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Por Enrique Eduardo Galiana

Moglia Ediciones

Del libro “Aparecidos, tesoros y leyendas”

Corrían los primeros años del Siglo XX en la ciudad de Corrientes, la que se veía beneficiada con la llegada de los inmigrantes en el aluvión que se derramó por el país desde fines del Siglo XIX: italianos, españoles, rusos, etc.

En esa corriente extraordinaria de la marea humana que buscaba pan y trabajo, en tierras de paz y esperanza, huyendo de guerras y hambrunas, llegó doña Concepción, española hasta los tuétanos de tierras salmantinas (Salamanca), siguiendo a su esposo, un hombre trabajador pero antes que nada emprendedor e ilustrado, para esa época ya que sabía leer y escribir, atributo que supo transmitir pacientemente a su querida cónyuge que por nacida mujer no tuvo oportunidad de concurrir a la escuela en sus tierras de origen. 

Don Alfonso más bien venía huyendo de las luchas internas fratricidas que se entroncan en el espíritu de España, esa invertebrada porción del planeta que no termina de articularse. Ambos de la prestigiosa Salamanca, aunque ninguno podía por su clase social y capacidad económica llegar a la Universidad, coto de privilegiados y capaces de dinero. Ello no impidió conocer su lugar de nacimiento en años de vida, ciudad antigua que escapa a los tiempos, sumado a ello los relatos de sus padres y abuelos, formaban parte del bagaje que arrastraron hasta estas costas de la Argentina y Corrientes como punto final. 

Don Alfonso, recién arribado, conocido de un vecino afincado, obtuvo trabajo de tenedor de libros porque le iba bien con los números, más su prestancia y don aire lo favorecían, la comunidad española estaba fortalecida por las asociaciones que se formaban en cada lugar, Corrientes no era ajeno a ello. 

Con constancia y trabajo honesto Alfonso logró abrir su propio negocio, que perduró mientras vivió en el centro de la ciudad. No le fue mal en la vida, sus hijos fueron educados por la generosa escuela sarmientina argentina y llegaron a la universidad. Doña Concepción, eximia bordadora, se lucía con trabajos para la sociedad lugareña, con mantones de seda y otros delicados lujos provincianos, gracias a los vínculos de su esposo con las grandes casas de negocios, desde sombreros hasta las sombrillas eran objeto de bordados en hilos de seda, que pegaban fuerte en el gusto aldeano.

Doña Concepción y don Alfonso eran liberales en España, en Corrientes autonomistas, su pasión era el rojo. 

Ella tomaba alumnas particulares y él contrataba ayudantes aprendices para iniciarlos en la confección de sombreros y pañuelos de seda, que no era una tarea fácil.

En noches correntinas perfumadas por mil aromas de acuerdo a las flores del tiempo, doña Concepción relataba a sus discípulas historias de la vieja España, con gracejo y emoción hierática. “Debéis recordar que el hombre, mientras viva, camina siempre con su sombra”, afirmaba. Esto arrancaba la risa de la concurrencia. Ella sin inmutarse continuaba severa: “Allá en mi tierra y por qué no acá, están los adoradores del diablo…” y hacía una pausa mirando a sus discípulas, quienes abrían los ojos asombradas. “Allá en Salamanca -añoraba- en la muralla antigua de la ciudad, existe una cueva donde se reunían o reúnen los que veneran y se inician con el demonio y al completar los pasos con sus maestros, son protegidos por Satán, se los reconoce por que pierden su sombra”, sostenía solemne. “Esa es la forma que la naturaleza colocó en nuestras manos para reconocer a quienes entregaron su alma al diablo”. Dicho esto, el temor corría fuerte, como el silencio que reinaba en el recinto. Concepción agregaba: “Solo la muerte puede romper el pacto con el maligno y vaya a saber a dónde lleva a sus acólitos”. Continuaba preguntándose: “¿En Corrientes pueden existir este tipo de personas?”, ella se contestaba: “Donde existe el bien, existe el mal, recuerden, observen si las personas que los rodean tienen sombra”. El silencio se apoderaba del recinto, en la cara de los concurrentes se traslucía el miedo. Terminada la clase las alumnas iban saliendo en orden y silencio, con el desasosiego metido en las entrañas. El tiempo pasó mientras continuaban las clases normalmente, excelentes modistas y bordadoras salían de la casa de Concepción. 

Un día cualquiera sin año que recordar se acercó a la salmantina, su exalumna Beatriz que por la forma en que hablaba, mirando hacia abajo, preocupó a la profesora, su cara estaba contracturada y ceniza, denotaba terror en su semblante y dirigiéndose a doña Concepción expresó: “Usted sabe que yo soy muy devota de la iglesia Catedral. Desde hace unos días observo a un sacerdote italiano recién llegado a la ciudad que apenas habla el castellano y no tiene sombra”, afirmó con temor. “Al comienzo no lo podía creer y me entró miedo, esperé frente a la plaza Cabral para verlo mejor a la luz del sol, cuando salió no reflejaba sombra alguna”. Concepción la miró con sorpresa, la calmó y le pidió mayores detalles. 

Al día siguiente, acompañada por su esposo y de la alumna, Concepción se acercó a la Catedral de Corrientes, donde reina la Virgen del Rosario, pidió hablar con el sacerdote de mayor rango, el asombrado clérigo que conocía a las dos mujeres por su asistencia a la misa, especialmente a Concepción, los hizo pasar a la sacristía para escucharlos. Después de varios comentarios vacuos entraron en tema. Concepción, con todo respeto, se dirigió al sacerdote y le preguntó si conocía al nuevo sacerdote italiano que se había incorporado a la curia correntina. El clérigo respondió que había traído papeles de Europa, que no encontró ninguna falencia en ellos, pero que en realidad no lo conocía. Doña Concepción le explicó la situación. El eclesiástico estaba horrorizado y prometió intervenir en el asunto. Observó al nuevo miembro de la curia advirtiendo que no reflejaba sombra, un nudo se le hizo en la garganta. Casi corriendo fue al Arzobispado para tomar decisiones, comenzaron las pesquisas, el medio más rápido era el telégrafo, que para estos casos gozaba de secreto diplomático y gratuidad del Estado. 

Para sorpresa de todos, después de unos días se confirmaba la noticia que en el Vaticano se había descubierto una célula española de satánicos sacerdotes, entre los que figuraba el cura José, denunciado por la alumna. Con sigilo comenzaron a vigilarlo, cumplidas impecablemente sus misiones, el joven sacerdote salía y se dirigía hacia la casa de una conocida curandera con la cual se reunía al menos dos veces por semana. Muchas personas concurrían a ese lugar. Establecidos los contactos entre gobierno, policía y curia, procedieron una noche a realizar una redada con orden de allanamiento, la tertulia clandestina era un aquelarre de brujos, adoraban objetos extraños rodeados de velas negras y rojas, vertían sangre sobre tierra del cementerio y se encontraban en un estado total de inconciencia, sus cuerpos se retorcían mientras gritos infrahumanos salían de sus gargantas. Los concurrentes y el cura fueron detenidos y conducidos a la Central de Policía. El sacerdote fue asegurado con un par de esposas y con una cadena a la reja principal y guardia a la vista. A las doce de esa noche, mientras los demás detenidos dormían en la celda, jura y rejura, el guardia, que el joven clérigo se convirtió en un ave negra que dando graznidos remontó vuelo y se alejó, cayendo despacio la sotana.

Los otros agentes que estaban cerca escucharon el grito de su compañero de trabajo y acudieron al instante, quedaron estupefactos ante el escenario que se les presentaba.

Dicen que frente a la casa de doña Concepción solía pasar un extraño personaje que no refleja sombra alguna, la española lo siguió una vez y lo interpeló, al darse vuelta se encontró de frente con una calavera que arrojaba luz roja en el hueco de los ojos.

Desde entonces doña Concepción lleva un amuleto venido directamente del Vaticano.

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