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Súplica

Todo milagro tiene el correlativo de promesa honesta y cumplida.

Por Adalberto Balduino

Especial para El Litoral.

Pedir. Rogar. Implorar. Algo de eso me pasa como creyente. Cada noche, la súplica solemne, imprecando tantas veces una sola cosa: que la pandemia sea sólo un sueño que vino, estuvo y se fue.

Pero como en la sinceridad del ruego también impera esa forma honesta, donde vemos, o prometemos algo superior que sintamos en carne propia como esfuerzo que todo milagro merece por devolver; la ofrenda que mitiga y equilibra, compone y parangona con la entrega personal para abonar tan grandiosa gracia.

Y, entonces sobreviene la sonrisa imposible de contenerla, ¿porque el ser humano está capacitado en dar algo a cambio, como la transformación de un mundo mejor? Donde cada uno nos constituyamos en los labradores de ese campo por ser vergel, al que hay que ponerle todo lo mejor de nosotros: respeto, trabajo denodado, bondad, solidaridad, adiós a las armas para que la paz no sólo nazca, sino que trascienda. Olvidar la corrupción que corroe los poderes y al hombre. Cambiar por una sola ideología, la humanística que revea y adopte sus bondades. Que deseche la ambición sin límites, anule las diferencias, y adopte a la humanidad como su verdadera familia terrenal. Que el orden, la disciplina armónica cambie como hábito natural para que la perseverancia tenga un motivo cierto. Que las fronteras no alejen los países sino que hermanen, que sumen colaboraciones de idénticos beneficios para felicidad de la familia agrandada y ahora recién valorada. Que ese abrazo que tenemos vedado por la pandemia, lo reservemos para todos ellos y nosotros, habida cuenta que la paz sería el nuevo estado de situación.

Por eso ante tan seria súplica, me río pero también con temor de arrepentido, me vuelvo a preguntar ¿si estamos capacitados para brindar una promesa así de grande para que podamos ganarnos el cielo ante tamaño pedido? La risa descortés e inoportuna de mi parte tiene una razón o muchas de ser, basta comprobarlo abriendo un diario, escuchando la radio o viendo televisión, las inhumanas y contradictorias actitudes “humanas”. Queda la duda pero sí la sospecha de lo que somos capaces, el virus partió de Wuham, China, expandiéndose, sin olvidarnos que en esta ciudad se levanta el Laboratorio más importante en Virus. El 6 de enero, en la cuna de la Democracia, la toma populista nos presentó una película que contradice todo lo conocido hasta ahora, la horda tomando cada ámbito del Capitolio muy parecida a las marchas nuestras. La corrupción impera con el vano argumento de ser el camino para nuestra realización, sin importar la senda de el que sea más honesta, ejemplar y brillante. Sin embargo hay constituciones de estados hermanos que con el cuento de la elección indefinida superan tiempos como algunos gobernantes que ya han excedido los 25 años de poder absoluto. En tan generoso tiempo, elegido por las urnas sin ser monarquía, al extenderse por lapso indeterminado, uno se amaña, adopta lo indebido que la costumbre envilece pasando por alto principios básicos como la honestidad. Sigo preguntando, ¿estamos capacitados para ofrecer a cambio de un esperado milagro suplicado con lógica naturalidad, algo que esté por encima de todo en agradecimiento profundo? Si cada día el ser humano está dando malos ejemplos, cómo podemos pedir al altísimo milagro alguno si somos incapaces de agradecerlo con nuestras mejores intenciones de proceder. Armas más poderosas son diseñadas cada día con exterminio más letal. El aumento de la pobreza ha sido incentivado por la pandemia, pero los pueblos vienen hace tiempo peleando por sus libertades, por su bienestar, caldo de cultivo para algo natural que hoy cobra fuerza y masividad: las drogas. Los gobiernos de pueblos pobres tampoco hacen mérito para producir un cambio, administran una justicia que deja tanto que desear, y casi siempre están más cerca de la corrupción que del camino correcto.

¿Estamos en condiciones de poder agradecer milagros suplicados si detrás se levantan como un telón de fondo lo peor del ser humano? El desmanejo de las vacunas, su distribución que no escapa de los vivos, que no estando convocados se suman a la vacunación sin tener ningún rasgo de arrepentimiento. Eso ha ocurrido aquí y en diversos pueblos europeos, en el mundo entero, porque la viveza criolla es una virtud también en otras latitudes con diferentes idiomas.

Tenemos tantas cosas en contra que al reverlas, comprendemos por qué  estamos así, atónitos ante la pandemia implacable; las cosas malas siempre han superado por gran margen a las buenas. Es decir que siempre estamos en deuda. José Luis Sampedro, el español especializado en economía que gustaba analizar el déficit de los principios, en principio decía que “fuimos educados para no pensar.” “La educación es la base.” “Hay que vivir, para vivir hay que ser libre, para ser libre hay que tener el pensamiento libre y para tener el pensamiento libre hay que educarse.” “Yo comparo la educación con un árbol. Parte de una semilla, y en ella hay unas potencialidades, lo mismo que el hombre nace con unas potencialidades en los genes. Luego esas potencialidades se verán reforzadas o dificultadas, o complementadas dependiendo de las circunstancias en que se nace y se crece. Pero dentro de esas condiciones impuestas por nuestro origen y el mundo, podemos tomar decisiones y elecciones. Podemos elegir entre depender de unas circunstancias o de otras, ser colaborador de una o de otra, es decir, puedes ir conformándote.” “Pero nos seguimos matando con una codicia y una falta de solidaridad escandalosas. No hemos aprendido a vivir juntos y en paz.”

Con todo este bolsón de anomalías, irregularidades, ambiciones ilimitadas, esas locuras de pelear una nación con otra por satisfacer los intereses, el perpetuarse en el poder como lo hacían los faraones sin importar el daño que provocamos, de hecho no calificamos para que nuestras súplicas tengan un buen fin.

Finalmente, Sampedro, remarcaba: “La rebeldía es contra lo demencial de la organización humana y los que la dirigen.” Hay mucho por aprender y corregir, si el tiempo benévolo realmente nos permite. ¿Nos merecemos acaso el milagro suplicado?

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