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Para que los abuelos vuelvan a ser abuelos

Por El Litoral

Domingo, 18 de septiembre de 2022 a las 01:00

Por Emilio Zola
Especial
Para El Litoral

Es Cristina Fernández de Kirchner la persona con atributos suficientes para llamar al diálogo? En función de sus pergaminos y antecedentes institucionales podría decirse que sí, pues aquilata una trayectoria sobresaliente con dos mandatos presidenciales consecutivos y una vicepresidencia en ejercicio, lo que habla del alto nivel de respaldo popular que logró a lo largo de su extensa carrera política.
¿Es suficiente esgrimir las cucardas obtenidas para convocar al diálogo? Seguro que no. Para hacerlo desde un mosaico de legitimidad que convierta el gesto de apertura en algo más que un rictus oportunista, es conveniente haber demostrado capacidad de escuchar al que piensa distinto, de tolerar el disenso, de aceptar el debate público en un marco de intercambios donde la razón no asista siempre al mismo bando.
El hecho dramático, sin dudas abrumador, de que hayan atentado contra la vida de la figura política más relevante de los últimos 20 años, ¿habilita a esa misma líder a proponer la concordancia? Más allá de que su conducta histórica no fue proclive a la concertación, de que la confrontación fue su leit motiv actitudinal y de las sospechas de corrupción que sobrevuelan su pasado y su presente, la respuesta es sí.
Cristina quedó habilitada desde el momento en que se convirtió en víctima de intento de asesinato. Amada o detestada, conductora o dispersora, el hecho de que una organización de extremistas la haya elegido como blanco, así como el exacto instante en el que la bala se mantuvo en su cápsula pese a las dos gatilladas del perpetrador, unge a la titular del Senado y mandamás indiscutida de la alianza gobernante con una responsabilidad pacificadora.
Salir con vida de una emboscada letal que además se produjo como consecuencia esperable de la escalada de violencia verbal que arrecia en la Argentina a partir del constante recrudecimiento de la grieta, no es otra cosa que una gran chance de hacerlo mejor. Si en estos últimos lustros, especialmente desde que estalló la guerra con el campo fruto de la famosa resolución 125, la temperatura social se elevó cebada por posiciones irreductibles de los jerarcas políticos, lo más sensato es cambiar la perspectiva y abordar la realidad ya no desde la lógica binaria del fanatismo dogmático, sino desde el plano de las coincidencias, por más mínimas que sean.
Es lo que intenta la vicepresidenta. Su reaparición pública, a dos semanas del magnicidio fallido, configura un acto de prudencia por cuanto advierte el peligro de que un enfrentamiento faccioso termine por destruir el marco de convivencia democrática reinstalado desde 1983. Si bien Raúl Alfonsín enfrentó atentados contra su vida y Carlos Menem padeció la muerte de su hijo en condiciones nunca esclarecidas, aquellos episodios no fueron el corolario de la fractura idiosincrática que percude el pensamiento crítico de los argentinos hasta empujar a las personas a cometer todo tipo de desatinos.
Ni en tiempos de Alfonsín, ni en tiempos de Menem, las diferencias en torno del modelo socioeconómico del país alcanzaron niveles de virulencia doméstica como los exhibidos por la Argentina a partir de la segunda década del siglo XXI, etapa donde hasta el más amoroso abuelo de familia puede transfigurarse y estallar en sus redes sociales con mensajes asquerosamente clasistas, provocativos y denigrantes.
A modo de ejemplo, quien esto escribe leyó ayer, en el post de cierto caballero de quien jamás se hubiera esperado tamaño acto de blasfemia: “Les paso unas fotos de esta correntinita otrora Reina de Ará Berá muy bien acompañada solo le faltaría la Chorra madre y cartón lleno, seguramente es la candidata de alguno o tiene un lindo currito saluuuuuuuddddoooooossssss buen finde y que disfruten las fotos” (sic).
El texto en cuestión es acompañado por imágenes de referentes kirchneristas junto a la mujer a la que el autor de la publicación dirige los conceptos injuriantes, a la vez que abre el foro de comentarios para que terceros se sumen a la ola descalificatoria, cual hoguera virtual atizada con epítetos que denostan el género femenino por el simple hecho de que la dama agraviada es admiradora de Cristina Kirchner. Como si comulgar con una idea política (en este caso la afinidad con el peronismo) fuera motivo justificante del escrache misógino.
El caso citado es uno en millones. Las redes sociales son el sustrato catártico donde los que odian por motivos políticos, raciales o incluso religiosos se desgracian con aportes dignos del más escandaloso diccionario de ultrajes. Y lo más grave de todo es que en un 99,99 por ciento tales brulotes carecen de asidero, pues son meros productos del efecto contagio que logran los opinadores enrolados en distintas facciones, convencidos de que influir sobre las masas para que adopten tal o cual posición les permitirá sacar ventajas para llegar, o bien para mantenerse en el poder.
El problema de enfervorizar a las multitudes es que la capacidad de autoconvencimiento de los más desequilibrados puede llevar el dicho al hecho en un abrir y cerrar de ojos. Se vieron en las marchas anti K falsos cuerpos humanos en bolsas cadavéricas, se vio también una guillotina lista para decapitar a la “yegua”, se escuchó decir a más de un manifestante en los canales de noticias que “necesitamos un sicario que le meta un tiro en la cabeza a la chorra”. Se observaron y escucharon tantas premoniciones que al final pasó lo que pasó.
Fernando Sabag Montiel fue el elegido para empuñar la pistola, Brenda Uliarte fue su instigadora y Gabriel Carrizo, hasta ahora sindicado como jefe de la llamada “Banda de los copitos”, habría articulado las acciones para que sus secuaces llegaran al entorno cercano de la vicepresidenta, en medio del gentío arremolinado en adyacencias de su departamento de la Recoleta. Así, con la custodia distraída y sin que nadie en el Gobierno haya tomado recaudos, las miles de amenazas vomitadas a los cuatro vientos se hicieron realidad aquel jueves 1 de septiembre.
Advenedizos o no, los autores del magnicidio fallido urdieron un plan que pudo haber desencadenado una ola de sangre y fuego comparable con los enfrentamientos acaecidos en la primera mitad de la década del 70, cuando la Triple A sembraba el terror en una balacera sin cuartel contra la izquierda peronista. ¿O acaso está demás evaluar la posibilidad de que, en caso de haber tenido éxito Sabag, alguno de los cristinistas más enceguecidos pudiera haber consumado una venganza?
En otro contexto Cristina Fernández de Kirchner no hubiera sido la más indicada para invitar a sus adversarios a la misma mesa, pero como dijimos en esta columna hace dos semanas: los códigos relacionales entre adversarios políticos necesariamente cambiarán a partir del frustrado ataque de la calle Juncal. Ahora la vicepresidenta es una sobreviviente y sus homólogos, por carácter transitivo, lo son también en el sentido simbólico.
La hipotética muerte violenta de la vicepresidenta pudo ser el descenso al más oscuro de los avernos para la sociedad civil por una razón insoslayable: no hubiera sido el único asesinato político del siglo XXI, sino el primero.
Por eso está bien que Cristina, en su condición de objetivo inicial de la guerra civil que no fue, llame al diálogo. Y estaría bien que sus adversarios accedan. La foto de los más representativos adalides de la política nacional reunidos en torno de ideales comunes como son custodiar la paz social y fortalecer el sistema democrático enfriaría los ánimos al punto de que los abuelos volverían a jugar con sus nietos, sin transformarse en truhanes capaces de juzgar a las reinas comparseras por sus preferencias políticas.

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