Hace poco más de un año, Gabriel Boric, diputado y exlíder estudiantil, descartaba postularse como candidato a la presidencia, como sugerían algunos de sus allegados. Tenía 34 años y reconocía que no tenía la “experiencia necesaria” para ocupar el Palacio de La Moneda. Pero ahora, a punto de cumplir 36, se muestra convencido de poder asumir esa responsabilidad.
No le cuesta convertirse en líder. Lo mostró desde que tenía seis años, cuando escribió una carta a sus compañeros de primer grado para que lo eligieran como presidente del curso. Lo logró. Y repitió la hazaña en tercero.
En la universidad lideró a los alumnos de la facultad de Derecho, donde cursó su carrera -que todavía no terminó-, en 2012 encabezó la entonces poderosa Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile y en 2014 inició su primer período como diputado, que renovó en 2018.
Se declara heredero de la “revolución de los pingüinos” -aquí llaman así a los estudiantes secundarios por sus uniformes- que sacudieron al primer gobierno de Michelle Bachelet en 2006 con grandes movilizaciones en reclamo de educación gratuita y de calidad.
“Somos los herederos de los que han luchado por hacer de Chile un país más justo y digno”, afirmó Boric en el cierre de campaña, este jueves. Palabras más o menos, un lema que repitió a lo largo de toda esta carrera electoral.
Ecologista, feminista, regionalista y crítico acérrimo del modelo neoliberal instalado durante la dictadura militar, el candidato de la alianza de izquierda Apruebo Dignidad -que incluye a su Frente Amplio y al Partido Comunista- propone una agenda profunda de cambios.
Desde la primera vuelta del 21 de noviembre, en la que quedó segundo con el 25,8% de los votos, pocos pasos por detrás del ultraderechista José Antonio Kast (27,9%), Boric moderó su discurso para seducir al electorado de centro y espantar el miedo que genera en las esferas empresariales su alianza con los comunistas.
Así, hizo un claro giro hacia el centro, suavizó sus propuestas más radicales y se mostró abierto al diálogo y a la gradualidad en la aplicación de las reformas.
De todos modos, sigue convencido de que Chile solo podrá superar la desigualdad socioeconómica y cerrar las heridas de la revuelta social de 2019 con un Estado más fuerte y una clara mejora en los servicios de salud, educación, salarios y jubilaciones para los sectores más postergados. Su modelo es el Estado de bienestar de las democracias europeas.
Renegó durante años del legado de la Concertación por la Democracia -la coalición de demócrata cristianos y socialistas que gobernó Chile durante gran parte de las tres últimas décadas. Pero hizo guiños a la centro izquierda tradicional. Así, consiguió el apoyo clave de los expresidentes Ricardo Lagos y Michelle Bachelet.
“Jamás he dicho que estos 30 años fueron perdidos. Creo que toda generación tiene el derecho y el deber de analizar críticamente lo que hicieron nuestros antecesores para justamente poder aprender de eso”, dijo Boric el lunes pasado en el último debate presidencial.
(AG)