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Solo una casa ¿Qué ocurre?

Moglia Ediciones

Del libro “Aparecidos, tesoros y leyendas”

Buscando historias por el barrio San Juan Curuzú (hoy Deportes), les pregunto a las casas sobre sus historias: hablan a través de sus antiguos moradores, son historias orales, se cree o no se cree. 

Nos ubicamos en la calle Salta, antigua calle Real, entre Quintana y Plácido Martínez. Ella pertenecía a la familia Pantus, o algo así, antes de que los García la ocuparan. 

Según afirman, la propiedad era una sola y se dividió. 

La que corresponde al cardinal Sur, era de la familia que menciono. El marido -muy celoso-, dicen las malas lenguas que mató a su mujer en la pieza de adelante y que a pesar de las investigaciones en la época, nunca encontraron el cuerpo. Algunos afirman que lo ocultó en los antiguos túneles que pasan cerca de la casa, por el subsuelo; otros dicen que lo enterró tan bien que no pudieron hallar los restos; otros -más osados- afirman que la emparedó, cosa muy corriente en la ciudad, resabio de la guerra. 

Viajeros en una época se hospedaban en casas familiares ante la falta de hoteles. Necesario es recordar que la ciudad de Corrientes pasó a ser un centro comercial con la Guerra del Paraguay y cambió totalmente su fisonomía, siendo de tanta importancia como una ciudad Europea. Se movían miles de libras esterlinas, bolivianos, mexicanos, doblones españoles y otras monedas de oro y plata. En ella se instalaron hospitales brasileros, paraguayos, argentinos, uruguayos y cementerios de las mismas nacionalidades, a los que se agregan los de los disidentes (no católicos), negros y suicidas. Como contraste a esta tristeza, las casas se abrieron para alquilar habitaciones a los viajeros, comerciantes, viandantes y aventureros. 

Muchos de ellos, con dinero suficiente y más, y por ello no se conseguía servicio doméstico, ya que los oficiales aliados pagaban en libras esterlinas. Nunca hubo tanto oro en Corrientes. Bailes, fiestas, prostíbulos, soldaderas de los diversos ejércitos y muchos extranjeros. Es decir, muchos pensionistas, algunos con contante y sonante expuesto. 

Se cuenta que algunos nunca volvieron a salir de las casas en que se hospedaban, fueron asesinados por el vil metal y emparedados; para que se entienda: enterrados de pie en las gruesas paredes de las mismas casas que les servían de habitación. Otros fueron tirados a los pozos ciegos, muchos enterrados directamente en los fondos. Es lógico y explicaban que sus huéspedes se tuvieron que marchar, incluían notas falsificadas de llamadas de urgencia de lugares remotos. Ello sirvió de aprendizaje para muchos correntinos que optaron por esconder el cuerpo de sus víctimas de esa manera, o directamente tirarlos al río. 

En el asunto de esta casa nunca se encontró el cuerpo de la mujer. El dueño lloraba públicamente y guardaba luto riguroso, sin reconocer jamás su crimen, pero tampoco admitir la muerte de su mujer, que atribuyó a un abandono con un amante secreto. Adquirida la propiedad, los nuevos habitantes observaban que las cosas se movían, golpeaban las puertas en el dormitorio cuando dormían, le acomodaban la almohada. Una noche, la señora de la casa se levantó temerosa por todo lo observado, miró cómo las herramientas se movían en el patio. La sorprendida mujer se volcó hacia un misticismo extremo, llenó la casa de santos, pero aun su cuerpo le pasaba facturas y siempre le dolía la cabeza. 

Para mitigar su angustia, llamó a un cura, quien bendijo la casa, pero encomendó a una de sus rezadoras la misión de calmar el alma en pena. 

Una tarde fresca, de hermosa luz, la rezadora llegó y comenzó su tarea según las indicaciones del cura exorcista. Tal fue su asombro cuando ante ella se presentó una figura etérea de una mujer, con una nenita de su mano que trataba de decirle algo. La rezadora sintió como si alguien la arrastrara hacia el fondo del piso, las entrañas de la tierra. 

La historia fue un hecho sonado en la Ciudad de Vera, se publicó en los diarios de la época como un crimen sin resolver. La dueña, cansada de su lucha contra lo inexplicable, dio por concluida su estancia en la casa cuando un cuadro colgado en el dormitorio apareció en el medio de su cama, acomodado como si alguien lo hubiera traído entre sus manos. No pensó más y vendió la casa. 

El nuevo dueño, entre varias reformas que realizó, cambió la puerta de un dormitorio, pues el nuevo habitante, un perro Rottweiler, veía con asombro ciertas señales inexplicables, al igual que la antigua dueña, y su perro arañó tanto esa puerta en particular, que la destruyó totalmente. El motivo nadie lo sabe, buscaban algo que le llamara la atención, pero nada. Ese lugar era el dormitorio de la antigua dueña, cuya desaparición nunca pudo explicarse, y en la ventana, cuando sacaban fotos familiares, siempre aparecía la sombra borrosa de una mujer y una niña de su mano. 

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