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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

Cooperativismo vs. relato

El Poder Ejecutivo Nacional persiste en fomentar planes o programas sociales dirigidos a lo que identifica como emprendimientos productivos y grupos asociativos, actividades de la economía social y popular, empresas recuperadas -y otras definiciones ideadas con el mismo cuestionable objetivo- bajo la forma de cooperativas de trabajo. Es decir, insiste en que el trabajo se generará a través de cooperativas promovidas desde el Estado.

En varias oportunidades, desde estas columnas, hemos destacado el importantísimo rol que cumplen esas valiosas estructuras en nuestra sociedad, siempre que no se las desvirtúe y no se pretenda utilizarlas como instrumentos para el aprovechamiento de recursos públicos en beneficio personal de punteros o dirigentes políticos o sociales.

La utilización de esa figura, al amparo de un relato que las considera como las únicas herramientas válidas para la “generación” de trabajo, así como merecedoras de beneficios en su relación con el Estado, resulta repudiable toda vez que sus integrantes, en la mayoría de los casos, se encuentran en un contexto de vulnerabilidad social. Pues esta es la condición que imponen los diferentes estamentos del Poder Ejecutivo para asistir económicamente a tales entidades.

Repugna que se valgan de quienes más lo necesitan, en beneficio de unos pocos. Así ha ocurrido en numerosos casos a lo largo de la historia reciente.

Las cooperativas son personas jurídicas que nacen ante la necesidad que tienen los individuos de asociarse para satisfacer colectivamente sus necesidades. Son entidades esencialmente democráticas. Los emprendimientos cooperativos pueden darse en el campo de la producción, del trabajo, de los servicios públicos, del crédito, del consumo, de los seguros y de la salud, entre otros.

Cuando la decisión de constituir una cooperativa se toma desde el Estado, se invierte el devenir natural de estas estructuras. Cuando desde el Estado se propone que los planes sociales se transformen en una “fuente” de trabajo, pero se pretende generarlo a través de las cooperativas, promovidas y constituidas desde el mismo Estado, su fin se trastoca, ya que serán ellas mismas las destinatarias y administradoras de los programas sociales que anteriormente recibían de manera directa sus beneficiarios.

Ya hemos vivido la experiencia de programas sociales utilizados para la construcción, compra de materiales, herramientas y otros insumos que devinieron en situaciones escandalosas. 

Lo más saludable sería que la cobertura social del Estado transite sus carriles y que, para la generación de trabajo, fomentemos una legislación y un control adecuado del empleo genuino.

En los hechos, es muy común observar cómo se promueve el desarrollo del sector cooperativo enfrentándolo al capitalismo o a las ideas liberales. Lamentablemente, se trata de otro falaz relato, de otra argucia ideológica sin más sustento que el de promover el enfrentamiento entre sectores de la sociedad. No existe motivo para pensar que las cooperativas y otras entidades asociativas no puedan desarrollar todo su potencial en un entorno de libertad económica como el que impera en los países más avanzados. Más allá de la teoría, la práctica nos muestra que las entidades asociativas más avanzadas se encuentran en los países con economías más abiertas, tal como quedó demostrado al producirse la caída del Muro de Berlín y la posterior reunificación de Alemania: las cooperativas más desarrolladas se encontraban del lado occidental, no del socialista.

Contrariamente a lo que muchos creen, el sistema de entidades asociativas no es socialista por definición. Son en sí mismas solo una forma más de organización societaria, tan válida como cualquier otra, pero que requiere que sea conformada y conducida por personas que respeten su espíritu y sus normas y no que se aprovechen del resto de sus socios y de la comunidad en general, por los beneficios impositivos que este tipo de entidades conllevan en nuestro país.

Si hay algo que claramente se opone a las ideas de los regímenes totalitarios es el cooperativismo, puesto que en este tipo de organizaciones lo que reina, o debería  debería reinar en todos los casos, es el debate de ideas y opiniones y la participación democrática de sus integrantes, algo que aquellos regímenes temen y rechazan por naturaleza.

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