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Una nueva payasada que confirma el rumbo erróneo

La alianza gobernante no ha sabido resolver sus diferencias con discreción y terminó ofreciendo un espectáculo disparatado, sin que se asome la chance de rectificar ninguna de sus políticas. 

Por Alberto Medina Méndez

amedinamendez@gmail.com

@amedinamendez

Se ha asistido a una parodia política inaceptable. Las tensiones puertas adentro de las filas del oficialismo se han trasladado innecesariamente a la ciudadanía en una nueva muestra de impericia. Luego de la hipócrita foto de la “unidad”, esa en la que pusieron la cara como si hubieran comprendido lo ocurrido registrando sus responsabilidades, iniciaron el evitable camino de una ridícula fractura expuesta.

A partir de allí se sucedieron una secuencia de “hechos bochornosos” deliberadamente públicos, que incluyeron cartas, declaraciones periodísticas, comentarios en redes sociales y hasta audios privados aparentemente filtrados exhibiendo el peor arsenal de sus propias miserias.

Mientras la gente les enviaba un mensaje a través de las urnas de enorme bronca, impotencia y frustración, los protagonistas de ese desastre, lejos de estar a la altura de las circunstancias haciéndose cargo, prefirieron dirimir sus discrepancias de un modo absolutamente insolente.

El reparto de culpas fue la matriz del momento y aun hoy lo sigue siendo lamentablemente. El asunto tendría poca relevancia si no fuera por las derivaciones que esas peleas y “pases de facturas” traen consigo. No se trata de una disputa partidaria, sino de un quiebre en el seno de un bando político que tiene que responder por sus errores y corregirlos cuanto antes no sólo por lo electoral sino porque esa debacle coyuntural es producto de su incapacidad para interpretar a los votantes y esto debería preocuparlos.

Todo este dislate podría haber sido un mal trago y hasta una anécdota de baja trascendencia si una vez culminado el “duelo”, los actores principales hubieran reaccionado en la dirección adecuada decidiendo ajustar su menú de políticas públicas.

La discusión acerca del instante óptimo para generar el nuevo gabinete podría haber sido eludida, pero esto es siempre opinable. Hacerlo ahora, en esta transición entre las primarias y las legislativas que efectivamente marcarán la conformación del congreso, no parece vital.

Es imposible saber, de antemano, el impacto de esa medida. Puede ser exitosa en términos electorales, quizás no tenga importancia al visualizar el nuevo escenario con números similares, o tal vez empeoren las cosas para quienes hoy detentan el poder.

Lo que tendría que quedar claro es que una lectura aguda acerca de la opinión cívica expresada con tanta firmeza en los comicios debería dar lugar a una evaluación serena sobre un eventual giro en el modo de gobernar.

Ha existido un castigo no sólo al fondo sino también a las formas. El gobierno debería asumir que el país está inmerso en una crisis terminal. La pandemia ha sido pésimamente administrada con cifras que no pueden ser disimuladas por un relato retorcido en el que no creen ni los propios.

Nadie dice que los problemas estructurales se iniciaron con este mandato. Vienen así desde hace mucho. Pero las muertes por covid-19 y la estrepitosa caída de la actividad económica son proporcionalmente más elevadas aquí que en muchas otras naciones y eso no debería estar en tela de juicio, sino que tendría que ser aceptado como un grosero yerro.

Negarlo no es una buena idea y no ayuda a encontrar una salida razonable a una estrategia fallida y que la gente ha identificado indudablemente manifestándose con contundencia en esta gran encuesta.

Pese a este panorama, el gobierno no sólo ha optado por una pésima dinámica para rearmarse, con berrinches, infantilismos y hasta demostraciones de amateurismo, sino que les ha faltado el respeto a todos proponiendo un “show” del que deberían avergonzarse pidiendo disculpas.

Lo más grave es que este circo sólo ha servido para un recambio de ministros y funcionarios que revela que no han entendido casi nada y que están dispuestos a profundizar sus necedades para llevar al país al siguiente escalón de esta debacle.

Los ganadores de esta nefasta pulseada no son los de ese sector interno que lograron imponer nombres en este nuevo gabinete, sino quienes creen que se necesita más redistribución, programas sociales y gasto estatal. 

Los que mandan van ahora por un mayor despilfarro, se dedicarán a continuar emitiendo dinero espurio, esquilmando a los que producen, desangrando a los que aún se esfuerzan con esmero para terminar premiando a los parásitos de siempre que le reclaman dinero y solo ofrecen holgazanería.

Hasta aquí han sido pésimos gestores de esta calamidad y se encaminan a destruir lo poco que queda incluyendo a aquellos que intentaron llamar la atención un domingo, votando con convicción con la ilusión de ser escuchados, para que los intérpretes del presente finalmente continuarán su derrotero sin entender completamente nada.

Habrá que perseverar en la labor de mostrarles el camino a los ineptos. La democracia contemporánea tiene múltiples mecanismos institucionales para hacerlo. 

Las urnas son sólo una de esas herramientas, pero también la participación perseverante de la sociedad civil puede ser un vehículo apto para seguir enrostrando a los necios que este rumbo con el que insisten es el equivocado y que hasta que no se seleccione la ruta del progreso el anhelado sueño de un porvenir mejor no logrará asomar.

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