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Un cachito

Intentarlo para sacarnos las ganas. Un abrazo desde lejos, abrazándonos a nosotros mismos para generar ese rayo potencial de afecto. 

Tan solo. Sacarnos las ganas de poder abrazar a quienes queremos. Es un simple acto de casi toma grecorromana, en que el abrazo se convierte por obra y gracia en una sola fuerza. Porque los hay de todos. Intentos. Dibujos en el aire. Chiquitos. Grandiosos. Cálidos. Encendidos. Nunca displicentes ni ingratos porque el solo hecho de trenzarnos en una reafirmación de cariño profundo, habla y expresa cuánto amor los alimentan.

No sólo envalentonan, sino que habilitan para un beso en la mejilla, o a lo francés, ya que estamos, lo propinamos en las dos. Hay abrazos que memoran recordando la importancia con que fueron dados, asumidos, llevados a cabo, como ese cuadro que desde la primaria refleja la reafirmación de dos pueblos americanos, Chile y Argentina, en el abrazo eterno de San Martín y Bernardo O´Higgins con los Andes de fondo.

Al ser humano siempre lo animó esa extensión que desencadena un final donde se consuma el afecto hecho carne, para consolidarse en abrazo que grafica para siempre un compromiso asumido, o la reafirmación de una larga amistad. O, la respuesta a una profunda admiración que ambos “contendientes” por la imagen que demuestran, se estiman, se respetan, se admiran.

Uno, piensa también, cuántos abrazos fueron después del preludio de una enemistad que en principio no estaban en los planes y que sin embargo, razones, motivos, lo alejaron de ese acto donde ambos son uno para convertirse en lo que son, dos personas con diferencias, no compatibles para siempre.

Hoy, más que nunca, pensamos en ellos, cuando el confinamiento, el cuidado, el miedo por “cruzar la línea”, nos ha ido alejando de esa vieja costumbre de belleza y estima. Solamente basta el puño cerrado como acto de contención y saludo, entrañable afecto, sin dejar de recordarnos que el cuidado y el miedo, aleja de nuestras vidas ese acto maravilloso de brindarnos, expresar y demostrarlo.

Por razones de admiración, confraternidad y respeto he abrazado a tantas personas, que hoy me parece inaudito, pero no imposible. Mi oficio de comunicador me “enchamiga” con muchísimos y diversos precursores de las artes, del decir, y comprobar que son en definitiva amigos diseminados, impensados a la hora de abrazarnos. Es una hermosa experiencia impensada, espontánea, dispuesta a entrelazar ideas, de la manera más natural posible, que dejan gratos recuerdos, más aún sin habernos propuesto la dimensión que cobran pensados, evocándolos mucho después.

José Pons era un arquitecto argentino, residente en el barrio Latino de París, Francia, en la calle Descartes 16, muy próximo al Sena que, aprovechando sus cálidas conexiones era también representante de Sadaic en ese país, en cuya casa recalaban todos los artistas, notables argentinos, que se daban su descanso compartiendo con un mendocino afable, sencillo y emotivo que, de paso se comían un locro o más bien un asado para recordar la tierra lejana. No faltaban las anécdotas, el canto, la poesía, los proyectos contados a los numerosos comensales que siempre daban vida a la larga mesa, que contenían a tantos argentinos en camaradería. Claro está, a cada bienvenida que transponía la puerta, era un abrazo bien argentino que los recibía. José Pons estaba casado con la francesa Jacqueline, quien al lado de él al principio con poco dominio del castellano, fue amando lo nuestro, haciéndose amiga entrañable de Atahualpa Yupanqui, el poeta uruguayo Horacio Ferrer, un jovencísimo Jairo, Astor Piazzolla con Amelita Baltar, Cacho Tirao, Raúl Barboza, Mercedes Sosa, Horacio Guarany, Los Quilla Huasi, Susana Rinaldi, Los Indianos, Horacio Salgán, Sexteto Mayor, María Elena Walsh, grupos vocales diversos, artistas, escritores. Es decir una buena selección nacional, representando a la fuerza latinoamericana, cuyo encuentro durante cualquier época del año empezaba en la puerta misma del departamento con un abrazo entrañable de bienvenida agradecida, dejándose llevar por el cariño y la admiración, libre y apelando a todas sus ansias.

El tango que tiene mucho que ver con París, como consecuencia de su naciente difusión internacional también habla de esa acción sagrada de confraternidad de las personas, en “El abrazo” de Pascual Mamone y Haidé Daiban, cuando expresan uno muy particular: “Tus brazos dos cuencos de plata / que brillan auroras / refugio de mi alma. / Tus brazos que fundan abrazos, / dos alas que baten / los aires dulzones. / Y errando las calles del mundo / no encuentro rincones / después de tu abrazo. / Plumón que cobija mis sueños / camino al destino / sembrado de flor. / En la luz, / siempre rondan las sombras, / y por eso ignoramos al mundo, / Somos dos / en abrazo profundo, / armamos un nido, / destino y sentido / de nuestro vivir.”/  Es que siempre ha sido más que un gesto, elocuente y cordial, entrañable y sentido donde se potencian dos personas.

El abrazo es una necesidad urgente, un homenaje permanente hacia la hermandad, a la amistad, a la admiración, pero más que nada al sólido encuentro que sella respetuosamente todo el cariño y el respeto. Un cachito. Tan solo un cachito, para demostrarnos y demostrar que cuando uno libera los brazos para abrazarse, no es un mero saludo, sino el compromiso por anticipado del profundo respeto hacia los otros. Es como abrir una puerta que desvela, donde uno se encuentra con alguien querido, es la certeza misma de estar frente a quienes queremos, admiramos, sellando con gratitud abierta la fuerza y tenacidad de seres humanos bien avenidos. Por eso digo, tan sólo un cachito, casi un amague, como haciendo fintas en el aire, anticipando la gloria del buen encuentro. Imaginándolo tan elocuente, dispuesto a una franca y sólida amistad. Es el gestual, cuando la distancia es el límite, que si bien nos abrazamos nosotros mismos con todas las fuerzas, es como sentir que los gestos del otro en su respuesta cumplen el mismo fin, deseándonos ese “choque” cálido, que sólo la imaginación construye y la hace cierta. Es como el artista en escena, cuando al final lo aplauden, gestualmente se abraza a sí mismo, haciéndolo extensivo a cada uno del público.

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