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El regreso del socialismo del siglo XXI

Una repetida puesta en escena parece asomar en América Latina. Como si se tratara de  una serie televisiva, un grupo de flamantes líderes emerge en esta etapa política contemporánea.
 

Lunes, 27 de junio de 2022 a las 01:00

Por Alberto Medina Méndez
[email protected]
@amedinamendez 
 

Hace algún tiempo irrumpieron en la región personajes como Chávez en Venezuela, Morales en Bolivia y Correa en Ecuador, pero también más o menos en la misma época estaban sus “amigos” Lula en Brasil, Kirchner en Argentina, Lugo en Paraguay, Humala en Perú, Bachelet en Chile y Mujica en Uruguay.
Casi en forma simultánea fueron perfilando un mapa “rojo” que daba cuenta de que algo estaba mutando en estas latitudes. Los carnívoros y los herbívoros del socialismo local tomaron posiciones y de algún modo marcaron una senda hasta entonces única en la historia.
Con sus matices promocionaban valores compartidos y encarnaban una cosmovisión definida como el “socialismo del siglo XXI”. Una suerte de neomarxismo con ribetes folklóricos había llegado para edificar su utopía.
Ya existían por aquella temporada siniestros promotores de esta ideología en la Cuba de los Castro y la Nicaragua de Ortega. Si bien los orígenes personales de cada uno de ellos no se parecían entre sí, todo señalaba que buscaban objetivos similares. Esos procesos políticos tenían denominadores comunes. Una retórica de izquierda, apalancada en lo “popular”, soportada desde la democracia directa como instrumentos, pero con intenciones pretendidamente revolucionarias que habilitaban reformas constitucionales, mayor concentración de las decisiones en pocas manos y con la intención de perpetuarse en el mando para garantizar la continuidad de esa dinámica.
El modelo cubano inspiraba a muchos. Algunos con cierto disimulo y otros con más descaro intentaron emular ese esquema con variado éxito, trazando alianzas internacionales de dudosa reputación y moralidad.
Después surgiría una era muy particular, con tropiezos electorales estrepitosos que inauguraban otro ciclo aparentemente compensador de aquellos movimientos y que buscaba establecer cierto equilibrio de fuerzas en esta parte del mundo.
Los triunfos de Macri en Argentina, Piñera en Chile, Bolsonaro en Brasil, Lacalle Pou en Uruguay y Lasso en Ecuador fueron una señal que en diferentes momentos pero que mostraban un alejamiento de la hegemonía imperante. Episodios institucionalmente controversiales como los de Paraguay y Bolivia detenían la inercia vigente y exhibían lo que parecía ser el principio del fin de aquella parodia.
A esas alturas convivían gobiernos de signo contrapuestos, con escasas coincidencias y con vínculos globales bastante heterogéneos. Ese tablero diverso auspiciaba una mayor pluralidad y la posibilidad de construir genuinos consensos entre sociedades hermanas que opinaban con divergencias sobre temas domésticos pero que podían coincidir para interactuar y articular políticas de un modo más civilizado.
Esa secuencia se volvió a revertir en unos pocos meses y hasta es posible que ese derrotero continúe agravando la cuestión de fondo. Las victorias de Castillo en Perú, Boric en Chile y Petro en Colombia encienden nuevamente las alarmas y “pintan” aún más el mapa del mismo color.
Con algunas excepciones como las de Paraguay y Uruguay, y con dos carreras electorales relevantes en pleno despliegue como las de Brasil y Argentina, el destino continental aún sigue en construcción.
Más allá de la narrativa propia de esta nueva izquierda y de sus opinables tonalidades, en ese espacio en el que confluyen los líderes más moderados con autócratas que no disimulan su voracidad, lo cierto es que esas utopías no han podido demostrar hasta la fecha ningún resultado positivo concreto. Cuando esos gobiernos son cuestionados por su incapacidad de plasmar en hechos tangibles tanto delirio, sólo fluye un discurso repleto de excusas, que se justifica por sus propios pecados, buscando culpables por fuera y sin hacerse cargo de nada. Esas sociedades gobernadas por siniestros dirigentes solo han logrado empobrecer a sus comunidades y deteriorar las instituciones de sus países.
Sus argumentos siguen siendo retorcidos para confundir a los incautos e infantiles para cualquier observador con alguna capacidad para tomar distancia de la emocionalidad que propone el “relato político” con el que intentan manipular a sus habitantes.
Las evidencias son muy contundentes. Los que están anclados en el poder desde hace mucho tiempo no han logrado revertir lo que prometieron. A los recién llegados se les podrá otorgar el beneficio de la duda, pero su superficialidad y sus promesas van en la misma dirección que los fracasos ya conocidos que jamás funcionaron en ningún lugar del planeta.
Habrá que decir que las alternativas políticas ofrecidas tampoco fueron ni suficientemente astutas ni capaces de oponer resistencia a la carismática mirada de estos pícaros plagados de trucos demagógicos y de un populismo de baja categoría que alcanza para ganar, pero no para gobernar bien.
Para muchos optimistas esta vez no será igual. Esto parece más una expresión de deseos que una realidad verificable. El pensamiento mágico de una porción relevante de los ciudadanos mezcla sus sueños con la posibilidad fáctica de que eso pueda suceder alguna vez.
En los casos en los que han ganado en las urnas con claridad tendrán el derecho de demostrarlo. Los fraudulentos del poder ya han quedado expuestos y todos saben que solo pueden permanecer allí haciendo trampas, acallando o encarcelando a sus opositores, maniatando el sistema electoral y apelando al fraude como herramienta para tomar lo que no les corresponde. Esos ya no tienen defensa alguna.

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