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El cementerio de los disidentes

Por Enrique Eduardo Galiana

Moglia Ediciones

Del libro Aparecidos, tesoros y leyendas

Muy pocas personas saben que, en algunos casos, sus viviendas están construidas sobre antiguos cementerios y en ciertos procesos lo van conociendo o descubriendo por experiencia propia, con extrañas apariciones o voces que escuchan en los lugares que habitan. 

En tiempos de la guerra de la Triple Alianza, para dar un ejemplo, en Corrientes Capital había varios cementerios: el brasilero, el uruguayo, el paraguayo (de los que luchaban con el ejército de la alianza) y el argentino. Con motivo de las diversas enfermedades que asolaban los campos militares (fiebre amarilla, sarampión, etc.) se instalaron diversos hospitales y cementerios. La medicina nada podía hacer con heridos graves traídos desde el frente de batalla o contra las enfermedades que diezmaban a las tropas. Se sostiene que más muertos produjeron las pestes que las batallas mismas. 

Debo agregar que en esa época proliferaban los masones, entre otros ritos religiosos que trajeron propios y extraños. De acuerdo con las costumbres de la época, ninguno de éstos podía ser enterrado en lugar “sagrado”, por eso los jefes de tropa crearon el cementerio de los disidentes. Allí se enterraban no solo los no creyentes o heréticos, sino también a las prostitutas, suicidas, negros y generalmente a los pobres, a lo que se suman los asesinados y otras víctimas que no podían, por algún motivo, ser llevados al lugar “sagrado”. 

En estos tiempos violentos y de guerra, la ciudad se vio desbordada. Era a la vez jolgorio de fiestas, brindis y velorios.

Estas miserias humanas se emparentaban con el desarrollo económico que la guerra trajo consigo: todos tenían algo que alquilar y los lugareños se peleaban por hospedar oficiales, especialmente brasileros, que pagaban su precio en oro.

No había disponible servicio doméstico, las familias pobres por primera vez en sus vidas, lavando ropas y cocinando para otros, vieron monedas de oro en sus alforjas. 

Este cementerio de los disidentes se encontraba en la intersección de las calles San Luis y Mariano Moreno, luego lugar que durante mucho tiempo tuvo un gran baldío hasta que decidieron construir. Los vecinos antiguos del barrio conocían sobre los paseantes nocturnos, espectros que deambulaban sin rumbo fijo por el lugar como buscando una salida de un terreno abierto. 

Los constructores, para no perder el negocio, al excavar los cimientos encontraron restos humanos, de diversas medidas. Nada dijeron. ¿Qué hicieron con ellos? No lo sé. 

Guardaron bien el secreto. ¿Cómo iban a informar a los futuros propietarios o pasajeros de la construcción, que sus viviendas estaban asentadas sobre un cementerio? De eso no se habla. 

Ahora, según dicen, los nuevos pasajeros o vecinos del barrio se sorprenden con figuras espectrales que deambulan por el lugar. No tienen explicación para ello. Han llamado a curas, chamanes, adivinos y otras hierbas para conjurar a estos entes, sin resultado alguno. Los muertos tienen sus raíces allí, donde murieron o fueron sus restos enterrados. Muchos de ellos, de muerte violenta, claman por sus seres queridos, que quizá hayan estado muy lejos, en tierras extrañas. Probablemente una mano piadosa acarició su frente o refrescó su cuerpo, pero la muerte no perdona a quienes eligió para llevarlos consigo. 

Un viejo plano de la ciudad de Corrientes de esos años marca bien los cementerios durante la guerra. 

¿Qué tendrá la muerte que algunos quedan flotando entre el más allá y el acá? Condenándolos a pasear en busca de una salida entre un muro inexistente y una pena por purgar, vaya uno a saber qué conductas. 

¿Sabe usted si en el lugar que habita hubo un cementerio?

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