Por Emilio Zola
Con velocidad hipersónica la configuración política de la Argentina fue alterada por un factor predominante en la cruzada electoral 2023: el pánico. Los desangelados por la malograda administración albertista se unieron por el pavor a la posibilidad de que el extravagante Javier Milei llegara al poder, lo que catapultó una ola de votos a favor de Sergio Massa en la primera vuelta del 22 de octubre. Y el terror que ahora trepana al antiperonismo ante la chance de que el tigrense desembarque en la Casa Rosada motorizó la entente pergeñada en tiempo récord por el ex presidente Mauricio Macri para que su paje, la ex candidata Patricia Bullrich, se rindiera a los pies del motosierrista libertario.
Sorpresivo, pero no tanto. La última semana de campaña que llevó adelante La Libertad Avanza fue una sucesión de tiros por la culata que desnudaron las incongruencias del frente encabezado por el minarquista. Que hay que romper con el Vaticano, que San Martín no es el Padre de la Patria, que murió el 17 de octubre y no en agosto, que a los inseminadores involuntarios les pinchan los profilácticos, que los cosplayers deberían frotar sus genitales por el rostro de los niños en las escuelas. Señales que completaron el perfil psicopaticopolítico de un candidato que encontró su techo en los 30 puntos de las PASO.
Las reacciones postelectorales tampoco fueron para que se cayera la dentadura de nadie. Bullrich (tercera cómoda con un 23 y pico por ciento de los votos) pronunció esa misma noche un mensaje funcional a la sintonía discursiva de Milei, quien adoptó los latiguillos de la “montonera asesina” (así la había calificado hasta que publicó el meme del león abrazado con la pata) y redujo su radio de ataque: ya no va contra la casta, sino solamente contra el kirchnerismo.
Existe en el derecho penal un caso de estudio llamado “Matar al muerto”. Se trata de un homicida que entra a hurtadillas con intenciones de matar a su enemigo. Creyendo que este duerme, dispara tres tiros a su cadáver sin saber que la víctima en cuestión había expirado poco tiempo antes, producto de un infarto. El asesino no asesinó a nadie, pero su conducta disvaliosa y antijurídica será imputable como tentativa en razón de que la pena tiene una función preventiva general: no sólo se castiga al autor, sino que se emite un mensaje al resto de la sociedad para ratificar la vigencia de las normas y propender a la no repetición de tales actos.
Trasladado el ejemplo a la política coyuntural, el gran error de Patricia Bullrich fue concentrar las energías de su campaña en el kirchnerismo como si fuera la suma de todos los males, sin tomar conciencia de que esa facción ideológica del peronismo ha muerto desde hace tiempo. En concreto, desde el momento en que a Cristina Fernández de Kirchner no le dieron los números para postularse en 2019 y eligió al moderado Alberto Fernández para ganarle a Juntos por el Cambio. Lo logró, pero el costo fue la senectud de un espacio político que se cayó a pedazos por la ausencia de un plan de gobierno, un presidente pusilánime que jamás se atrevió a cortar lazos y una vicepresidenta que se la pasó mandando tiros por elevación sin hacerse cargo de la abominación institucional en que se convirtió la gestión de lo que hoy es un gobierno ficcional.
¿Quién asesoró a Bullrich para que apuntara su mira telescópica a la osamenta de lo que alguna vez fue el kirchnerismo? Seguramente el mismo que la envalentonó para que le escupiera el asado a Horacio Rodríguez Larreta, quien se autopercibía sucesor natural de Mauricio Macri en el liderazgo de la (hasta hace pocos días) principal fuerza opositora del país. El punto es que el “Angel Exterminador” (así bautizado por el siempre incisivo Jorge Asís) nunca aceptó que ese pelado de las poleras lo reemplazara en el trono de la primacía cambiemita sino al revés: le atribuyó el estatus de un cuidacoches autorizado a manejar solo en caso de maniobras previsibles, dictadas por el arbitrio de quien se sabe dueño del volante. Y con mentalidad visceralmente calabresa, pasó factura cuando Horacio decidió acelerar por cuenta propia.
De ese modo, mientras la comandante Pato agotaba sus municiones contra un enemigo etéreo, el libertario Milei crecía en la consideración de los desclasados para colocarse como favorito de la primera vuelta, que según sondeos lo ubicaban en condiciones de aspirar al primer lugar de aquel guarismo que finalmente encabezó Massa con una diferencia de seis puntos sobre la opción de ultraderecha.
Resultado: el fundamentalismo de Milei no le sumó caudal, pero tampoco le restó. Lo determinante fue el error de Bullrich, que la dejó fuera de competencia en un inédito tercer puesto y al mismo tiempo fortaleció a Massa, quien se las ingenió para sacar provecho de la atomización opositora hasta escalar a 36,7 puntos en la que (el gobernador correntino Gustavo Valdés tuvo razón) fue la peor elección del peronismo en su historia, pero suficiente para erigirse en ganador y acercarse como nunca al gran objetivo de su vida.
De nada le sirvió a Patricia matar al muerto. Y como en el derecho penal, pagó un alto costo por elegir un blanco innecesario. La estrategia correcta fue la que adoptó recién en el último tramo de campaña, cuando sumó a Carlos Melconian para paliar su déficit en economía y prometió una hipotética Jefatura de Gabinete a Rodríguez Larreta. Todo para evitar que un “inestable emocional” como Milei se adueñara (como terminó lográndolo) de la opción de cambio que históricamente había sido impulsada por la alianza que en 2015 rubricaron el PRO, la UCR y la Coalición Cívica.
A menos de tres semanas de la segunda vuelta todo cambió. Milei se abrazó con Bullrich en la televisión, sus aliados inundaron con gestos de reconciliación las redes y Juntos por el Cambio entró en un efecto diáspora que nadie sabe dónde terminará. Suárez Lastra fue el primero en plantarse con la idea de una neutralidad que no comprometa el compromiso ético del frente, Morales y Lousteau definieron a Macri y a Bullrich como “idos” del espacio, los gobernadores radicales se constituyeron en un polo de poder autónomo para aclarar que no convalidan el matrimonio entre aves acuáticas y felinos.
En todo el arco político se escucharon reproches y repudios a la flamante sociedad impulsada por Macri, desde Amalia Granata hasta Luis Brandoni, pasando por Pablo Avelluto, Federico Storani, Carlos Maslatón y hasta el cantante Wos, que ayer improvisó en un recital: “No soy un falso león, ni rancheo con los gatos ni me abrazo a un pato”.
A todo esto Massa, el que alguna vez fue tachado de panqueque por haber abandonado la gestión de Cristina Fernández de Kirchner para enfrentarla en el 2013 y buscar la Presidencia como tercera opción en 2015 (en aquellos tiempos en que prometía meter presos a los ñoquis de La Cámpora), saca ventaja del revoltijo y aplica las herramientas del Estado para administrar la crisis con la astucia de quien, aunque formalmente es responsable de la política económica nacional, logra desembarazarse de su autoría para presentarse como un solucionador futuro de problemas que, según su lógica, no le son atribuibles.
Lo milagroso es que le da resultado. El 36,7 por ciento del electorado consideró que Massa es la salida de este gris laberinto. Y como dice la canción de Sabina: el que podría lograrlo es quien aquilata una suma de fracasos que contribuyeron a forjar una personalidad multifacética. Tal como relata la letra de “La Chica Almodóvar”, el secreto de la felicidad consiste en “tener en cada puerto un amante distinto”.
Y Massa es un poco eso. Una simbiosis hibridada por la genética de Néstor Kirchner, el desenfado de Carlos Menem, el aplomo de Roberto Lavagna, el pragmatismo de Domingo Cavallo, la perversidad de Eduardo Duhalde y la picardía del Chueco Mazzón, aquel recordado rey de la rosca política que tantos añoran. ¿Qué no es Massa? La respuesta vino del mismísimo Jorge Lanata hace dos días en diálogo con Jorge Rial: “Massa no es kirchnerista, sino peronista”. Es decir, una suma de contradicciones toleradas por el establishment, por la iglesia, por los medios y por el campo. Un consentido de los verdaderos dueños del poder.
En la otra trinchera, parapetados con motosierras, pistolas taser y cañones de memes, los antiperonistas confían en consolidarse a través de la única piedra de unidad que los empujó a juntarse: el odio al populismo K, un sentimiento anacrónico pero compartido por medio país. Y si bien es cierto que ese asco clasista a la mersa planera podría ser la carta de triunfo de Milei, lo que nadie tiene en cuenta es que si finalmente la ofensiva libertaria obtiene el respaldo popular y va por la demolición de las pilares del Estado como garante de la justicia social consagrada por la Constitución, la República puede entrar en un estado de ebullición popular cuyos efluvios podrían resucitar al muerto: el kirchnerismo.