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Líbano, la resiliencia

Por Emilio Zola

Especial

Para El Litoral

Crisol de historia, cuna de culturas y tierra de atributos naturales excepcionales, Líbano padece desde tiempos inmemoriales la condena de su propia exuberancia, pues sus territorios han sido invadidos, colonizados y asediados por distintos imperios como consecuencia del intenso flujo comercial que se desarrolló en la denominada región del Levante, donde hace miles de años surgió la pujante civilización fenicia.

La catástrofe ocurrida en Beirut, su capital, como consecuencia de la reciente explosión de un depósito portuario que contenía 275.000 toneladas de nitrato de amonio, ratifica el sino trágico de esta nación estrechamente ligada con Corrientes, provincia elegida por cientos de inmigrantes libaneses que desde el siglo XIX escaparon de los constantes conflictos bélicos cuyos efectos fueron letales para toda posibilidad de progreso de un país que, en determinado momento, llegó a ser comparado con Suiza.

La ubicación geográfica del Líbano, bañado por el mar Mediterráneo y en una posición estratégica para el vínculo comercial entre Europa y Asia, lo proyectaban hacia un horizonte de crecimiento que se frustró una y otra vez desde que Francia abandonó el dominio colonial de la región en un proceso que permitió la instalación de gobiernos autónomos cuya multiplicidad religiosa llevó a la conformación de una democracia parlamentaria ecuménica, con los cargos más gravitantes repartidos entre musulmanes sunitas, musulmanes chiitas y cristianos maronitas.

Los maronitas integran junto con los drusos la comunidad originaria de la República Libanesa. Durante siglos fueron la colectividad demográficamente mayoritaria, pero durante la segunda mitad del siglo XX comenzaron a perder terreno en razón de que los credos musulmanes ganaron numerosidad como consecuencia directa de sus costumbres poligámicas. Sencillamente, las unidades familiares chiitas y sunitas, encabezadas por esposos que tienen permitido convivir con 3, 4 o 5 esposas en simultáneo, fueron más prolíficas.

La compleja composición sociocultural del Líbano incrementó su conflictividad al diluirse la antigua predominancia de los cristianos maronitas. De pronto, los musulmanes chiitas y sunitas (enfrentados entre sí por motivos teológicos) exigieron representación política y generaron células partidarias entre las que sobresale Hezbollah, organización armada que en las últimas décadas produjo verdaderos baños de sangre mediante atentados contra otro vecino fuertemente resistido por los descendientes de Mahoma: el Estado de Israel. Los maronitas perdieron poder de decisión y a pesar de que sus referentes forman parte del Gobierno, la realidad es que no logran controlar el fundamentalismo chiita. El motivo: esta variante del cristianismo, fundada hace 1600 años por el monje anacoreta San Marón, nunca demostró tendencias belicistas. Todo lo contrario, es un pueblo de paz que continuó el camino de la cultura fenicia, al extremo de que los libaneses son considerados los más hábiles comerciantes del mundo.

Herederos de las culturas ancestrales que proporcionaron a la humanidad, entre otros legados milenarios, el primer alfabeto escrito de la historia, los maronitas instalaron un modelo de desarrollo basado en el intercambio comercial que ofició de motor para la evolución socioeconómica de las costas montañosas de Canaán, que hace 2.000 años habrían de convertirse en tierra santa al ser caminadas por el enviado de Dios en la tierra, un tal Jesús, a quien los cristianos palestinos adoran con fe ciega.

El punto es que unos 700 años atrás, las comunidades nómades del Turkistán comenzaron a invadir territorios largamente codiciados hasta ocupar todo lo que hoy es definido como Oriente Medio, parte de Europa y el norte de África. Nacía el Imperio Otomano, un régimen multiétnico con predominancia islámica que extendió esa religión hasta el último rincón de sus dominios. Entre ellos el Líbano, que a partir de allí se convirtió en un país pluriconfesional, con una marcada influencia de Siria, su vecino más poderoso tanto por extensión territorial como por un detalle que convertiría al perímetro medioriental en zona caliente: la existencia de grandes yacimientos de petróleo.

Sólo si se comprende ese pasado tan tortuoso se puede explicar el presente desdichado de esta nación cuyo principal símbolo patrio es el cedro de la prosperidad, estampado en su bandera como un mojón orientador que, pese a los esfuerzos de una sociedad civil abocada al turismo, la minería, la industria y los negocios financieros, nunca pudo sobreponerse a las constantes crisis económicas y políticas provocadas por las diferencias religiosas, las persistentes invasiones de las potencias extranjeras y la disputa por el petróleo, entre otros factores.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Francia se retiró de la región y la comunidad libanesa inició un período fecundo de inversión privada, con generación de fuentes laborales basadas en el comercio de bienes y servicios, hasta que en 1975 las pujas internas entre facciones musulmanas y maronitas pudieron más. Estalló una cruenta guerra civil entre distintas guerrillas que se enfrentaron durante 15 años, cuando un tratado de paz reguló la cuota parte de poder que cada etnia habría de administrar en las instituciones gubernamentales.

El resultado de tantos siglos de sometimiento invasor y de las guerras intestinas que acuñaron el vocablo “libanización”, configura un país de marcada diversidad religiosa, con altos porcentajes de población cristiana pero con una mayoría musulmana que mantiene un brazo armado llamado “Partido de Dios” o Hezbollah, cuyos depósitos de explosivos estallaron por los aires el pasado martes 4 de agosto, transformando a la capital libanesa en tierra arrasada, con centenares de víctimas y más de 300.000 personas damnificadas por la pérdida de sus hogares.

Beirut fue destruida en segundos y nadie sabe bien por qué. Existen, como siempre, dos teorías. La conspirativa y la del accidente. En el primer caso se especula con un ataque de Israel contra Hezbollah, pero también con una acción autodestructiva de esa organización para enviar un mensaje a la Corte de Justicia que en pocos días más deberá condenar o absolver a los 4 chiitas acusados de asesinar al primer ministro Rafiq Hariri, ultimado en un atentado explosivo en 2005, a muy pocas cuadras del puerto donde ocurrió la devastadora detonación de hace cinco días.

Hariri fue un hombre de negocios de gran solvencia económica que se convirtió en ariete de la paz lograda en 1990, cuando pagó de su bolsillo el viaje de los diputados musulmanes a la ciudad saudita de Taif, para acordar una concertación con los maronitas liderados por el general Michel Aoun, ex primer ministro y actual presidente de la República del Líbano.

Sin embargo, todos los indicios inducen a pensar en una catástrofe fruto de la negligencia. En concreto, la indolencia del Gobierno al permitir el almacenamiento de miles de toneladas de explosivos en el corazón de Beirut, sin medida de seguridad alguna, se perfila como la razón coyuntural de la voladura que reprodujo la devastación de Hiroshima.

El dolor ante tanta muerte se manifestó en Corrientes y en cada punto del planeta donde residen los más de 20 millones de libaneses exiliados como consecuencia del terror. Lágrimas de congoja que vuelven a brotar ante la evidencia de un problema sin solución, en el que un Estado impotente es doblegado por imperio de la fuerza de una organización paramilitar que rechaza la presencia sionista y desata orgías de violencia para cumplir un anhelo imposible: derrotar a Israel.

En medio de toda esa calamidad sobrevive Líbano, admirado por sus cualidades culturales, pero sometido a un clima de beligerancia permanente que sólo amaina de tanto en tanto, cada vez que el pueblo del antiguo Levante, con una resiliencia sin parangón, comienza a reconstruir ladrillo por ladrillo todo aquello que ha sido vulnerado. Por enésima vez, volveremos a verlo.

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