciencia irresponsable. Autores incorregibles del: “Yo, ¡argentino!”.

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Por Adalberto Balduino
Especial para El Litoral

Siempre fuimos incondicionales a todas las adicciones, porque el ego, la soberbia como la omnipotencia, derriban vallas, trasponen todo lo establecido, con el apuro de soluciones pero más que nada con la satisfacción propia de haber faltado a todo orden. El desacato a todo lo que signifique disciplina ciudadana o de estado, como compartimiento inconformista belicoso, es tan apegado al hombre que todo cometido serio, responsable, jamás deja de tener problemas. Siempre priman, en esencia, lo que tan bien marca el doctor en psicología Juan Alberto Yaría, director general de Gradiva Rehabilitación de Adicciones: omnipotencia, soberbia y el ego. Pero mucho mayor aún es la base de villas y barrios del país, donde los abusos se ganan toda encuesta: la pobreza estructural que afecta lo laboral y social en general, volteando lo racional y educacional. El lo define como a esas personas que se han “pirado” de todo orden por acción u omisión, como “zombis” o “nadies”, tomando el problema desde la raíz, pero que todo intento, por intentarlo, no poder, o fracasar: “Son aquellos que entre la omnipotencia, la negación, el autismo y la indiferencia, siguen una vida fuera de toda norma sanitaria”. Rematando para que la duda no desvirtúe la realidad: “La omnipotencia, la soberbia y el ego son los virus más peligrosos”. Tramo convergente con la pandemia en que las bases desvencijadas, corroídas por males de años, pero mucho más por adicciones a las drogas, bebidas, y hasta suicidarse o matar, sumándose a la cadena de femicidios  interminables, de mujeres fallecidas que en número superan las más espeluznantes encuestas, que de tantas, pierden la suma que prosigue creciendo inalterablemente, evadiendo todo cálculo, todos los días.
Esto me hace acordar, dada mi frecuencia en mi juventud con el cine, cuando la música de la banda sonora cinematográfica de Elmer Bernstein se ganó todos los elogios, especialmente cuando la batería calla para que el cencerro protagonice como un palpitar de fuerte dramatismo en medio del tema, semejando que la síncopa parezca un latido fuertemente marcado. Me refiero a la película “El hombre del brazo de oro” (“The Man with the Golden Arm”), llamada así por un crupier o “tallador” de cartas, que tenía una suerte de “oro” en el juego por su estilo y contundencia. La producción y dirección le correspondieron al prestigioso Otto Preminguer. El elenco estaba conformado por Frank Sinatra, Eleanor Parker, Kim Novak, Darren Mac Gavin, en una realización cinematográfica del año 1955, perteneciente a la United Artists. La misma obtuvo el Premio Oscar por banda sonora, con nominaciones para mejor actor y mejor dirección artística. Sinatra fue laureado por ella en 1957 con el Premio Fafta. No me escapé del tema central, las adicciones (este es un recreo que me tomo), por ser casi una copia de ellas, con las mismas consecuencias de postergación social de las personas. El protagonista central, Frank Sinatra, sale de prisión habiendo cumplido condena por desmanes, por ser adicto a la heroína. Trata de ordenar su vida y procura abstinencia, nunca cumplida pero siempre prometida, y por tanto apela a su gran oficio artístico, baterista, como una forma posible de encaminar su vida hacia un cometido cierto y saludable. Su viejo empleador de las partidas de póquer, Schwiefka, hombre de baja calaña, le paga como forma de chantaje una fianza, porque el traje usado por Frankie en su debut con la banda de jazz era robado. Este gesto “benévolo” del gánster le permite obligarlo volver a su viejo oficio de “hombre del brazo de oro” o crupier, para una partida jugosa en ciernes. Esa actividad nociva, de hacer lo indebido, más frondoso antecedente policial, le genera gran tensión y depresión, obligándolo a volver a la heroína y sus consecuencias como mero paliativo. El final, después de muchas vicisitudes, tomará el camino de la cordura junto a su nuevo amor, Kim Novak, quien lo encierra en su departamento y logra desintoxicarlo, amén de ser un buen escondite, porque la policía lo estaba buscando por un supuesto crimen. Escena de gran protagonismo en la cura del síndrome de abstinencia por parte de Sinatra, que marca un final anunciado: el de reiniciar un futuro posible pero difícil. Podría decirse que en la vida misma siempre sucede así, promesas que jamás se cumplen, la falta de protagonismo y oportunidades de las personas, la pobreza cruda que ya viene desde atrás, desde sus padres. Es la mishiadura fortísima que lo obliga a torcer sus cometidos y entregarse finalmente al supuesto sedante, la droga, que pone en peligro su vida y la de los demás, que lo sume mucho más en la marginalidad, foco de todo fin imprevisible.
En esta parte de las adicciones, mencionarlo al periodista Carlos Muñoz y Pérez, más conocido por sus seudónimos de poesías lunfardas: El Malevo Muñoz o Carlos de la Púa, por su mirada infalible del hombre que en la marginalidad apela a las adicciones más diversas, como dueño de lo ajeno para vivir y poder romper supuestamente el “cerco” de su triste realidad social. Roba, por eso él lo define en su poesía: “Hermano chorro”. “Hermano chorro, yo también / sé del escruche y de la lanza… / la vida es dura, amarga y cansa / sin tovén. / Yo también tengo un laburo / de ganzúa y palanqueta. / El amor es un balurdo / en puerta. / Con tal que no sea al pobre / robá, hermano, sin medida… / Yo sé que tu vida de orre / es muy jodida. / Tomá caña, pitá fuerte, / jugá tu casimba al truco / y emborrachate, el mañana / es un grupo. / ¡Tras cartón está la muerte!”. Justamente en el año 1928 publicó Carlos de la Púa su libro “La crenya engrasada”, del cual elegimos esta poesía que pinta el submundo del desposeído, explicando duramente en lunfardo ese paisaje de adictos, ligeros y vivos. Sin omitir todos los caminos donde la necesidad disimula, algunos sí, otros no, que se pierden en ese laberinto donde se producen atroces e imponderables consecuencias de la injusticia de una sociedad en que la diferencia es cada vez más marcada. Diferencia para la gloria de los menos. Diferencia para la muerte de los sin salida.
Alguna vez el periodista, escritor y poeta uruguayo Eduardo Galeano dio en la clave, definiendo al desclasado, al que por su pobreza está fuera de todo sistema, al desposeído, reincidente en las adicciones, de gente que accede a ellas por la búsqueda desesperada de supuestas soluciones que jamás se dan. Reproducimos un verso de la poesía “Los Nadies” de Eduardo Galeano, tan solo una que marca la peligrosidad de un virus que corroe a la sociedad, como lo expresa el Juan Alberto Yaría: “Los zombis o nadies”, Eduardo Galeano los define: “Los nadies, los hijos de nadie, los dueños de nada. / Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, / jodidos, rejodidos”.
Esa grave diferencia entre quienes tienen más y quienes tienen menos debe acortarse; ser más equitativa; más razonable; más solidaria. Ser razón, para que nadie se sienta ajeno ni paria en su propio país.

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Siempre amamos lo malo para nosotros y los otros. Ser canchero nos redime de la conciencia irresponsable. Autores incorregibles del: “Yo, ¡argentino!”.

Por Adalberto Balduino
Especial para El Litoral

Siempre fuimos incondicionales a todas las adicciones, porque el ego, la soberbia como la omnipotencia, derriban vallas, trasponen todo lo establecido, con el apuro de soluciones pero más que nada con la satisfacción propia de haber faltado a todo orden. El desacato a todo lo que signifique disciplina ciudadana o de estado, como compartimiento inconformista belicoso, es tan apegado al hombre que todo cometido serio, responsable, jamás deja de tener problemas. Siempre priman, en esencia, lo que tan bien marca el doctor en psicología Juan Alberto Yaría, director general de Gradiva Rehabilitación de Adicciones: omnipotencia, soberbia y el ego. Pero mucho mayor aún es la base de villas y barrios del país, donde los abusos se ganan toda encuesta: la pobreza estructural que afecta lo laboral y social en general, volteando lo racional y educacional. El lo define como a esas personas que se han “pirado” de todo orden por acción u omisión, como “zombis” o “nadies”, tomando el problema desde la raíz, pero que todo intento, por intentarlo, no poder, o fracasar: “Son aquellos que entre la omnipotencia, la negación, el autismo y la indiferencia, siguen una vida fuera de toda norma sanitaria”. Rematando para que la duda no desvirtúe la realidad: “La omnipotencia, la soberbia y el ego son los virus más peligrosos”. Tramo convergente con la pandemia en que las bases desvencijadas, corroídas por males de años, pero mucho más por adicciones a las drogas, bebidas, y hasta suicidarse o matar, sumándose a la cadena de femicidios  interminables, de mujeres fallecidas que en número superan las más espeluznantes encuestas, que de tantas, pierden la suma que prosigue creciendo inalterablemente, evadiendo todo cálculo, todos los días.
Esto me hace acordar, dada mi frecuencia en mi juventud con el cine, cuando la música de la banda sonora cinematográfica de Elmer Bernstein se ganó todos los elogios, especialmente cuando la batería calla para que el cencerro protagonice como un palpitar de fuerte dramatismo en medio del tema, semejando que la síncopa parezca un latido fuertemente marcado. Me refiero a la película “El hombre del brazo de oro” (“The Man with the Golden Arm”), llamada así por un crupier o “tallador” de cartas, que tenía una suerte de “oro” en el juego por su estilo y contundencia. La producción y dirección le correspondieron al prestigioso Otto Preminguer. El elenco estaba conformado por Frank Sinatra, Eleanor Parker, Kim Novak, Darren Mac Gavin, en una realización cinematográfica del año 1955, perteneciente a la United Artists. La misma obtuvo el Premio Oscar por banda sonora, con nominaciones para mejor actor y mejor dirección artística. Sinatra fue laureado por ella en 1957 con el Premio Fafta. No me escapé del tema central, las adicciones (este es un recreo que me tomo), por ser casi una copia de ellas, con las mismas consecuencias de postergación social de las personas. El protagonista central, Frank Sinatra, sale de prisión habiendo cumplido condena por desmanes, por ser adicto a la heroína. Trata de ordenar su vida y procura abstinencia, nunca cumplida pero siempre prometida, y por tanto apela a su gran oficio artístico, baterista, como una forma posible de encaminar su vida hacia un cometido cierto y saludable. Su viejo empleador de las partidas de póquer, Schwiefka, hombre de baja calaña, le paga como forma de chantaje una fianza, porque el traje usado por Frankie en su debut con la banda de jazz era robado. Este gesto “benévolo” del gánster le permite obligarlo volver a su viejo oficio de “hombre del brazo de oro” o crupier, para una partida jugosa en ciernes. Esa actividad nociva, de hacer lo indebido, más frondoso antecedente policial, le genera gran tensión y depresión, obligándolo a volver a la heroína y sus consecuencias como mero paliativo. El final, después de muchas vicisitudes, tomará el camino de la cordura junto a su nuevo amor, Kim Novak, quien lo encierra en su departamento y logra desintoxicarlo, amén de ser un buen escondite, porque la policía lo estaba buscando por un supuesto crimen. Escena de gran protagonismo en la cura del síndrome de abstinencia por parte de Sinatra, que marca un final anunciado: el de reiniciar un futuro posible pero difícil. Podría decirse que en la vida misma siempre sucede así, promesas que jamás se cumplen, la falta de protagonismo y oportunidades de las personas, la pobreza cruda que ya viene desde atrás, desde sus padres. Es la mishiadura fortísima que lo obliga a torcer sus cometidos y entregarse finalmente al supuesto sedante, la droga, que pone en peligro su vida y la de los demás, que lo sume mucho más en la marginalidad, foco de todo fin imprevisible.
En esta parte de las adicciones, mencionarlo al periodista Carlos Muñoz y Pérez, más conocido por sus seudónimos de poesías lunfardas: El Malevo Muñoz o Carlos de la Púa, por su mirada infalible del hombre que en la marginalidad apela a las adicciones más diversas, como dueño de lo ajeno para vivir y poder romper supuestamente el “cerco” de su triste realidad social. Roba, por eso él lo define en su poesía: “Hermano chorro”. “Hermano chorro, yo también / sé del escruche y de la lanza… / la vida es dura, amarga y cansa / sin tovén. / Yo también tengo un laburo / de ganzúa y palanqueta. / El amor es un balurdo / en puerta. / Con tal que no sea al pobre / robá, hermano, sin medida… / Yo sé que tu vida de orre / es muy jodida. / Tomá caña, pitá fuerte, / jugá tu casimba al truco / y emborrachate, el mañana / es un grupo. / ¡Tras cartón está la muerte!”. Justamente en el año 1928 publicó Carlos de la Púa su libro “La crenya engrasada”, del cual elegimos esta poesía que pinta el submundo del desposeído, explicando duramente en lunfardo ese paisaje de adictos, ligeros y vivos. Sin omitir todos los caminos donde la necesidad disimula, algunos sí, otros no, que se pierden en ese laberinto donde se producen atroces e imponderables consecuencias de la injusticia de una sociedad en que la diferencia es cada vez más marcada. Diferencia para la gloria de los menos. Diferencia para la muerte de los sin salida.
Alguna vez el periodista, escritor y poeta uruguayo Eduardo Galeano dio en la clave, definiendo al desclasado, al que por su pobreza está fuera de todo sistema, al desposeído, reincidente en las adicciones, de gente que accede a ellas por la búsqueda desesperada de supuestas soluciones que jamás se dan. Reproducimos un verso de la poesía “Los Nadies” de Eduardo Galeano, tan solo una que marca la peligrosidad de un virus que corroe a la sociedad, como lo expresa el Juan Alberto Yaría: “Los zombis o nadies”, Eduardo Galeano los define: “Los nadies, los hijos de nadie, los dueños de nada. / Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, / jodidos, rejodidos”.
Esa grave diferencia entre quienes tienen más y quienes tienen menos debe acortarse; ser más equitativa; más razonable; más solidaria. Ser razón, para que nadie se sienta ajeno ni paria en su propio país.