Un conductor promedio sale del trabajo a las 20,40 con intenciones de llegar a casa para descansar en familia después de una jornada difícil. Una parada previa lo obliga a salirse del camino cotidiano para buscar a su hijo adolescente en la academia de una profesora particular de matemáticas. Va estresado, con el cuello endurecido por las tensiones de la jornada cuando, al virar en transitada avenida del barrio Güemes, no tiene más remedio que maniobrar en condiciones riesgosas para evitar a un joven motociclista que acaba de aparecer de contramano, sin luces, emergido desde una bocacalle oscura.
Asustado y molesto porque el volantazo casi le cuesta un impacto frontal con un colectivo, insulta desde su ventanilla: "Pelutodo inconsciente. Si te querés matar hacelo de otra forma pero no arruines la vida de los demás". El motociclista frenó y respondió algo así como "qué me importa, yo ando por donde quiero y si no te gusta jodete".
"Entonces morite pero no contra mi auto", exageró el conductor sacado de sus casillas antes de seguir viaje hacia la academia donde estacionó para tocar el timbre. De espaldas a su vehículo, escuchó un estallido similar al de un balazo. Por acto reflejo se agachó para buscar refugio en la parte trasera de su Volkswagen, donde tomó conciencia de lo ocurrido: el motociclista ofendido lo había perseguido, se mantuvo en las sombras hasta verlo descender y atacó a hurtadillas con una baldosa tomada de las aceras.
El muchacho que salió en contramano y sin luces había cobrado venganza disparando el cascote contra el cristal posterior, que reventó como si alguien hubiera disparado una pistola 45. "Por suerte no era un arma de fuego sino un escombro", pensó el conductor del auto averiado mientras contemplaba la silueta del agresor alejándose en la penumbra, a toda velocidad.
Minutos después, asumida la culpa de haber liberado la bestia contenida en el atacante motorizado, el conductor evaluó su proceder y se autocriticó. "No debí decirle nada, hay demasiado odio en las calles y cualquier palabra de más puede desatar la ira de los resentidos".
El episodio no pasó a mayores, pero constituye un síntoma del enrarecimiento social que conspira contra el orden instituido por las normas consagradas democráticamente, en un Estado que ejerce el poder de policía para regular la relación entre derechos que no son absolutos sino relativos.
Encausada por los límites de ese bastidor normativo transita una sociedad que por motivos lógicos de convivencia, hasta hace un tiempo aceptaba frenar en un semáforo ante la luz roja. Sin embargo, la irrupción de liderazgos individualistas que pregonan el avance de una libertad irrestricta inocula un mensaje que diluye los frenos inhibitorios de muchos ciudadanos hartos de sus propias desgracias.
¿El motociclista que, luego de provocar lo que casi termina en un choque contra un colectivo y vuelve sobre sus pasos para embestir por retaguardia, es parte de esa masa de individuos enojada con una realidad que los condena al pesimismo crónico? Posiblemente sí. ¿Y esos condenados al infortunio, desahuciados por no haber accedido a las cosas y las chances que creen haber merecido, odian a los que tienen un auto y un trabajo estable? Posiblemente sí.
Cuando el mesianismo gana la pulseada hasta apoderarse de la psiquis de los fanáticos más alterados, todo pareciera estar permitido porque el líder lo hizo sin que nadie pudiera evitarlo. Desde hace un par de años, el hoy candidato a presidente Javier Milei actúa con esa lógica y dispara mensajes homofóbicos, antifeministas, antiestado y antitodo lo que -según su particularísimo prisma- represente al enemigo entendido como el beneficiario de los políticas de protección social.
"Hay que exterminar a los hijos de puta colectivistas", se lo escucha decir a Milei disfrazado de superhéroe en un archivo de 2019. Con frases del mismo tenor (hoy apaciguadas por recomendaciones estratégicas de su nuevo socio y manager, Mauricio Macri), el candidato de La Libertad avanza se encargó de sembrar un odio contenido, latente y listo para deflagrar al primer chispazo de fricción con la realidad.
No hay pruebas para afirmar que el agresor de la moto haya sido, además de un asesino en potencia, uno de los convencidos por la cruzada ideológica de Milei, pero el germen de violencia expandido en todos los estamentos sociales encuentra en el despeinado aspirante libertario un acelerante ideal para que su doctrina de "romper todo" se traduzca en demostraciones literales.
Agachado detrás de su auto vandalizado, literalmente arrodillado sobre las esquirlas de lo que fue una luneta, el conductor conectó la reacción de su ocasional atacante con la irascibilidad que caracteriza a los militantes de Javier Milei frente a cada contrapunto callejero. Dos días antes había leído que una mujer identificada con la propuesta massista debió abandonar un tren ante el peligro de ser linchada por simpatizantes de ultraderecha.
Lamentó una y mil veces haber insultado al motociclista esa noche infausta. No tanto por el vidrio roto, sino porque el sujeto en cuestión pudo haber elevado la virulencia de su revancha y lanzar la piedra cuando padre e hijo estuvieran adentro del automóvil, en pleno desplazamiento.
Se convenció a sí mismo: "No insultaré más a nadie. Aceptaré mansamente el avasallamiento de las normas viales. Me tragaré los sapos aunque se me agrave la úlcera. Es mejor aguantarse la indignación en las tripas antes que crear un riesgo innecesario por culpa de un enojo del momento".
El problema es que en muchos casos no es necesario que exista un detonante para que los cegados por el desasosiego adopten conductas en perjuicio de terceros e incluso propio. Se observa con claridad prístina en las facultades de la universidad pública, donde un altísimo porcentaje de jóvenes veinteañeros anticipan su voto por el libertario a pesar de que la plataforma presentada por su partido ratifica, sin cortapisas, la decisión política de privatizar la educación.
Lo hacen a sabiendas de que todo puede ser para peor, pero indignados con la clase política que condujo al país a un 140 por ciento de inflación y ante una realidad incontrastable: si hoy están pagando un alquiler de 40.000 pesos por un monoambiente a cuatro cuadras del campus, a fin de año tendrán que desembolsar 100.000 pesos por la misma habitación. "Eso y arancelar es lo mismo, porque muchos vamos a tener que dedicarnos a laburar", se sinceró un joven formoseño que adoptó como un dogma religioso la consigna de "viva la libertad carajo".
Allí reside la fortaleza del autodenominado león de la política nacional, ahora asociado al liberalismo privatizador representado por sus flamantes aliados PRO. En los miles de frustrados por el fracaso de las administraciones precedentes hasta producir una degradación de valores que entroniza el individualismo como camino idóneo para progresar en un cuadrilátero darwiniano, bajo el concepto de la supervivencia del más apto, según la doctrina de selección natural de las especies.
Los jóvenes (en especial los varones jóvenes) se sienten habilitados a tomar decisiones disruptivas como entrar de contramano por las calles sin reparar en la obligación constitucional de no dañar a otros. Son los votantes recalcitrantes de un Milei que crece como consecuencia de la destrucción de la matriz social que experimentó la Nación durante 40 años de democracia que no sirvieron para elevar la calidad institucional de un país incongruente, de doble filo.
¿Cómo es eso? En teoría, la Argentina protege derechos inalienables como la salud, la educación y la movilidad social ascendente, valores contenidos en el principio de justicia social que Milei repudia a viva voz. Pero en la práctica, los gobiernos que se sucedieron en los últimos lustros abandonaron tales principios a su suerte, con estructuras hospitalarias y escolares desfinanciadas, obras públicas inconclusas, desabastecimiento de combustible, hechos de corrupción descarados y una conducta indolente que desintegró la legitimidad de los mandatarios en relación con sus mandantes.
¿Peligran esos valores conquistados a lo largo de un siglo de reivindicaciones históricas? Claro que peligran, pero no solamente porque haya aparecido un profeta de las ideas minarquistas dispuesto a arrasar el Estado protector con motosierras, dinamitas e instigaciones lenguaraces, sino porque los que estuvieron (y siguen estando hasta diciembre) al mando, se cansaron de errar goles mientras la tribuna se hastiaba hasta niveles irremontables.
El debate de hoy mostrará todo eso en un par de horas de confrontación sin concesiones. Milei -coucheado para que no explote con sus raptos consabidos- solamente tiene que dejar que la realidad haga su trabajo. Del otro lado estará Sergio Massa, el candidato del oficialismo que da batalla con un mensaje conciliador desde el cual intenta reflotar un sentido de esperanza, con el contrapeso de ser ministro de una economía desastrada. Solamente un encantador de serpientes como él podría tener chances en esta Argentina partida al medio por la disyuntuva "Estado versus mercado".
¿Será suficiente para frenar el peligro que representan la venta libre de armas, las escuelas con vouchers, las jubilaciones recortadas y la desaparición del rol regulatorio y equilibrador del sistema consagrado en 1853 por la Constitución de Alberdi? Dentro de una semana lo sabremos.