Por Emilio Zola
Especial
Para El Litoral
Si la historia de la humanidad ha sido una constante dicotomía dialéctica entre opresores y oprimidos, el escepticismo reinante entre las generaciones actuales halla plena justificación en su argumento de que los sistemas representativos han fracasado en sus intentos por llevar equidad social a las masas.
En tiempos preelectorales, el criterio imperante en los más jóvenes, en los menos formados políticamente, apunta a una ruptura de los sistemas tradicionales sin advertir que dicho cambio puede representar un salto al vacío equivalente a la involución que proponían los pensadores promedievales, romántico-conservadores, que alentaban un retorno a los tiempos comarcales, de las ciudades estado protegidas por un señor feudal a cambio de un estilo de vida que emparejaba hacia abajo, con una minoría dominante y una mayoría sierva, dominada.
Escuchar a Cristina, a Alberto, por citar a los referentes más sobresalientes del momento político bisagra hacia el que transita la Argentina, provoca una sensación de más de lo mismo, con sorprendentes revelaciones como la del juglar de la izquierda iberoamericana, Joaquín Sabina, renegando de las derivaciones de aquellas revoluciones a las que supo adscribir en el siglo pasado.
El desencanto representa el caldo de cultivo para los gérmenes autoritarios, anti-Estado, individualistas y meritocráticos. Eso está visto. El sálvese quien pueda traducido a la política coyuntural de un país con enorme potencial pero sin destino cierto, en el que ya se probaron todas las recetas: ajustar con políticas restrictivas como la reducción de jubilaciones, privatizaciones y despidos de empleados públicos; o dinamizar con políticas expansivas, elevando los salarios para incrementar el consumo a la vez que se incrementan las exportaciones, se obtienen divisas para fortalecer las reservas, etcétera.
Todas las partituras económicas parecen haber fracasado salvo en tres momentos históricos recientes a saber: 1) Cuando Ber Gelbard, como ministro de Economía del tercer gobierno de Perón, logra un acuerdo de congelamiento de precios y salarios con empresarios y sindicatos. 2) Cuando Carlos Menem y Domingo Cavallo aplican la convertibilidad y en el primer año de aquel programa se frena la escalada inflacionaria de manera tal que los asalariados recuperaron su poder adquisitivo. Y 3) Cuando Néstor Kirchner junto con Roberto Lavagna vuelcan recursos procedentes de la estatización de los fondos jubilatorios para generar un círculo virtuoso de oferta y demanda en el que miles de marginados dejan de ser pobres para recuperar un lugar en la clase social de los económicamente activos.
Las tres experiencias son recordadas con nostalgia por los más memoriosos, pero las tres terminaron muy mal. Ante la muerte de Perón, Isabel contrató a un tal Celestino Rodrigo (para producir el famoso Rodrigazo como antesala del golpe de Estado de 1976); Menem se endulzó con la fantasía de la paridad peso-dólar sin generar un programa de salida gradual del esquema de 1 a 1; y Kirchner no trabó acuerdos programáticos con los sectores productivos para reconvertir laboralmente una masa de ciudadanos que se volvió estadodependiente, mientras el déficit fiscal se disparaba hasta producir los primeros signos de la avalancha inflacionaria que hoy asola.
¿Qué hacer entonces? ¿Clausurar el Estado para que cada uno viva según su mérito, sin tener en cuenta el contexto social del cual ha surgido? ¿Sin observar el detalle no menor de que un niño nacido en el corazón del barrio La Olla tiene posibilidades infinitamente menores que otro niño nacido en una clínica privada de Palermo?
En Japón existe una antigua doctrina filosófica llamada “Genchi Genbutsu”, que traducida al castellano significa “volver a las fuentes para observar y entender”.
Fue la enseñanza que aplicó Kiichiro Toyoda, el hijo de un industrial nipón que a fines de la década del 20 transformó la fábrica familiar de telares en uno de los emporios automotrices más importantes del mundo: Toyota.
El joven Kiichiro fue a las fuentes, observó los procesos de fabricación aplicados por su padre para lograr la calidad que destacaba a los telares Toyoda, y trasladó esa experiencia a la escala global de la producción automotriz. Claro que contaba con capital inicial, pero para lograr el éxito el dinero no era suficiente. Lo esencial fue acudir a las enseñanzas de los viejos maestros.
Del mismo modo, a la inflamada estirpe dirigente argentina, así como a todos sus seguidores, les vendría bien abrevar en las fuentes del pensamiento lógico para comprender que los cambios sociales se logran mediante procesos graduales que pueden comenzar con una revolución, pero que necesitan de liderazgos legitimados por la sociedad para llegar a buen puerto.
A mediados del siglo XIX Augusto Comte, padre de la sociología, había comprendido que la humanidad transcurrió distintas etapas hasta alcanzar la era del pensamiento científico de consuno con dos revoluciones: la francesa de 1789 y la industrial, iniciada en Inglaterra a partir del tremendo impacto multiplicador de la máquina a vapor, con la producción en serie, la especialización laboral y el surgimiento de dos grandes clases sociales: la burguesía capitalista y el proletariado.
Comte percibió los cambios sociales y advirtió que en tanto los hombres accedieran al conocimiento, cada uno de ellos alcanzaría un nivel de habilidades suficientes para desarrollarse sin guerras ni sometimientos. Era la doctrina positivista, que hacía pie en las ciencias de la naturaleza y sus resultados exactos, comprobables, verificables a través de la evidencia. Todo esto en un contexto de explosión económica que, desde la perspectiva del capitalista, era como el paraíso terrenal.
Pero también apareció Carlos Marx con su visión crítica de las asimetrías sociales. Lo que para Comte era una falencia momentánea de aquel proceso evolutivo que llevaría a la humanidad a un ideal de igualdad virtuosa, donde no hubiera carencias ni condenados a la pobreza, el filósofo alemán padre del socialismo remarcó la necesidad de producir cambios mediante la revolución proletaria, a través de la conciencia de clase y en razón de la plusvalía (ley según la cual los trabajadores ganaban por lo que producían en 6 horas, pero eran obligados a continuar produciendo durante 12 horas con la sola finalidad de enriquecer al patrón).
Marx criticó al capital desde la perspectiva de la autofagia, pues el desarrollo tecnológico, la concentración de recursos y la explotación humana avanzaban con tanta velocidad que la capacidad productiva de los telares, de las fábricas de maquinarias, de armas y de barcos (por citar algunos ejemplos más salientes) entrarían en una fase de superproducción inversamente proporcional a la capacidad de consumo.
En los tiempos de Marx no había clase media, pero el tiempo le terminó dando la razón en aspectos como el deterioro de la expectativa de futuro de la sociedad. La familia tipo capaz de costear los estudios de sus hijos y de planificar a largo plazo se ha esfumado en una vorágine que obliga a las personas laboralmente activas a vivir el día. Y aquí aparece Comte con su ideario del progreso en función de un orden establecido que permita a los ciudadanos adquirir conocimientos y destrezas para alcanzar objetivos que se traduzcan en calidad de vida. Orden y progreso, propugnaba Comte con asertividad.
Otro filósofo de la era posrevolucionaria que puso fin a los modelos medievales y absolutistas, Emilio Durkheim, advirtió por su parte que la miseria provocada por las desigualdades de la nueva sociedad industrial necesitaba algo más que el valor libertad conquistado a partir de la toma de la Bastilla. Algo más que la división de poderes de Montesquieu, algo más que el orden promovido por Comte. Ese algo más debía proceder del seno de la misma sociedad y fue definido como “conciencia colectiva”.
Los parias y los desamparados, excluidos por el apogeo de la máquina que exterminó los oficios artesanales y ungió un tipo social de excluidos, condenados a una esclavitud moderna, tenían la oportunidad de reencauzar sus vidas y las de sus descendientes a partir de un criterio de solidaridad al principio mecánica, y luego orgánica, que imponía la necesidad de interdependencia entre seres humanos.
Si los criterios de solidaridad de Durkheim se mantuvieran en la convicción de que todos los actores sociales se necesitan mutuamente para subsistir, el mundo como entramado de sociedades entraría en una fase de equilibrio que, aplicada a las artes de la política, marcaría el camino de una solución aristotélica del justo medio, con ricos no tan ricos y pobres no tan pobres. Lo otro es el abismo, el salto al vacío. Lo que el gran pensador francés desarrolló en su muy recomendable obra de análisis sociológico: “El suicidio”.