Caminante que silba, colorada
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Caminante que silba, colorada

La especie escogida hoy está relacionada con la ecorregión campos y malezales, habita todo el nordeste argentino y se distribuye además por una ancha franja del país. En este contexto, Walter Disanti cuenta cómo es vivir cerca del río, en contacto con la vegetación, el agua, el país vecino y la idiosincrasia de Alvear.

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Por Walter Di Santi
y Abel Fleita
Especial para El Litoral

Los días ideales para escuchar a la colorada (Rhynchotus rufescens) son aquellos que se dan luego de las lluvias, cuando el pastizal queda húmedo y el sol alumbra sobre las llanuras infinitas.
Ambientes de este tipo los encontramos en la ecorregión campos y malezales, sobre el este de la provincia de Corrientes, caracterizados por amplias sabanas de pastizal de paja colorada, de pasto jesuita y con terrenos inundados y ondulados. Estos paisajes se encuentran vinculados por el oeste con las ecorregiones esteros del Iberá y espinal, de norte a sur, respectivamente. 
El ave que hoy describiremos brevemente, también conocida en el nordeste de Argentina como inambú guazú, mide 38 centímetros y pertenece a la familia tinamidae. Está formada además por martinetas, quiulas, perdices e inambúes.
Quienes la conocen saben que este tipo de especies se caracterizan por volar poco y caminar bastante, ocultas pero haciéndose oír, cual encargadas de vocalizar la vida en los pastizales.
“Fui, fuirefeuuu”, solitarios y pausados son los silbos de esta ave, cuyo nombre se referencia en el color de su plumaje, que le permite mimetizarse con la vegetación cuando camina, cuando decide ocultarse, o en las épocas en que incuban a sus pichones. Si la observamos en detalles, veremos que el dorso es de color marrón barrado, con contrastes claros y oscuros, mientras que en la zona del cuello y pecho el tono se vuelve canela. Sobre el ojo, hacia atrás, posee una delgada línea negra. Es llamativa la pequeña cresta marrón oscura.
La colorada, la especie escogida para relacionarla con la ecorregión campos y malezales, que hoy nos ocupa, habita todo el nordeste argentino y se distribuye además por una ancha franja del país, que llega hasta el límite sur de la provincia de Buenos Aires. En Corrientes, la colorada es una de las aves vecinas a los ríos Aguapey y Uruguay, los que con sus aguas y bosques en galería bañan mansos la ecorregión campos y malezales.

Desde Alvear en primera persona
Ser alvearense es tener un vínculo fuerte con el agua, de los ríos Uruguay, Aguapey, y de los humedales como bañados, tajamar, arroyos, aguadas. Es una experiencia compartida con las localidades que se asientan en la costa. Aun con los diferentes matices de cada paraje, pueblo y ciudad, sus habitantes tienen costumbres y hasta quizás una cosmovisión en común. 
Se vive en contacto con la naturaleza; unas 15 o 20 cuadras para allá ya están la orilla, el monte, los quintales, aparece el cielo abierto y la policromía con los colores de la ruralidad. Pero también es ser fronterizo, mamar de las propuestas comunicacionales desde Brasil, entender y hablar el portugués y ensayar la variante del portuñol. Además la influencia también se ejerce desde Misiones y la metrópolis de Buenos Aires.
Uno puede homenajearlos, destacarlos, pero convive con naturalidad con ser compueblano en Alvear con Isaco Abitbol y José Grabriel Ceballos, entre tantos otros referentes.
En verano, en Alvear y la ecorregión es tiempo de acercarse al río, de disfrutar el carnaval, de musiquear, de encontrarse con gente querida que viene de todas partes. Se eternizan las noches en tertulias. El otoño llega con naranjas, mandarinas, nueces y la tradicional salida para la recolección de marcela (Achyrocline satureioides) en Semana Santa.
El invierno trae heladas. Con mandarinas en las siestas soleadas. Los maníes tostados. Alguna caminata aprovechando el sol. La profunda observación por una ventana del repiqueteo de la lluvia. El sonido progresivo de las gotas que cada vez con mayor intensidad golpeaban los techos de cinc.
En vísperas del 17 de agosto, gran parte de esta zona se une a través de sus jóvenes que cumplen con la tradicional caminata hacia Yapeyú, para generar un gran campamento en el camping del solar nativo del General San Martín. Para la primavera florecen las fiestas estudiantiles, las competencias de carrozas y reinas.
Hay siempre en Alvear la expectativa de viajar, de salir del lugar, de tomar contacto con otros cielos. Pero también está en cada alvearense el deseo de volver. Algunos, como dice la filosofía, quieren y tienen el poder de retornar, otros regresan con el sentimiento.
En la expectativa de un alvearense, arribar a la localidad no es una exclusividad material. Se aterriza a través de los seres queridos que residen allí. En la ilusión de la visita, en los recuerdos, en los encuentros, en las noticias, en la identidad que está en el ser.
La pertenencia guía ese viaje que va culminando en la estación del tren, en el Tumba Frayle, la Agrotécnica, la capilla San José Obrero, el San Isidro, el Puntón, en la plazoleta Isaco Abitbol, en las piedreras, en el hospital, en la cancha del Sport, en el Club Centenario, en las plazas San Martín y 9 de Julio, en el Club Social, en la Bajada Vieja, en el callejón, en el puerto, en el camping, en la confluencia del Aguapey con el Uruguay. En toda la zona rural.
Naturalmente bello, el pueblo abre los brazos y espera siempre albergar el regocijo de quien se adentra. Ofrece la vida con el agua de sus ríos y arroyos, el aire puro, la tierra firme, la luminosidad del fuego del sol y el éter. En su conjunto el lugar garantiza fertilidad. Alvear y toda esa ecorregión son el sexto elemento.

Retratos colorados    
Había que salir a escribir las humildes palabras para la colorada, el ave del día. Previo a ello y recordando su nombre guaraní, inambú guazú, nos acercamos al diccionario nativo.
Para el libro, inambú se conforma de dos palabras, “ina” y “mbú”, que no es otra cosa que aquello que “es esférico”, “es redondo”, es decir que nos refiere a la inconfundible característica corporal de la especie. Y “guazú”, ya sabrán algunos, significa grande.
Tras la lectura de la traducción, había que abrir la puerta para continuar hacia la cocina, ir por el agua caliente de los mates amargos. En ese preciso momento se recortó sobre la madera marrón un leve sol saliente. La combinación de amarillo tenue con marrón nos transportó de forma directa al plumaje de la colorada, cuando en las tardes camina solitaria por los bordes de los caminos, procurándose el alimento.
Preparada para volar, pero también dispuesta a seguir mientras no nos acerquemos demasiado, el ave recoge su comida del suelo, pequeñas semillas o insectos, entre lo desnudo y cubierto del pasto.  Camina, a veces se detiene y, como hoy, nos permite compartir su retrato.

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Caminante que silba, colorada

La especie escogida hoy está relacionada con la ecorregión campos y malezales, habita todo el nordeste argentino y se distribuye además por una ancha franja del país. En este contexto, Walter Disanti cuenta cómo es vivir cerca del río, en contacto con la vegetación, el agua, el país vecino y la idiosincrasia de Alvear.

Por Walter Di Santi
y Abel Fleita
Especial para El Litoral

Los días ideales para escuchar a la colorada (Rhynchotus rufescens) son aquellos que se dan luego de las lluvias, cuando el pastizal queda húmedo y el sol alumbra sobre las llanuras infinitas.
Ambientes de este tipo los encontramos en la ecorregión campos y malezales, sobre el este de la provincia de Corrientes, caracterizados por amplias sabanas de pastizal de paja colorada, de pasto jesuita y con terrenos inundados y ondulados. Estos paisajes se encuentran vinculados por el oeste con las ecorregiones esteros del Iberá y espinal, de norte a sur, respectivamente. 
El ave que hoy describiremos brevemente, también conocida en el nordeste de Argentina como inambú guazú, mide 38 centímetros y pertenece a la familia tinamidae. Está formada además por martinetas, quiulas, perdices e inambúes.
Quienes la conocen saben que este tipo de especies se caracterizan por volar poco y caminar bastante, ocultas pero haciéndose oír, cual encargadas de vocalizar la vida en los pastizales.
“Fui, fuirefeuuu”, solitarios y pausados son los silbos de esta ave, cuyo nombre se referencia en el color de su plumaje, que le permite mimetizarse con la vegetación cuando camina, cuando decide ocultarse, o en las épocas en que incuban a sus pichones. Si la observamos en detalles, veremos que el dorso es de color marrón barrado, con contrastes claros y oscuros, mientras que en la zona del cuello y pecho el tono se vuelve canela. Sobre el ojo, hacia atrás, posee una delgada línea negra. Es llamativa la pequeña cresta marrón oscura.
La colorada, la especie escogida para relacionarla con la ecorregión campos y malezales, que hoy nos ocupa, habita todo el nordeste argentino y se distribuye además por una ancha franja del país, que llega hasta el límite sur de la provincia de Buenos Aires. En Corrientes, la colorada es una de las aves vecinas a los ríos Aguapey y Uruguay, los que con sus aguas y bosques en galería bañan mansos la ecorregión campos y malezales.

Desde Alvear en primera persona
Ser alvearense es tener un vínculo fuerte con el agua, de los ríos Uruguay, Aguapey, y de los humedales como bañados, tajamar, arroyos, aguadas. Es una experiencia compartida con las localidades que se asientan en la costa. Aun con los diferentes matices de cada paraje, pueblo y ciudad, sus habitantes tienen costumbres y hasta quizás una cosmovisión en común. 
Se vive en contacto con la naturaleza; unas 15 o 20 cuadras para allá ya están la orilla, el monte, los quintales, aparece el cielo abierto y la policromía con los colores de la ruralidad. Pero también es ser fronterizo, mamar de las propuestas comunicacionales desde Brasil, entender y hablar el portugués y ensayar la variante del portuñol. Además la influencia también se ejerce desde Misiones y la metrópolis de Buenos Aires.
Uno puede homenajearlos, destacarlos, pero convive con naturalidad con ser compueblano en Alvear con Isaco Abitbol y José Grabriel Ceballos, entre tantos otros referentes.
En verano, en Alvear y la ecorregión es tiempo de acercarse al río, de disfrutar el carnaval, de musiquear, de encontrarse con gente querida que viene de todas partes. Se eternizan las noches en tertulias. El otoño llega con naranjas, mandarinas, nueces y la tradicional salida para la recolección de marcela (Achyrocline satureioides) en Semana Santa.
El invierno trae heladas. Con mandarinas en las siestas soleadas. Los maníes tostados. Alguna caminata aprovechando el sol. La profunda observación por una ventana del repiqueteo de la lluvia. El sonido progresivo de las gotas que cada vez con mayor intensidad golpeaban los techos de cinc.
En vísperas del 17 de agosto, gran parte de esta zona se une a través de sus jóvenes que cumplen con la tradicional caminata hacia Yapeyú, para generar un gran campamento en el camping del solar nativo del General San Martín. Para la primavera florecen las fiestas estudiantiles, las competencias de carrozas y reinas.
Hay siempre en Alvear la expectativa de viajar, de salir del lugar, de tomar contacto con otros cielos. Pero también está en cada alvearense el deseo de volver. Algunos, como dice la filosofía, quieren y tienen el poder de retornar, otros regresan con el sentimiento.
En la expectativa de un alvearense, arribar a la localidad no es una exclusividad material. Se aterriza a través de los seres queridos que residen allí. En la ilusión de la visita, en los recuerdos, en los encuentros, en las noticias, en la identidad que está en el ser.
La pertenencia guía ese viaje que va culminando en la estación del tren, en el Tumba Frayle, la Agrotécnica, la capilla San José Obrero, el San Isidro, el Puntón, en la plazoleta Isaco Abitbol, en las piedreras, en el hospital, en la cancha del Sport, en el Club Centenario, en las plazas San Martín y 9 de Julio, en el Club Social, en la Bajada Vieja, en el callejón, en el puerto, en el camping, en la confluencia del Aguapey con el Uruguay. En toda la zona rural.
Naturalmente bello, el pueblo abre los brazos y espera siempre albergar el regocijo de quien se adentra. Ofrece la vida con el agua de sus ríos y arroyos, el aire puro, la tierra firme, la luminosidad del fuego del sol y el éter. En su conjunto el lugar garantiza fertilidad. Alvear y toda esa ecorregión son el sexto elemento.

Retratos colorados    
Había que salir a escribir las humildes palabras para la colorada, el ave del día. Previo a ello y recordando su nombre guaraní, inambú guazú, nos acercamos al diccionario nativo.
Para el libro, inambú se conforma de dos palabras, “ina” y “mbú”, que no es otra cosa que aquello que “es esférico”, “es redondo”, es decir que nos refiere a la inconfundible característica corporal de la especie. Y “guazú”, ya sabrán algunos, significa grande.
Tras la lectura de la traducción, había que abrir la puerta para continuar hacia la cocina, ir por el agua caliente de los mates amargos. En ese preciso momento se recortó sobre la madera marrón un leve sol saliente. La combinación de amarillo tenue con marrón nos transportó de forma directa al plumaje de la colorada, cuando en las tardes camina solitaria por los bordes de los caminos, procurándose el alimento.
Preparada para volar, pero también dispuesta a seguir mientras no nos acerquemos demasiado, el ave recoge su comida del suelo, pequeñas semillas o insectos, entre lo desnudo y cubierto del pasto.  Camina, a veces se detiene y, como hoy, nos permite compartir su retrato.