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Escuchar

Cuando no queremos escuchar hacemos lo opuesto. Y desconocer es ignorar urgencias. Es construir la propia sin certeza de la realidad.

Por Adalberto Balduino

Especial para El Litoral

Oír no es lo mismo que escuchar. Oír es percibir algo por medio del sentido del oído. Escuchar es prestar atención a lo que uno oye. Es como la sintonía fina que cuando nos acercábamos a la emisora buscada, comenzaba ligeramente a escucharse el sonido hasta que dábamos con ella, plena y estentórea. Es decir que en la aproximación se percibían atisbos de graves y agudos, hasta que consolidaban a toda orquesta la gama de sonidos cuando “clavábamos” en la ubicación exacta. Con lo digital, la búsqueda es breve porque su sintonía es directa sin previas que lo dilaten.

El “oír” es un susurro de algo que percibimos, pero cuando “escuchamos” tenemos divisados de qué realmente se trata. Esta previa que es una asignatura pendiente por parte de quienes timonean un estado, es el resultado de escuchar qué expresa el mensaje. Es haberle prestado atención en todo su enfático decir. Escuchar siempre es saludable, porque es recurrir a todas las vicisitudes que se nos plantean. Acá lo que no se hizo por la mala política de la consigna, la vieja fórmula de copiar y acatar lo que se nos ordena y no lo que realmente cada uno pensamos y opinamos, ha sido escuchar la voz del pueblo. El populismo tiene ese mensaje inentendible de una política arrumbada en el tiempo, en que nadie piensa porque el verticalismo ahorra “pensando” por todos. Es decir, quita la sagrada elección del pensamiento libre y lo conmina a ese sentido de cuerpo que no demuestra altura, ni equivocada disciplina, sino fanatismo puro y sordo. 

No soy encuestador, ni especialista político, soy libre pensador que escucha y se conmueve ante tantas cosas dichas desesperadamente y que nadie escucha. Alguien dijo con acierto para desvelar este vuelco de “insurgencia” en el pensamiento populista: que el resultado “Es la revolución de los pobres”, porque zonas rurales y poblaciones humildes promovieron el vuelco impensado de un final con contundente nocaut. Son tantas las culpas del gobierno  que nadie las asume como exculpación primera, sino se despegan mirando a la única figura con sumisión de “carne de cañón”: el Presidente. Un gobierno de contramano donde el cargo de Vice tiene más importancia que la figura máxima, cada cual tirando agua para su molino, aunque transiten fuera de control, y provoquen choques en cadena, mientras la sociedad sigue sin entender tamaña alianza de fuerzas enfrentadas con consecuencias nefastas para todos. Algo de eso ocurrió, no se escucha ni se escuchan, haciendo prevalecer el mayor desorden del archiconocido “Hagan lo que yo digo, pero no lo que hago”. Nunca se vio tal desorden ni las consecuencias que se vienen arrastrando hace mucho tiempo, con consecuencias directa a los de bolsillos vacíos, a los no políticos con  futuro hecho a fuerza del consabido relato, vacío y mentiroso.  Existen expresiones que dadas las circunstancias, anticipan hechos inmanejables, pero que el común de esos gobernantes no se dan por enterados porque no existen “mejores conductores” que ellos. La lectura procura iluminar el conocimiento enriqueciéndolo, alguna vez Pedro Schwartz, Miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, recordó que: “Los movimientos populistas son la gran preocupación de nuestras democracias. Cunde la alarma, pero la mayor parte de los análisis del fenómeno populista son incompletos e incluso equivocados. Los expertos suelen destacar tres causas; una, la aparición de demagogos que aprovechan las crisis económicas para lanzar propuestas utópicas; dos, la ingenuidad de unos votantes que se dejan seducir por cualquier flautista de Hamelin; y la tercera, los defectos del sistema que llaman neo-liberal, que a su juicio se ha mostrado incapaz, corrupto y plagado de desigualdades, lo que, dicen, explica e incluso justifica la ira de los “indignados”. Los grandes movimientos populistas han triunfado en la historia cuando los han encabezado líderes carismáticos, como Lenín, Mussolini, Hitler, Perón y Evita, Castro o Chávez. Pero limitarse a las fechorías de esos monstruos de Museo de Cera es malentender el alcance del fenómeno. Querría, pues, dedicar estas líneas a los populistas de todos los partidos”. Lo triste que es una posición que se permite todo amparada por la demagogia de la facilidad ilimitada, donde el ocio forma parte, y por ende la mediocridad gana adeptos, perdiéndose la calidad de la búsqueda, esa que se gana con esfuerzos pero más que nada con las dotes vitales de la ejecutividad, de la capacidad para encarar soluciones, de la laboriosidad sin pausa, el de la ética como baluarte apreciado para dividir las aguas entre lo correcto e incorrecto. Ello genera autocrítica, la forma más saludable para formalizar reinserción, modificando los errores, calificando cada acción para que lo corrupto no forme parte de nada. Tenemos que trocar las expresiones de deseos no solo en palabras, sino en hechos mensurables, que vienen a ser el sello contundente entre lo idealizado y la realidad difícil de llevar a cabo, esquiva, pero siempre al alcance cumplidos esos principios, donde se debaten la razón y el sentido común. Son regímenes sin orden ni conducción que circulan a los topetazos abusando de la buena fe de la gente; no acatan críticas ni consejos adoptando la clásica personalidad del ofendido al calificar a los detractores de opositores belicosos cuando la cosa es al revés. Seguramente van hacer lo que no deben, seguir imprimiendo esta vez a lo loco, con la vieja y descocada costumbre de poder comprar votos a través de miles de opciones en menos de dos meses, no obstante ya haber casi colmado la capacidad ociosa del Banco Central. Ellos lo compran todo pero la dignidad no puede ser adquirida, porque es el último reservorio de decencia que como pueblo nos queda. Esto me recuerda a la madre de todas las aberraciones: el relato. Cuenta Silvia D. Mercado en su libro “El inventor del peronismo. Raúl Apold, el cerebro oculto que cambió la política argentina”. Kirchner, Presidente, convocó a alguien que lo conoció a Raúl Apold, Subsecretario de Informaciones y Prensa de Perón a partir del año 1946 a 1955, para que le explique cómo hizo para catapultarlo y mantenerlo a través del tiempo. Kirchner, lo increpa al informante en un tramo de la conversación: “¿Qué querés decir..? No te entiendo”. Le responde: “Que la mayor inversión de Perón para la posteridad no fueron los sindicatos, ni las obras públicas, sino el peronismo, construido por Apold y el aparato de propaganda del Estado, una genialidad.

-¿Vos decís el relato del peronismo..? – Digo el peronismo...¿El relato? No lo había pensado, aunque sí: el peronismo como relato.” Siempre han preferido más el relato que la verdad, tal vez porque permite soñar aunque rara vez constituyan hechos. Esa ensoñación que el relato construye lleva al desconocimiento por la realidad dibujada de las cosas, y mucho más aún, a no escuchar la voz del pueblo. Una y mil veces en forma suicida transitan en contra de todo y todos, porque el que no escucha jamás aprende ni se entera de la certeza cuanto más falta hace. Es un viejo dicho pero popular que encierra una verdad a todo volumen: “No hay mayor sordo que el que no quiere oír.” Se necesita mucho más: Escuchar. Que es una buena señal para empezar a comprender. Diría, una regla de oro, honesta, de reciprocidad y respeto ante las necesidades y el desorden producidos por ellos mismos: el Presidente y cada uno de ellos. Ser responsables, es asumir, no gambetear sin goles. 

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